RELATO, RETAZO, RETABLO, RETARDO… DE UNA DESPEDIDA

Por: Julio César Toledo

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Lo que callamos se encarna, se enquista y crece para después hablar por sí mismo. Yo creí haber hablado. A los 17 escribí un poema que se llamaba “tu aroma apesta las ventanas”. Un poco después una novela breve que se llamaba “Volver a la Villa de Santiago” que se perdió entre alguna de mis mudanzas. Tengo un par de libros más sobre el asunto… siempre quise hacer de ello un elegante pretexto para escribir; siempre quise que no fuera lo único de lo que escribiera. No doy detalle de los inéditos para no acabar con la sorpresa, o porque prevalece todavía la duda y la vergüenza de lo que no se ha publicado.

Si los cuento sin pausas, llevo más de 13 años (número esotérico) en terapias de índoles distintas. Y aun así, hoy que llueve, tengo la sensación de no haber hablado nunca de esto. El abuso. El abuso sexual. El abuso sexual cuando era un niño.

Como siempre, llego tarde. Ya casi todos hablaron de los propios. Los hombres hemos pasado (con justa razón) un poco de moda. Nada hay para lo mío en la palestra del decir en voz alta. Nada, excepto el hecho mismo de nombrarlo. De decirlo así: descarnadamente, descaradamente… fui abusado. No hay metáfora posible. Se acabron; me las acabé. Cuando era niño abusaron de mi.

Si se preguntan: ¿qué nos interesa? La respuesta es, nada. Regresen a hacer lo que estaban haciendo, gracias.

Si se preguntan: ¿por qué hasta ahora? Van algunas ideas al respecto. Porque quise evitar el viejo cliché de que mis preferencias, mis vicios, mi “estilo de vida” es una respuesta sintomática al hecho ocurrido. Es decir, lo son, a ese hecho y tantos otros ocurridos en las infancias, como todo y todos. Pero la reducción que se hace en casos como estos me provoca bostezos. Porque el patriarcado nos amaestra. Porque pese al horror prevalece el pacto de silencio entre hombres -aún sin saberlo ni quererlo- en aras de un no se qué, un mecanismo de supervivencia que, por fortuna, las nuevas generaciones nos enseñaron lo endeble que es. Y porque la metáfora con todo su poder no pudo aligerar el peso. Quizá esto último es solamente culpa mía, falta de pericia o talento. Porque, ya para terminar la lista, lo no dicho se enquista, se transforma y aparece con nombre de carcinoma linfático de grado yo qué sé… No es solo un recurso para culpar al pasado de la enfermedad del presente, no es un abracadabra para desplazar culpas y raíces a un momento tan lejano que es borroso, casi inconmensurable, y con ello soportar la carga del presente como la herencia que nos condena. Aunque ciertamente, si nos ponemos orientales, o seguimos el ejercicio bajtiniano de la construcción de la trama, todo lo que ha acontecido antes me ha traído hasta este momento. La lluvia afuera, la punzada (eufemismo para el insoportable dolor) dentro, el teclado iluminando apenas mis dedos, este vaso… todo viene de ayer, y está aquí cumpliendo una función vital de presente. Así, hubo muchas veces que me dije: aquello me hizo lo que soy, y me enorgullece. El desgastado discurso de los optimistas que termina por justificar atrocidades: convierte la adversidad en éxito, la precariedad te hará resistente… y tantas otras.

Aquello -que es la palabra que he recubierto de metal para blindar mi lenguaje de infancia y poder referir libremente a lo que todavía me asusta: aquello. Sí, es un sinónimo siniestro de abuso sexual, abuso por parte de un adulto que dormía en casa- pasó cuando recién cumplía nueve años. Lo cometió mi padrastro. Lo hizo o me lo hizo. A estas alturas no tengo un reclamo para él. Está muerto. Su alcoholismo se encargó de propinarle los dolores que en mi juventud imaginé para él. Y es muy probable que mis dolores, los de hoy, lo que produce ese tumor que reaparece ahora y al que esta tarde, en mi arranque de romanticismo, he decidido dotarle de la personalidad de mi abuso, también sean mi culpa: la consecuencia de alguna atrocidad cometida en el pasado (otro presente resultante de lo que fui antes). O no, no es culpe de nadie y las cosas solo pasan porque sí. No hay mística ni moraleja en lo que le pasa a la gente, dirían los escépticos.

Sucedió a mis nueve años, en mi habitación, después de una carne asada. Sí, pensé en algún momento en volverme vegetariano, pero amo la delicia de un buen corte, un estofado… Sucedió sistemáticamente durante casi cuatro años. Escribir la palabra “cuatro” aminora el peso del tiempo. La cifra en su caligrafía parece insoslayable. En cambio, la palabra, alivia un poco.

Con el tiempo he perdido en la memoria detalles que durante años conservé: la ropa interior que llevaba puesta, las sábanas de mi cama (que hubo que esconder), mis gustos musicales de entonces. Todas las cosas que anoté en un cuaderno, y que en suma hacían una especie de manual de buen padre: sentencias que apuntaba para recordarme lo que quería hacer (o no) cuando tuviera mis hijos. Los dejaré ir en piyama a la escuela, si lo quieren. Cosas así. Ese cuaderno fue el motivo de una arremetida violenta de la cual no voy a hablar aquí, no porque no haga historia sino porque da para otras páginas. Sí, he pensado hacer de eso una rutina de stand up, pero todavía no encuentro cómo rematar graciosamente el asunto de los noventa y tantos kilos sobre un niño de nueve.

Esto tampoco pretende ser una carta de oprobios para ganar conmiseración de nadie. No es -bueno quizá un poco- una botella al mar con la esperanza del conjuro de salud que me hace falta. Es, eso sí, el cumplimiento de aquello que a estas alturas me parece pertinente. No hablo solo de decir para mí mismo. Un escritor debiera tener la obligación ética de decir, lo mejor dicho que pueda, aquello que le parece que el mundo debe escuchar. Primero en el impulso primitivo de expresar (lo dijo Lobo Antunes mejor que yo) luego, si Alá reparte suerte, de dialogar. Y como uno no puede llegar a la reunión de los amigos o a las primeras citas diciendo: hola, qué tal, me violaron a los nueve, y eso determinó el rumbo de mi existencia… pues uno hace lo que puede, como el payaso de José José. Este último fragmento es parte de la rutina de stand up de la que hablaba.

Siempre sucedió en domingo. La liturgia de la violencia tiene reglas específicas que no son fáciles de alterar. Siempre en mi habitación —quizá la suya la pensaba como un templo—. Siempre de noche. Como si no hubiera razones para odiar las noches de domingo. Ya no. A mí me gustan. Casi todas.

Con estas palabras le digo adiós al tema. Le abro la puerta para que salga y si se quiere ir, que se vaya. No tengo lugar en el cuerpo para dos dolores de tal magnitud, necesito hacer espacio. No me mal interpreten, si quieren hablar, hablemos. Pero, necesito hacerme cargo de otras cosas, y creo que ya fue mucho tiempo haciendo la pieza a “aquello”. Además, a los cuarenta y tantos (otra vez la palabra haciendo llevadero lo que en verdad se escribe con número) resulta poco atractivo hablar de estas cosas, ningún productor de Netflix querrá contar esta historia. Pero, si sí, anexo mis datos de contacto; también escribo guion.

El uso excesivo de las oraciones subordinadas, tantas comas y guiones, y paréntesis (ya nadie utiliza los paréntesis, ¡por dios!) según me dijo una terapeuta, es consecuencia de lo aquello que pasó.

—¿Mi violación? —Pregunté—

—¿Qué tiene que ver el abuso que sufrí con mi sintaxis? 

Así que estoy acostumbrado a culpar de todas mis carencias al abuso y a quien lo perpetró en mi contra. Y he decidido jubilarlos a ambos en aras de poder atender como se debe a lo que me duele hoy en el colon.

No, no estoy banalizando el abuso sexual contra las infancias. He dedicado parte de mi vida a prevenirlo, combatirlo, denunciarlo. No estoy haciendo un chiste de lo que me hicieron, ni es sublimación de la más simple. Es un retazo del dolor con el que he vivido. Es un retablo de escenas “homenaje” a quien se va definitivamente de nuestras vidas.

Tengo un cuento (publicado) en el que veladamente cuento el final del abuso. El acto simple que acabó definitivamente con “aquello”. Nada heroico. Si hubiera sabido antes, antes lo hubiera hecho. Y, también, mucho antes hubiese escrito este retraso.

Estoy haciendo memoria. Perec, José Emilio. Sí y no me acuerdo. Tenía unos audífonos azules con radio incluido, pero no me acuerdo qué escuchaba. Usaba calzones blancos. No logro recordar cómo dolía en el cuerpo pero sí en el pensamiento. Rosita era una niña que vivía cerca de mi casa y me gustaba, pero luego dejó de gustarme porque se mudó rodrigo a la casa de junto. Evítense las conclusiones freudianas-lacanianas sobre la causa y el efecto. Las cosas pasan, Rodrigo era más guapo que Rosita. Un domingo le rogué a Rodrigo que me invitara a dormir a su casa. Otro domingo le negué rotundamente la posibilidad de quedarse en la mía.

El domingo pasado llegaron los resultados del último estudio de tamaño y crecimiento del tumor. Y este domingo me dije: por qué no, escribe sin metáfora que medie, en una de esas lo que escribas es una despedida.

Me llamo, Julio César. Mi padrastro abusó de mi cuando tenía nueve años. Duró más de lo que puedo escribir, menos de lo que pudo destruirme. Lo que me duele ahora es otra cosa, pero de eso hablaré después.

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