Qué da cuerpo a las alucinaciones

Por: Ernesto Priani Saisó
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Nick Lot se siente observado por cientos de miles de cámaras que hay en todas partes: la ciudad, su computadora, su teléfono. Alucina ser el protagonista de un reality show, como el de la película The Truman Show. Y así es, en efecto, Lot es esquizofrénico. Su historia, como la de otros cuya esquizofrenia se expresa con rasgos parecidos, está recogida en el número del 16 de septiembre de 2013 del Newyorker; en el artículo Unreality star, Andrew Marantz escribe:
“La enfermedad mental tiene reglas. De la misma forma que todos los idiomas, comparte una gramática universal, las alucinaciones clínicamente reconocidas están conformadas por un grupo familiar de temas, incluyendo persecución, grandiosidad y erotomanía. La forma es fija, el contenido no”
Y concluye:
“Cambios en la tecnología han causado que el contenido de las alucinaciones se modifique con los años: en los cuarentas, los japoneses controlaban las mentes americanas con ondas de radios; en los cincuenta, los soviéticos lo hacían con satélites; en los setentas, la C.I.A. implantaba chips de computadoras en el cerebro de las personas”.
Aunque parezca extraño, el artículo sugiere que las alucinaciones tienen un componente casi vivo porque están sujetas al paso del tiempo. No avanza mucho más en esa dirección. Se limita a dar cuenta que, al contrario del psicoanálisis, la psiquiatría contemporánea tiene poco interés por el contenido de las alucinaciones y abandona la cuestión de las temáticas de la locura y de la fuerte conexión que, al menos en el último siglo, tienen con la tecnología.
El reportaje de Marantz abre la puerta a algo que merece una exploración más profunda. No se trata de si el contenido de los episodios alucinatorios tiene o no valor clínico; o si posee o no un significado específico –más allá, pues, de si revela o no algo de la enfermedad, como afirma el psicoanálisis. En realidad, y dicho en términos muy amplios, el artículo lleva a intuir el carácter histórico del contenido de las alucinaciones, frente a una aparente naturaleza “ahistórica” de la estructura de la esquizofrenia en general. Habría, pues, una historia y una geografía de la materia de las alucinaciones a lo largo del tiempo y del espacio, porque el contenido de los delirios no sería idéntico en China que en Paraguay, a principios de siglo que en la actualidad. Esa historia tendría, además, que formar parte de una amplia historia cultural.
Pero para que esa historia sea posible es necesario interrogarse sobre aquello que, por decirlo de alguna manera, da cuerpo a las alucinaciones. ¿Es decir, de donde proviene aquello que hace las alucinaciones distintas en su contenido con el paso del tiempo? ¿Es una corporalidad exclusiva de las alucinaciones o es extensible hacia otras formas imaginarias como los sueños o las fantasías?
No podemos obviar a la hora de pensar en una historia de este tipo, la estrecha relación que esos contenidos guardan específicamente con el desarrollo tecnológico, probablemente desde siempre, pero sin duda durante los últimos ciento cincuenta años. ¿De qué forma la tecnología acaba por dar cuerpo a nuestras fantasías? ¿Qué relación se teje entre nuestras alucinaciones y los objetos tecnológicos que aparecen en sueños?
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