POESÍA MEXICANA, CANNABIS Y PSICODELIA

Por: Alejandro Higashi
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Al hilo de los viajes y los descubrimientos, el cuarto de maravillas aparece en el Renacimiento para guardar y exhibir objetos nuevos, singulares o desconocidos del mundo. Este cuarto de maravillas es virtual y está limitado a rarezas de la poesía mexicana
Cuando en su ensayo “El pintor de la vida moderna”, Charles Baudelaire introdujo el concepto de modernité para referirse al compromiso que tenía el arte de capturar la esencia indefinible de lo transitorio, de lo contingente, cambió para siempre sus reglas. Bajo esta nueva preceptiva, cualquier tema cabía en el poema, porque había muerto la idea de que la perfección sólo se alcanzaba cuando se unían lo eterno y lo inmutable. Y el hombre de Vitrubio cedió su sitio al hombre de la calle.
Como era de esperar, entre muchos otros temas contingentes, los efectos del THC y de los psicodélicos pudieron ocupar un sitio en la historia del arte. Así sucedió con “El caballero de la yerbabuena”, un poema de José Juan Tablada compuesto entre 1919 y 1930 sobre los efectos de la cannabis que no pudimos leer sino hasta 1943, en Los mejores poemas de José Juan Tablada. El autor conocía bien el discurso prohibicionista que pesaba sobre la sustancia (y al que él mismo contribuyó con un artículo de 1908 publicado en El Imparcial, titulado “Las misas negras de la marihuana”) y que sólo se disiparía parcialmente hasta De perfil (1966) de José Agustín y Pasto verde (1969) de Parménides García Saldaña.
Si en el periódico el poeta había avanzado argumentos que justificaban su prohibición, en el espacio privado del poema inédito (pero antologado por el Abate Mendoza, lo que nos permite suponer que la obra circuló bien entre los allegados a un selecto grupo) tematizaba los efectos de la exposición al THC en la percepción del presente. Su poema tenía un sesgo cognitivo, de modo que enfrentó el saber del erudito que sólo podía hablar de la historia desde una perspectiva académica con el saber de la “chica loca-de-su-cuerpo” (una alegoría de la marihuana) facultada para experimentar el futuro. Contra los efectos reales esperados (aumento de la percepción visual y auditiva, distorsión del tiempo y del espacio, sensación de euforia o relajación), el poema se convertirá en una sucesión de imágenes superpuestas que viajaban de un paisaje marino al espacio arquitectónico del zig-zag cubista de la calle del Biombo, más propias de las sustancias psicodélicas:
El erudito habla del pasado
y la chica loca-de-su-cuerpo… del futuro.
Un beluario de peces de colores
ansía gozar del instante
de azogue que le escurre entre las manos…
En la más sincopada de las rumbas
préndeme tu vacuna, oh mariguana,
universalizando el incidente
mudanza en la plazuela nocturna
sombras de caoba
y espejos triangulares de roperos de luna
hace equis en mi recuerdo
aquel zig-zag cubista
de la calle del Biombo, de Querétaro…
Fiel al contraste del inicio, José Juan Tablada comparará el conocimiento vivísimo aportado por el consumo de cannabis (ahora personificada como una daifa o ‘prostituta’) con la erudición momificada de la academia:
Estremece el procaz orgullo
de sus ancas elásticas
la daifa
ajena al ejemplar candor
de sus ojos de camaleón
entre la jaula ultra-violeta
y profesional de la ojera,
mientras que las momias del docto
apenas exhumadas se hacen polvo…
A partir de aquí, esta dicotomía se sustituye por la acumulación de imágenes que tratan de imitar la intensificación de la percepción sensorial, producto más de creatividad de su autor que de intervención del THC:
Las caobas se desploman en ébanos,
un relámpago frota de amarillo
los pretiles de vidrio
donde estrellan los gatos
sus violoncellos sádicos…
Escurre por los muros bermejos
un escalofrío plateresco…
“Himno entre ruinas”, poema de Octavio Paz fechado en 1948 y publicado en la primera edición de Libertad bajo palabra en 1949, comienza con una escena cotidiana que primero choca por su realismo algo ramplón:
Cae la noche sobre Teotihuacán.
En lo alto de la pirámide los muchachos fuman marihuana,
¿Qué yerba, qué agua de vida ha de darnos la vida,
dónde desenterrar la palabra,
la proporción que rige al himno y al discurso,
al baile, a la ciudad y a la balanza?
Durante el resto del poema, el mundo brillará de formas novedosas a través de una percepción multisensorial y amplificada de la realidad, muy raras veces asociada al consumo de THC:
Los ojos ven, las manos tocan.
Bastan aquí unas cuantas cosas:
tuna, espinoso planeta coral,
higos encapuchados,
uvas con gusto a resurrección,
almejas, virginidades ariscas,
sal, queso, vino, pan solar.
La distorsión sensorial de la realidad se agudizará significativamente conforme avanza el poema:
Ver, tocar formas hermosas, diarias.
Zumba la luz, dardos y alas.
Huele a sangre la mancha de vino en el mantel.
Como el coral sus ramas en el agua
extiendo mis sentidos en la hora viva:
el instante se cumple en una concordancia amarilla,
¡oh mediodía, espiga henchida de minutos,
copa de eternidad!
La belleza plástica de estas imágenes recuerda, sin duda, la que veremos pocos años después den The Doors of Perception (1954) de Aldous Huxley (1954), ensayo testimonial a propósito de los efectos de la mescalina. De alguna forma, la imaginería que se construyó alrededor del consumo de THC, alimentada por la fantasía, nos preparó para vivir los albores de la psicodelia. En el número de enero de 1965 de la Revista de la Universidad de México, Jaime García Terrés publicó el poema “Teonanácatl”, con la siguiente nota:
Los efectos de los llamados hongos alucinógenos (psilocybes) sobrepasan con mucho la mera alucinación. Quizá con mayor propiedad suele clasificárselos como “místico-miméticos”, pues que la experiencia que ellos posibilitan se acerca no poco a ciertos tipos de visión o iluminación mística descritos en algunos textos del budismo (especialmente los que provienen del budismo Mahayana y del Ch’an), e incluso, de modo más bien implícito, en las cosmogonías prehispánicas. A este último respecto conviene recordar que los Psilocybes, o para usar el nombre náhuatl, los Teonanácatl (carne de Dios) tenían en nuestras antiguas civilizaciones un carácter sagrado, y que aún hoy constituyen entre los mazatecos materia de rituales famosos
Ahí mismo, el autor aclaraba su intención: “en los siguientes renglones, más o menos poematizados, intento la transcripción de mis propias experiencias” aprovechando “la poesía, con sus yuxtaposiciones verbales y emotivas”. Como director de la revista, Jaime García Terrés colocó su poema dentro de un ramillete de plumas y nombres suyo prestigio era irrebatible: Alfredo López Austin publicó una “Descripción de estupefacientes en el Código Florentino”, entre otros textos no directamente relacionados con los psicodélicos, pero sí con la cosmovisión de los pueblos originarios, que firmaban Miguel León Portilla, Ángel María Garibay, Demetrio Sodi, Ricardo Ledesma, Alberto Dallal y Rosario Castellanos. El poema era una descripción muy vívida de los efectos del hongo psilocybes:
El cuarto en donde estoy es una gruta.
Soy yo mismo.
Fulguran los tejidos, la plural arquitectura de las células. La energía
colorida de la materia orgánica chisporrotea sin cesar.
Todos los elementos se manifiestan de golpe: los distintos niveles, las curvas
que avanzan o se retraen.
Percibo con lucidez monstruosa la diversidad efímera y la subyacente
unidad del cosmos.
Nada es aquí fortuito. El accidente se enlaza de inmediato al contexto
sustancial, necesario, dentro de un mismo vértigo totalizador.
Mi mente lucha contra las fronteras que la limitan. ¡Oh, hacerlas desaparecer
y fundirse en el todo! Que los linderos acaben.
Quiébrese la individualidad. Romper la prisión. Asesinar el sólido fantasma
habitual.
Fantasma, sí, o sólo una faceta de la realidad absoluta
El poema se publicaría años más tarde en Todo lo más por decir (1971) y su descendiente más cercano sería Híkuri, de José Vicente Anaya, escrito hacia 1978, pero publicado en 1987. El poema recoge la dimensión ritual del peyote dentro de la comunidad rarámuri y los efectos de la mescalina en la percepción de la realidad. Como lo había adelantado 20 años antes Jaime García Terrés, la poesía era el género idóneo para registrar esta experiencia:
Abro ventanas que limitan órbitas
y busco la ciega luz que yo genero
en este lugar deshabitado en que estoy
de soledad dando de
tumbos
entre petardos a quinientas a mil
a mil quinientas semanas por segundo/ o en la
negrísima luz resplandeciente/ en el Océano Negro
de mi pecho:
donde una muchacha triangular y esférica
me declama sus versos
cantándole al crepúsculo de una ciudad distante y
yo la escucho
desde las nubes rojas que bajan de la carretera
para clavarse en las montañas/ y en este viaje
cada neurona me platica un sueño
Híkuri se reeditó varias veces (1987, 1988, 1989, 2004, 2010 y 2014) y su celebridad quizá pueda atribuirse a su actitud rebelde, a la reivindicación de las raíces ancestrales de los alucinógenos o a su perspectiva etnográfica, en paralelo con libros como la Vida de María Sabina: la sabia de los hongos (1977), de Álvaro Estrada. Nada más no se les olvide… la poesía llegó primero.






