Poema del amanecer

Alonso Leal Güemes

“mientras nuestro Hemisferio la dorada

ilustraba del Sol madeja hermosa,

que con luz judiciosa

de orden distributivo, repartiendo

a las cosas visibles sus colores

iba, …”

Sor Juana Inés de la Cruz

I

Primero, el ser vegetativo.

Hasta el súbito minuto del alma

cuando se recobran los jirones dispersos

de la consciencia,

priva la potestad de la noche.

Despertar significa entonces

aceptar como ordinaria la obscuridad,

sostenidos en la creencia implícita

de un amanecer inédito

que repita el prodigio del primer día.

Es sólo materia del tiempo.

II

Inmersos en el estrépito cotidiano,

arrastrados por su acontecer,

olvidamos siempre

cómo estamos sometidos

a las leyes invisibles de los astros,

cuya existencia sólo se manifiesta

en el espacio de los números

y no se concreta en un solo cuerpo.

Tales leyes dictan el curso de los planetas

y conforme éstos se desplazan

—sujetos ellos mismos al rigor del tiempo—

sólo en el momento preciso

la corona solar delinea con su fuego

la superficie de la esfera.

Entonces se decreta el inicio del alba.

III

Se repite así el fenómeno inmemorial

concedido nada más al testimonio

de los insomnes y de los sonámbulos.

No hay un único haz de luz

que disperse, tajante, el prisma del arco iris.

Hay un cambio difuso, gradual

en el color del cielo.

Hay un apenas albor   

que transforma la bóveda celeste

de la negrura a un tímido tono zarco.

Y esa tonalidad empieza a acentuarse

insensiblemente, 

conforme se depositan los granos

en el reloj de arena.

Poco a poco el fulgor avanza

dispersando tenuemente la luz.

La noche cede paso a la penumbra.

IV

En esa hora turbia

las cosas se reducen a las formas,

a los volúmenes.

En ningún otro momento

percibimos tal despliegue preciso

de las dimensiones.

Las aristas y los colores

quedan restringidos a la vista.

La paleta de la mirada se reduce

a los matices del blanco, del gris, del negro,

confundidos en el término del velo.                        

Los árboles no son sino sombras chinescas.

El filo y el aguijón

quedan reducidos al tacto.

Y se exige un caminar torpe,

a tientas por la vida

si no se utiliza un artificio habitual

de aquellos que el ser humano

ha utilizado desde siempre

para hendir, apenas, las tinieblas.

V

Antes de la aurora la noche prolonga

su hora sola de diamantes inmensos.

La casa duerme

y con ella sus habitantes.

Todavía el silencio

impone su orden repetido

sobre el mundo

a pesar del aullido efímero

de una sirena distante

o del estrépito pasajero

de algún motor lejano.

Mantiene así su dominio

como un estanque que recupera

su inmovilidad

cuando la onda se desvanece.

De la mano de la quietud

se alza la soledad

y con ella los fantasmas.

Todavía es el intervalo de la inacción.

Todavía es el momento de las ideas,

de las conjeturas, de las fantasías.

Es la oportunidad de la reflexión, de las letras.

En el aislamiento que ofrece la obscuridad

se puede, casi percibir,

la respiración peligrosa de un dios dormido.

Por eso se anhela convocar su aparición

y que manifieste su presencia

en los signos trazados sobre la hoja.

Las pesadillas insomnes

se prolongarían indefinidamente

en esta hora incierta

si no fuese porque la expectativa

de una nueva alborada

alimenta la esperanza.

Y esperar con paciencia

ofrece una recompensa hasta ahora cierta

cuando el universo cumple con sus ciclos

y aparece de nuevo el sol.

VI

En esta hora pura,

en esta estación rigurosa

de períodos reducidos, además,

no hay estrépito de aves

anunciador del milagro.

Solamente aparecen

los gorjeos desperdigados, individuales,

cuando ya se declara, franco, el día.

La luna, espejismo de plata,

sigue siendo el centro del resplandor.

La claridad difuminada

se extiende con un brillo nada más azul,

pausada pero implacable,

esférica, de uno a otro punto cardinal

conforme el cielo se vuelve tiempo. No sola materia. No solo objeto.

VII

A veces, en el oriente

aparece una franja dorada

que concentra, oculta, la inminencia del sol,

y pinta tan sólo unos tenues,

vacilantes celajes rosas

y otras, el cielo se desangra

en el jardín de los colores,

en la hoja rutilante de los cobres,

en una avenida de bermellones,

de naranjas, de carmines,

de rosados que evocan a la diosa

descrita por el viejo cantor

e iluminan las montañas, los volcanes

con sus nombres primigenios,

hasta que aparece,

deslumbrante, cegador,

el cuerpo ígneo,

el origen de la luz,

el centro —incluso inconsciente— de la vida.

Entonces rescatamos por completo la vista.

Entonces repetimos la palabra esencial.

La maquinaria de la vida,

incesante actividad,

con todo su ensordecedor estruendo,

con su inconmensurable complejidad

se pone de nuevo en marcha.

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