Perspectivas del erotismo en la poesía mexicana contemporánea

Por: Alejandro Higashi
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Al hilo de los viajes y los descubrimientos, el cuarto de maravillas aparece en el Renacimiento para guardar y exhibir objetos nuevos, singulares o desconocidos del mundo. Este cuarto de maravillas es virtual y está limitado a rarezas de la poesía mexicana.
La Revolución sexual que en la década de 1960 desafió la moral hegemónica estuvo conectada con las luchas feministas de varias maneras. La comercialización de la pastilla anticonceptiva planteó que la sexualidad femenina podía ser recreativa y ya no meramente reproductiva; los avances en sexología y el hallazgo tardío, en la década de 1950, del orgasmo femenino, también conectaron esta Revolución con el feminismo. Incluso la moda contribuyó a una reapropiación del propio cuerpo: decidir el largo de la falda no fue un acto sexual, pero sí uno político. El 9 de octubre de 1970, varias decenas de mujeres marcharon por las calles de la Zona Rosa para manifestarse con pancartas que decían “La mini no es moda, es un estado de ánimo”. Todo esto sería un catalizador para empezar a hablar de la igualdad salarial, el derecho a abortar, la violencia de género y la representación de las mujeres en la sociedad.
En la poesía mexicana, la revolución sexual les correspondió a las escritoras. Aunque con muy pocas excepciones el erotismo había sido un privilegio de los escritores, su forma de acercarse a la sexualidad, el deseo y la sensualidad fue, por desgracia, tosca e inimaginativa. En Piedra de sol (1957), Octavio Paz escribía:
voy por tu cuerpo como por el mundo,
tu vientre es una plaza soleada,
tus pechos dos iglesias donde oficia
la sangre sus misterios paralelos,
mis miradas te cubren como yedra,
eres una ciudad que el mar asedia,
una muralla que la luz divide
en dos mitades de color durazno
El cuerpo femenino se recortaba torpemente, las partes se hipersexualizaban y se describían con metáforas burdas. ¿El vientre desnudo era una “plaza soleada”?, ¿los pechos, “dos iglesias”? El erotismo en la pluma de los escritores no resultó emancipador y mucho menos político; para algunos, sólo fue una forma de reducir la solemnidad con que se veía a la poesía mexicana de aquellos años. En el “Manifiesto nalgaísta” que apareció en el número de enero de 1978 de la Revista de la Universidad, Efraín Huerta imitó los manifiestos vanguardistas de los primeros años del siglo xx para desacralizar, por medio de parodias, la poesía previa, desde Ramón López Velarde (“Oh Fuensanta ¿no hacemos cuchi-cuchi / A la orilla del mar?”) hasta Gertrude Stein (“Una nalga es una nalga una nalga una nalga una nalga”); lo que menos hubo aquí fue erotismo. Todo se quedó en el tremendismo subversivo de hablar de las nalgas femeninas en el poema… En 1978 fue un acto de rebeldía contra la literatura hegemónica y los movimientos sociales, pero de erotismo, nada…
La situación no mejorará con los años; las imágenes eróticas de Música lunar (1991), de Efraín Bartolomé, son acartonadas, de manual; luego de apuntar que “el pubis de la Desnuda era un espejo” y que “en cada uno de sus pechos / dejó la dulce noche / sus huellas digitales”, propondrá “abrir una vulva / como una guanábana” para encontrar ahí “las mieles dulcísimas del diablo”, chapotear “en la sangre” menstrual y recordar L’origine du monde (1886), un desnudo de Gustave Courbet que focaliza precisamente los genitales femeninos.
Nada de esto cumplió mínimamente con las expectativas del erotismo: explorar el deseo y la intimidad a través de la imaginación. El arte de provocar y disfrutar del placer crecería silenciosamente en la obra de las escritoras que, exiliadas históricamente por razones morales del terreno de la poesía erótica, la recorrieron como un terreno virgen, libre de estereotipos y convenciones previas.
El primer poema de El ser que va a morir (Premio Aguascalientes de Poesía, 1981), de Coral Bracho, propuso un minucioso itinerario sinestésico por los demás sentidos (oigo, bebo, huelo, toco) sin pasar por la vista. Esta percepción multisensorial de la sexualidad enfatizaba el cuerpo (El ser que va a morir del título) como epicentro de todas estas sensaciones ¿Hay algo más erótico que el agua? Coral Bracho le dio una dimensión voluptuosa al agua espesa para convertirla en esperma, a través de una imaginativa ruta de texturas:
Oigo tu cuerpo con la avidez abrevada y tranquila
de quien se impregna (de quien
emerge,
de quien se extiende saturado,
recorrido
de esperma) en la humedad
cifrada (suave oráculo espeso; templo)
en los limos, embalses tibios, deltas,
de su origen; bebo
(tus raíces abiertas y penetrables; en tus costas
lascivas –cieno bullente– landas)
los designios musgosos, tus savias densas
(parva de lianas ebrias) Huelo
en tus bordes profundos, expectantes, las brasas,
en tus selvas untuosas,
las vertientes. Oigo (tu semen táctil) los veneros, las larvas;
(ábside fértil)
El semen había aparecido varios años antes en Perséfone (1967), de Homero Aridjis, con un tono caricaturesco: “el hombre que adentro de ella gira y le arroja millones de hijos condenados”. El viaje que emprendía Coral Bracho, atravesado por el descubrimiento y el placer, mostraba la perspectiva íntima del cuerpo impregnado de líquido seminal (“recorrido de esperma”), de quien conoce el “suave oráculo espeso”; de quien bebe en las “costas lascivas” del cuerpo del otro estas “savias densas”; de quien escucha “tu semen táctil”, sigue sus “huellas vítreas” y lo paladea (“las libaciones”). La poesía de escritoras zarpaba del puerto de Troya para iniciar una Odisea íntima, envolvente, cercana, sensual, totalmente inmersiva … como la que se vive en una sala de cine o en luz cegadora de una playa desierta.
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