Pedrito, un chupacabras con insomnio

Por: Irene González

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Un día, rumbo a la escuela, Arturo se encontró con una camada de chupacabras de tan sólo algunos meses de edad. Los nombró Pepe, Pedrito, Pascal y Patricia, y los llevó al santuario de Criaturas Mágicas para resguardarlos mientras decidía cuál sería su hogar definitivo. Casi todos se adaptaron rápidamente, felices de llegar a un sitio donde tenían una mullida cueva fría para ellos solitos, agua fangosa siempre a su disposición, carnita de borrego fresca dos veces al día y un enorme peluche con forma de dragón que les recordaba vagamente a su mamá. El único problema era Pedrito.

Arturo se percató de que el más pequeño de los chupacabras no podía dormir en el día y, durante la noche, mientras sus hermanos jugaban, exploraban y socializaban con otras criaturas nocturnas del santuario, Pedrito se rehusaba a abandonar su cueva. Permanecía recostado sobre el peluche de dragón y observaba con recelo a cualquiera que se le acercara. Temblaba cuando los cuidadores entraban para ensuciar la cueva, incluso en los momentos en que aparecían para servir la cena. Permitía que los veterinarios examinaran sus tres hileras de colmillos e incluso aceptaba que Arturo lo cepillara para deshacerse de escamas muertas. Sin embargo, se mantenía siempre alerta; vigilante y expectante, como si estuviera esperando que en cualquier instante algo terrible ocurriera.

Arturo siempre ha considerado a los chupacabras como los seres más malentendidos de la historia y, debido a una serie de desafortunadas características, suelen ser maltratados. Es cierto que son criaturas inquietas y de aspecto intimidante. También que hace algunas décadas uno de ellos aterrorizó al pueblo de Tlaquepaque, pero no fue por chuparle la sangre a un rebaño de cabras, como cuenta la mayoría de leyendas. Simplemente era más glotón de lo normal y, como también era bastante mañoso, acabó haciéndose al mal hábito de hurtar la comida de los habitantes. Durante las carnes asadas del día del padre, por ejemplo, se dedicó a robar birria, morcilla y cabrito adobado a los vecinos; los elotes tatemados se esfumaban tan pronto alguien descuidaba el asador, los taquitos de arrachera en salsa roja faltaban misteriosamente de los platos. El chupacabras de Tlaquepaque era tan rápido que todo lo que veían las personas era una mancha verde moverse por los jardines y terrazas, trepar mesas de plástico, romper refractarios y huir antes de que alguien tuviera tiempo de atraparlo. Él siempre salió invicto de sus fechorías, sin embargo, otros chupacabras no corren tal suerte.

Arturo pasó la semana preguntándose cómo ayudar a Pedrito, que estaba cada vez más exhausto y malhumorado. Al pequeño chupacabras le daba miedo ver el amanecer asomarse al interior de su cueva, pues el día se le presentaba lleno de pesadillas; a la luz del sol sus temores parecían demasiado grandes para atreverse a enfrentarlos. Cuando sus hermanos dormían plácidamente, dispersos por las húmedas rocas, él escondía la cabeza tras su cola, se mordía a sí mismo las garras e intentaba una y otra vez conciliar el anhelado sueño.

Finalmente, Arturo decidió consultar el problema con Luisa, su compañera en el santuario de criaturas mágicas. Aunque se trataba de la veterinaria más joven y reciente, era sagaz e inteligente.

— No puedo decir que sea una experta en chupacabras — respondió Luisa, pensativa — pero se me ocurren un par de cosas que podríamos intentar. Les gusta mucho la música, sabes: el rock, el metal pesado y las baladas clásicas los relajan. ¿Ya intentaste ponerle algo de José José?

— Sí, ¡le puse de todo! — afirmó Arturo con un resoplido derrotado—; piano, cumbias, Mozart, música para meditar, una playlist noventera, baby shark, bailé mi nombre es Chicky. Hasta le puse a Selena

— ¿Gómez o Quintanilla?

— Las dos. ¡Nada! Al final se comió la mitad de mi teléfono — Arturo sacó del bolsillo de la bata la parte remanente de su celular—. Lo más chistoso es que, por algún motivo, la pantalla todavía enciende.

Luisa se rascó el codo. Tomó asiento en su escritorio y accedió a la base de datos compartida por todos los santuarios de criaturas mágicas en el mundo. Navegó a través de páginas con basta información sobre las diversas subespecies de chupacabras existentes en Latinoamérica. Había estudios describiendo su anatomía, desde sus enormes ojos rojos hasta la lengua bifurcada. También informes respecto a sus hábitos alimenticios; curiosamente muchos tipos de chupacabras mantenían una dieta estrictamente vegetariana. Encontraron fotografías del único chupacabras volador que vivía en el sur de México, entre otros muchos archivos recopilados por especialistas a lo largo de los años.

— Veamos — la chica se acomodó en la silla y se subió bien las gafas — ¡Ah! ¡Aquí hay algo interesante! Algunas crías necesitan contacto cercano con su mamá por más tiempo que otras. ¿Y si te pones un mameluco en forma de dragón y abrazas a Pedrito un rato en el cunero? Hay varios mamelucos guardados en el vestidor de los empleados. Seguro encuentras alguno de dragón, o al menos de dinosaurio. Uno de cocodrilo podría funcionar también.

Arturo cerró los ojos y asintió con la cabeza, apesadumbrado. Se dejó caer en una silla junto al escritorio de su compañera.

— Sí, eso lo intenté el martes pasado — respondió con un suspiro.

— ¿Y qué pasó? — inquirió Luisa mientras, diligente, tomaba notas en la computadora para mantener actualizado el expediente personal de Pedrito. 

— Pueeesss…

A Pedrito no le había hecho ninguna gracia. En lugar de tranquilizarle, su instinto depredador entró en acción: interpretó el disfraz como un rival que osaba adentrarse en su territorio. Las pupilas se le dilataron, extrajo las garras una por una, agitó la áspera cola de un lado para el otro y le saltó encima a Arturo, aterrizando justo sobre su cabeza. Mordió las orejas del mameluco hasta deshacerlas, arrancó todos los cuernos falsos que tenía en la espalda, se aferró con las tres hileras de colmillos a la punta de la cola aterciopelada y la trituró entera hasta dejarla reducida a un rabito deshilachado.

— ¡Pedrito, soy yo, soy Arturo! ¡no, deja ya de masticar eso, detente! ¡me van a cobrar el mameluco! ¡salen bien caros y tengo que pagar el celular que te comiste! ¡mis papás me van a matar cuando les pida la mesada por adelantado, Pedrito!

El chupacabras eventualmente reconoció al joven veterinario, pero no a tiempo de salvaguardar la integridad del disfraz: lo único que quedó fueron retazos de tela amarilla con los que Pedrito se puso a jugar. Restregó la cabeza contra la mano de Arturo, disculpándose por haberlo confundido con un enemigo. En su defensa, el disfraz de dinosaurio que el chico eligió se parecía remotamente a la especie Chupadylidae luteus, rival natural de la especie a la que Pepe, Pedrito, Pascal y Patricia pertenecían. Se recostó sobre el regazo de Arturo y se puso panza arriba para que el chico le rascara el vientre. Dejó una hilera de colmillos al descubierto, señal de que finalmente se había relajado. Pero en ningún momento se quedó dormido.

— Así que por eso había restos de relleno en la cueva de los chupacabras — exclamó Luisa con el ceño fruncido tras escuchar el relato.

— Limpié lo mejor que pude, pero quizá olvidé algunos pedacitos — respondió el chico, esbozando una sonrisa culpable.

Luisa se echó hacia atrás en el respaldo de la silla de oficina y empezó a dar vueltas en ella, pensando qué más hacer para ayudar a la criatura a superar su insomnio.

— Lo malo es que nadie se ha ofrecido a adoptarlo — dijo con tristeza —. Subimos anuncios a magicbook y bestiagram, sin embargo, hasta ahora no han surgido solicitudes. Quizá en un hogar definitivo se sentiría más seguro. Sus hermanos están a gusto aquí en el santuario, pero él tal vez necesite otra clase de refugio.

— ¡Eso es! Luisa, estaba seguro de que encontrarías la respuesta. Creo que ya sé qué hacer con Pedrito.

Lo que casi nadie conoce acerca de los chupacabras, es que son excelentes compañeros. Cuando uno se ha ganado su confianza se convierten en criaturas nobles y cariñosas. Eso sí, es importante alimentarlos a tiempo, pues si el hambre les gana son capaces de ingerir cualquier cosa que esté a su alcance. Quizá a veces se roben el desayuno o asalten la alacena, persigan a un perro o se coman a un gato, pero serán los amigos más leales, siempre dispuestos a jugar, acurrucarse y a que se les rasque tras sus orejas, largas como las de un murciélago.

En cuanto a Pedrito, estaba un poco inseguro el día que Arturo lo llevó a casa. Al inicio desconfió de sus padres y de su hermana menor, tampoco le convenció de inmediato el espació que le había preparado en el baño de visitas, aunque era agradablemente frío, húmedo y olía delicioso a caño. Poco a poco, sin embargo, comprendió que nadie buscaba hacerle daño; la mamá de Arturo le preparaba con afecto carnitas adobas, salmón medio crudo y tilapia con espinas. El padre le dejaba zamparse la sección deportiva del periódico, mientras él leía el segmento cultural y acariciaba suavemente su lomo de escamas esmeraldas. Ellos no trabajaban con criaturas mágicas, pero eran autores de ciencia ficción y la mayoría de los escritores posee mucha flexibilidad para desarrollar la visión:la habilidad de percibir un mundo que para el resto de las personas es únicamente fantasía. Al fin y al cabo, básicamente cualquier escritor se gana la vida haciendo exactamente eso.

La hermana de Arturo se llevó especialmente de maravilla con Pedrito: Arantza era fan de Lovecraft y pensaba que el chupacabras parecía un Cthulhu en miniatura. Por más que Arturo se empeñó en explicarle que se trataba de seres enteramente distintos, a ella no le importó. Creía que Pedrito era perfecto y en eso sí tenía toda la razón.

El mayor temor del chupacabras fue desapareciendo con el pasar del tiempo, pues ahora tenía la certeza de que nunca perdería su hogar, no volvería a pasar hambre o sed, nadie le haría el fuchi ni lo tirarían a la calle únicamente por su aspecto. El día lo agarraba cansado, feliz y tranquilo, así que se iba a su lugar favorito en toda la casa para dormir hasta el atardecer: el oscuro espacio bajo la cama de Arantza.

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