Pablo Picasso y el arte como caos

Por: Gabriel Trujillo Muñoz

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Hace mucho tiempo, en la era de los VHS, vi un documental sobre Montmartre, el famoso barrio parisino donde se reunían los artistas y tenían sus estudios. Era un documental en blanco y negro, hecho a mediados del siglo XX. La cámara indagaba entre los edificios en ruinas y se adentraba en las cuarterías hasta encontrar ancianos que vivían en la extrema pobreza, cubiertos de harapos. El narrador hablaba de ellos como los últimos supervivientes de la vida bohemia de cincuenta años atrás. Aquellas personas eran pintores que no habían triunfado y que ahora se dedicaban a vender sus obras a los turistas para sufragar su vejez.

Ese documental vino a mi memoria mientras leía Picasso and the Painting that Shocked the World (2018) de Miles J. Unger, que trata sobre cómo este artista español, Pablo Picasso, afincado en París, logró unir, a principios del siglo pasado, todos los impulsos creativos del arte de vanguardia de su tiempo y pintar Las señoritas de Avignon en 1907, la obra que representa como ninguna otra el triunfo del modernismo artístico y una de los cuadros que conmocionaron al mundo con su libertad creativa. Una obra que es tan importante como La consagración de la primavera (1913) de Igor Stravinski y el Ulises (1922) de James Joyce.

Unger, en el primer capítulo de su libro, describe el viaje de Picasso y su nueva musa, Francoise Gilot, a Montmartre en 1945, basado en la propia memoria de Francoise. En este viaje hacia el pasado, hacia su juventud bohemia, Picasso hace de guía y le muestra a su amante dónde vivió, trabajó y disfrutó sus primeros años en Paris como artista en ciernes.  Pero no es sólo la nostalgia por sus días de juventud lo que impulsa su viaje. Al final lleva a Gilot a una casa modesta, donde encuentra a una vieja enferma, desdentada, postrada en una cama. Picasso platica con ella y deja un poco de dinero al retirarse. Ella se lo agradece. Cuando salen de aquella casa, Gilot le pregunta por qué la llevó a verla y Pablo le explica que esa mujer en su tiempo fue la gran musa de los pintores cubistas, pobres, con ansias de triunfar. La lección es obvia: también Francois, joven de 24 años en 1945, un día será como esa anciana. Y lo que antes era célebre y hermoso, ahora es viejo y olvidado. Lo moderno se ha vuelto lo pasado de moda. Lo que era revolucionario a principios del siglo XX, media centuria más tarde es la norma, lo establecido, lo aceptado.

Y aun así, el arte de Picasso ha sobrevivido a los cambios de gusto. Incluso en este siglo XXI, donde el arte se ha vuelto un concepto prestado antes que una obra original, Las señoritas de Avignon (cuyas modelos fueron las prostitutas del burdel que Picasso y sus amigos frecuentaban) mantienen su presencia subversiva no por retratar a un grupo de exoservidoras sino por representarlas sin las convenciones de la belleza occidental, de la composición armónica que los griegos impusieran milenios atrás. El genio de Picasso está, según Unger, en su capacidad de utilizar otras vertientes creativas –el arte primitivo, africano o asiático- y establecer así un nuevo comienzo para el arte moderno: tiempo y espacio vistos simultáneamente, pasado y porvenir fusionados en un presente vertiginoso, en una mirada multiplicada, en un lienzo que rompe los esquemas conceptuales para crear sus propias leyes visuales, su propia verosimilitud. El arte de vanguardia asumiéndose como una realidad aparte, como un mundo autónomo.

Las putas pintadas por Pablo Picasso son el desafío mismo de la libertad artística, sus cuerpos y miradas son el testimonio de una revelación que resuena hasta nuestros días: todo es posible si logras imaginarlo. La pintura es sólo una máquina que salta entre las dimensiones del cosmos, un experimento en marcha cuyos resultados son maravillosos y terribles, efímeros e infinitos a la vez. El arte es exploración, es descubrimiento, es asombro. Un viaje sin fin. Una travesía hacia el esclarecimiento, el extravío, la iluminación.

Al reconocer que toda obra artística es un organismo vivo, una especie en evolución, una criatura independiente de la mirada de sus espectadores, Picasso rompió con la concepción de que hay que imitar la realidad. De ahora en adelante, la realidad se inventa en cada cuadro, es imprevisible como la vida misma, no rinde cuentas a nadie. Arte que nada tiene que ver con el buen gusto o las normas morales. Arte que desintegra, fragmenta, disgrega los cuerpos, las dimensiones, los preceptos hasta volverlos colgajos, esperpentos, mitología pura. Como Las señoritas de Avignon. Esas mujeres que nos desafían con la mirada, que se ríen de nosotros. Que viven en la libertad de lo azaroso, lo inverosímil, lo sorprendente. Con ellas comienza el mundo moderno. Su tumulto. Su bullicio. Su caos.

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