Objetos desprovistos de contexto

Por: Fernando Clavijo M.
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Como el museo abre a las 10 de la mañana, pensé que antes de entrar podría comprare un café y un pan en la panadería Rosetta. Pero desde una cuadra antes percibí el movimiento y el murmullo, como de ganado, y vi los shorts y las figuras altas con sus celulares en la mano y mochilas en la espalda. Norteamericanos, todos prestos a comprarse la misma bebida que tomarán en vaso de cartón —para contaminar al máximo— y con tapa ––para asegurarse de no percibir ningún aroma— y fotografiarla con el hashtag indicado. La espera superaba los 40 minutos, así que volví sobre mis pasos para sentarme a tomar el café y pan anhelados en un sitio a media cuadra.
Finalmente dio la hora, y crucé Orizaba para llegar al Museo del Objeto del Objeto, en Colima 145. La casa en la que está es una construcción Art Nouveau y en esquina, estrecha y llena de escaleras, delicadamente conservada desde principios del siglo pasado (1906). La exposición del trimestre lleva el nombre “La exposición sin sentido” (hasta el 23 de febrero) y, en efecto, parece una colección de objetos al azar. Sin embargo, el puro hecho de poner un objeto en un museo le confiere un estatus diferente, no solo como acto de interiorismo sino como una manera de realzar la importancia de algo aparentemente sin valor. Apenas uno entra, por ejemplo, ve una figurilla de bronce, muy estilizada, enmarcada e iluminada a la perfección, lo cual indica unicidad e invita a mirar, a apreciar el detalle de un objeto sencillo. Tanto que, inmediatamente a la derecha, al enfrentar un jarrón de mármol colocado sobre una peana, es difícil decidir si este es parte de la decoración ordinaria del museo o una obra en exposición, un efecto muy al estilo Duchamp que inmediatamente surge como guía del museo, preguntando siempre “¿qué es arte?”
Este primer baño de perspectiva, que sucede en los primeros minutos luego de pagar la entrada de tan solo 60 pesos, nos trae de vuelta a realidad. Un letrero con una pipa del belga René Magritte pregunta “¿Cómo disfrutar la realidad?”, y veo que estoy en el lugar correcto, pues ese es precisamente el mensaje de los objetos y de las máquinas: una cierta arbitrariedad u objetividad. Lo concreto de los objetos y máquinas es una invitación a experimentar y vivir la realidad, algo tan necesario hoy en día que estamos inmersos en el mundo digital tanto o más que en el real. Algo de lo cual asirse.
El museo en sí es un espacio reducido. Pero los techos altos y los espejos en las paredes lo amplían de una manera muy efectiva. Esto hace sentir ese aire, ese vacío que existe entre las cosas, tanto que podría pensarse que el museo no solo exhibe el objeto sino el espacio. La museografía está también muy bien lograda, pues aunque los objetos no guarden mucha relación entre si, no por ello deja de existir un discurso. Al lado de los objetos, por ejemplo, encontramos citas de autores interesantes como Irene Vallejo. O de Octavio Paz: “los ready-mades son objetos anónimos que el gesto gratuito del artista, por el solo hecho de escogerlos, convierte en obras de arte.”
En una sala contigua hay una colección de espejos de distintos tamaños cubriendo completamente un muro, y esto me recuerda parte de la conversación entre un filósofo y un teólogo que escribió Leibniz en 1673, cōnfessiō philosophī. En este, luego ya de cierto diálogo sobre Dios, el teólogo cuestiona al filósofo sobre qué es el amor, a lo que este contesta, fēlīcitāte alterīus dēlectārī, el alegrarse por la felicidad ajena. Y ¿qué es alegrarse?, prosigue, a lo que responde sentīre harmoniam, sentir armonía. Y he aquí que cuando le preguntan qué es la armonía, la respuesta del filósofo comenta la colección de espejos en el muro del museo. Su respuesta es hermosa, similitūdō in varietāte, seu dīversitās identitāte compēnsātā: semejanza dentro de la variedad, o diversidad compensada con identidad. Es decir, aunque diferentes, todos los objetos expuestos son espejos; y aunque similares, cada uno es único. Mi favorito es el de un fauno.
En la sala de abajo hay ejercicios de lenguaje, muy divertidos. Inventar palabras para definiciones arbitrarias, por ejemplo. O ponerle nombre a un objeto que parece una red con una serie de aguamaniles dentro. Las respuestas y dibujos, anuncia la instrucción, se colocarán “en el tendedero”, lenguaje cotidiano y pícaro que recuerda que todo es un juego.
Al subir se ven unas cajitas que coleccionan objetos alrededor de un tema. A mí me llama la atención la de la cocina, que está junto a la de un bar. Dan ganas de hacer una propia, dan ganas de hacer todo tipo de manualidades, como si está visita nos trajera de vuelta al mundo del hacer.
En la última planta hay artefactos de todo tipo, siempre antiguos. Una rueca. Máquinas de ayuda en las artes de la agricultura, la relojería, el armamento… Hay un pesacartas que le lleva a uno a aguantar la respiración. Ahí retoma sentido el nombre del museo, el objeto de los objetos, su para qué. Pienso que la historia de cada objeto da para una narración, incluso para un cuento. Y suspiro porque siempre quise escribir ficción y mi consuelo es comentar la realidad.
Me da pena salir del museo por miedo a perder esa sensación de espacio, de unicidad y, sobre todo, de presencia. Me he olvidado de mi bendito teléfono y de los norteamericanos frente al Rosetta (cuyo éxito, por cierto, aplaudo). Pienso y vuelvo a evocar la escultura de la parte más amplia del museo, una serie de gotas de vidrio suspendidas a diferentes alturas, como sucede cuando uno voltea hacia arriba a mirar la lluvia. Eso es un instante, eso es la realidad, eso es estar vivo. Su contrario es la inmediatez, la selfie y el hashtag, intentos y sustitutos vanos del estar presente. La pregunta del museo me asalta de nuevo, ¿cómo disfrutar la realidad? Moviendo la piernas. Mirando. Haciendo.
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