Musarañas 36

Por: Francisco Segovia
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ELSA CROSS : LA INCANDESCENCIA (sobre Tu otro nombre)
Los herreros solían calcular la temperatura de los metales por el color que irradian al calentarse, pues éste cambia según una gama que va del rojo oscuro al blanco deslumbrante, pasando por el rojo cereza, el rojo vivo, el rojo anaranjado, el rojo blanco y el amarillo. Pero ¿y si el blanco deslumbrante no nos cegara, si el rojo blanco no nos incinerara? Quizás entonces la pura incandescencia, separada de la molicie de su fuente, no nos parecería una irradiación focalizada sino, más bien, el ámbito de una imantación. Esta dualidad de opuestos entre el objeto material y el espectro de luz que emite, entre el metal y su aura, el cuerpo y el espíritu, la pesantez y la gracia, recuerda las contradicciones del amor —que “es hielo abrasador, es fuego helado, / es herida que duele y no se siente”, como decía Quevedo— y recuerda también la del erotismo, que es como un metal al rojo… blanco cuando, en el momento del éxtasis, “Encendido / tu rostro palidece”, según dice Elsa Cross.
Sumergidos en la dicha, sabemos sin embargo que estamos ciegos; hundidos en la gloria, sabemos que somos sólo ceniza. Y aun así brillamos. “Tu amor es un trofeo doloroso”, dice Cross. Pero ¿cómo puede la ceniza, en ese trance, saber que no es sino ceniza? ¿Cómo es posible respirar entre las llamas? Y más aún ¿cómo es posible hablar, desde allí, de la experiencia que allí tenemos? Quizá se trata de que hemos ardido “en un fuego sin llamas”, como reza un verso de la mística hindú Akka Mahadevi. En cualquier caso, el tema aparece claramente en este poema de Elsa Cross:
Imantación—
día tras día
impregnándolo todo.
¿Me das tú este amor
o brota en mí?
Sólo lo siento surgir
hasta anegarme.
La incandescencia todo lo inunda, todo lo sumerge. ¿Es esto el amor expresado en clave mística, o es la experiencia mística puesta en términos amorosos? ¿Se trata de “un amoroso lance” tan subido que alcanza lo divino, o de un amor “tan alto, tan alto” que no tiene más remedio que mirar hacia abajo para expresarse mediante las cosas del mundo humano? Me dirán que no importa. Y es cierto, no importa, o no mucho. Pero no ha de ser por nada que la misma Elsa Cross —al hablar de las místicas hindús cuyos poemas antologa, traduce y comenta en La locura divina— se aviene a explicarnos que en el hinduismo hay dos clases de devoción: una que concibe a la divinidad sin atributo alguno, y otra que la concibe con atributos. “Y aunque hay, ciertamente, estudios académicos que intentan explicar estas formas de devoción disociándolas, como si fueran caminos separados o aun opuestos, en el testimonio de muchos místicos puede advertirse no sólo que no se contraponen, sino más bien que se complementan”. Es verdad, pero también lo es que la diferencia puede frasearse de esta otra manera: por un lado está la vía abstracta del conocimiento (que es la de los filósofos de las Upanishads, digamos) y por el otro está la vía de la devoción propiamente dicha, que no necesita sino del amor a dios para cumplirse. Esta segunda vía es la más popular y la que más se acerca al modo de actuar de la poesía, con sus metáforas mundanas, cotidianas, amorosas y eróticas. La poesía, que ama lo concreto y no se arredra ante lo que los filósofos tachan de ilusorio, no sólo no renuncia al mundo, sino que ni siquiera desconfía de él. Si el místico se pregunta, como Kabir, “¿Cómo puedo renunciar a Maya?”, la poesía le responde que el mundo entero es expresión de lo divino.
El misticismo y el amor se expresan mediante cosas palpables, incluso las de la vida cotidiana, esa que tememos que un día corroa la intensidad de la experiencia a punta de costumbres:
¿Huyes tú?
O sólo nos alejan
los trabajos y los días
de esta vida precaria
poco amiga de amantes
desterrados
La lejanía, la nostalgia y el llamado al Amado son un tema común. Y suele expresarse de maneras también comunes. No es extraño, por eso, que algunos poetas místicos fraseen en términos cotidianos su experiencia y muestren como un despecho amoroso su “espera de Dios”. Después de todo, la espera del Amado es un reclamo en los dos sentidos de la palabra: es un llamado, sí, pero también un reproche a su ausencia o su demora.
En cualquier caso, la unidad de los dos caminos se expresa hablándole de tú al Amado, pero refiriéndose a él como Él (con mayúscula), acaso porque él es otro nombre de Él, como Tú es tu otro nombre. Se comprenderá mejor esto que digo si se escucha la pregunta que se hace Elsa Cross:
¿En ti lo busco a Él?
¿O es Él que se disfraza de ti
para atraparme?
No sobrará añadir aquí que el cruce de los caminos se hace evidente gracias a una convención: a Dios no se le habla de usted sino de tú, como se le habla al amado (“Padre nuestro que estás en los cielos…”). Usamos la segunda persona cuando, en voz baja, le expresamos nuestra entrega a un tú o un Tú. La diferencia entre la omnipotencia del creador y la sumisión de su creatura se resuelve así en un ámbito íntimo y común que hace posible que la creatura sea escuchada y que haya, finalmente, una especie de diálogo. A eso apuntan el Tú y el Ti de poemas y oraciones. Aunque en lo que oímos no aparezca la voz del Amado, sabemos por la segunda persona que se trata en el fondo de un diálogo entre amantes. Aunque no hable, es seguro que el Amado presta oído, y que, llegado el momento, también Él hablará. Su silencio señala, más que su ausencia, su falta —que se siente dolorosamente, como se siente la falta de un muerto—, pero está sin embargo allí, en el lugar al que se dirigen las palabras del poema o la oración. Y así, hablando a solas, Elsa Cross habla con él:
¿Lloro por un fantasma?
¿Tengo esta herida abierta
por un fantasma?
Cuál realidad es ésta donde no sé
si estos bordes espectrales
son pasajeros
o es el puerto al que llegamos
Estos versos expresan bien el desconcierto amoroso. Al principio parece hablarse a sí misma y referirse al Amado como un fantasma, pero al final habla de “el puerto al que llegamos” —al que llegamos tú y yo, se entiende. Ese tú elidido es quizá un fantasma, pero es a él a quien ella dirige sus palabras… y sus pasos. Cuando ella llega a Él, llegan los dos juntos al puerto. Así es el amor del Amado, el amor al Amado, tanto si él es él como si él es Él; tanto si se trata de los versos de amor escritos mientras Elsa Cross vivía en París, entre 1991 y 1994, como si se trata de los versos de amor escritos en Cuernavaca entre 2021 y 2025. Porque la historia de amor que aquí se cuenta (a veces con finísimo, impúdico detalle) ocurre en un solo momento de esplendor.
La poesía de Elsa Cross es pura incandescencia. Aunque no oculta jamás el metal del que proviene, y a menudo hasta lo toma como tema principal, la impresión más duradera que nos deja es la de un destello que revela momentáneamente el desconcierto amoroso, su dicha y su abismo. Una luz en la que se funden el rojo oscuro con que arde la sangre y el blanco deslumbrante de la iluminación.
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