Musarañas 33

Por: Francisco Segovia

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LA LENGUA DEL PARAÍSO (I) :
ABDELFATTAH KILITO Y LA LENGUA DE ADÁN (02)

Todos estos temas son preciosos para Abdelfattah Kilito, que los trae a colación en casi todos sus libros. Si no por otra cosa, porque al parecer basta que dos lenguas se coloquen frente a frente para que sus hablantes establezcan entre ellas una jerarquía. De ésta a menudo se desprende el dominio de una y la opresión de la otra, situación que se agrava cuando al dominio cultural se añade el militar. Ha sido así como la historia colonial de Marruecos les ha deparado a los marroquís, y entre ellos a Kilito, uno de dos bilingüismos principales: ya el de la mayoría, que habla árabe y francés, ya el de la minoría, que habla árabe y español. Pero, a más de ser éste un asunto nacional, y por lo tanto político, es también un asunto íntimo, personal. En un cuento titulado “La ventana de Averroes”, Abdefattah Kilito se encuentra con su traductor, a quien llama por sus iniciales: A. K. Se trata, desde luego, de las iniciales de Abdefattah Kilito. En el relato, el traductor acusa a su autor de despreciar el árabe, pues escribe en francés. Pero hay un momento en el que las cosas se invierten y Kilito afirma que él tradujo al francés el texto originalmente escrito por A. K. en árabe. No olvidemos que Kilito es propiamente un autor bilingüe, que escribe alternativamente en árabe y francés, cosa nada extraña en la literatura marroquí. Sin embargo, vale la pena subrayar que la mayoría de sus autores no hace incursiones aisladas en el francés, como Rilke o Beckett, ni abandona del todo su lengua materna para escribir sólo en francés, como Eliade, Cioran o Ionesco, por citar sólo autores rumanos; no, la mayoría bascula entre los dos idiomas. Y ése es, justo, uno de los temas principales de Kilito. Para comprobarlo, basta con enlistar algunos títulos de sus libros: La lengua de Adán, El escritor y sus dobles, No hablarás mi lengua, Yo hablo todas las lenguas, pero en árabe… 

            Cuando un autor duda de las palabras que ha escrito, y no sabe si éstas han brotado de su propia invención o si ha traducido inconscientemente las palabras de otro, la situación no sólo nos recuerda la diferencia entre el Adán bíblico (que nombra las cosas) y el Adán coránico (que repite los nombres que Dios le ha dado) sino que, en términos psicológicos modernos, parece una víctima de la llamada personalidad escindida. Pero, si lo pensamos un poco, veremos que este “mal” es de lo más añejo y común. Ya el autor de la Epopeya de Gilgamesh (si puede decirse que hubo uno) alegaba que él sólo reproducía lo que había dejado escrito en piedra Gilgamesh, quien a su vez “trajo la historia de tiempos del diluvio”, contada por Utanapíshtim (el Noé babilonio). Y Cervantes argüía que el autor del Quijote era Cide Hamete Benengeli, a quien él leyó en la traducción de un morisco anónimo que, sin embargo, no dejó de intercalar en la historia uno que otro comentario. Y no sólo eso. Los poetas siempre han dicho que por ellos habla la musa. Como dice el Corán, lo que llamamos inspiración poética es una especie de posesión: es otro quien habla a través del poeta. La respuesta a nuestro problema parece moverse entonces entre quienes piensan que la musa es plurilingüe (y a cada quien le habla en su propia lengua), o que la musa sólo habla su propia lengua (y los poetas la traducen a la suya). En ese sentido, preguntarse por la lengua que se hablaba en el Paraíso es una manera sesgada de preguntarse de dónde viene la poesía y quiénes son los poetas. La respuesta más sencilla es, como hemos visto, la de la tradición bíblica, según la cual Adán es el primer poeta porque fue el primero en nombrar las cosas. La tradición islámica, en cambio, no otorga a Adán tal facultad; a cambio de ello, refina su concepto de poesía. Para ella, Adán no es poeta porque nombre las cosas sino porque nombra la ausencia de las cosas, y de ahí la fama que tiene de haber compuesto el primer poema bajo la forma de una elegía. En esto se parece a Orfeo: no nombra cosas presentes sino cosas ausentes; más que nombrar, evoca. Vista así, la poesía es aquel lugar donde la ausencia está como presente; no está presente de bulto, desde luego: está presente en su sentido. Se delimita de este modo un ámbito vacante donde la ausencia adquiere sentido, donde están a su modo presentes los ausentes, llámense Eurídice, Abel, o de cualquier otra manera. Esto es lo que la poesía vuelve evidente, sí, pero bastaría para definir el lenguaje humano en general, pues éste hace posible la presencia de lo ausente. En el lenguaje, la ausencia hace acto de presencia. Y esto, trasladado a su origen mítico, apunta al paraíso perdido y siempre evocado, ese sitio fantástico del que venimos todos y al que sólo podemos volver en nuestras fantasías —o después de muertos, si hemos sido buenos.

            Kilito vive fascinado por estas maravillas, que recoge y comenta con devoción, pero sin privilegiar ninguna de ellas. Él no tiene una respuesta única, como la que le exigiría nuestro educador oficial. Quizá porque sabe que, en estas cuestiones fundamentales —aunque también en las más banales— cualquier dogmatismo falta a la verdad. Kilito va de la lengua árabe a la lengua francesa y viceversa sin nunca soltarse de ninguna. El nudo que las une lo define. Y más: él mismo es el peso, el tirón que aprieta ese nudo. Si vemos en ello un dilema, no dejaremos de ver también una virtud. Su bilingüismo parece hecho a posta para que, como dice el Corán, “se conozcan los unos a los otros”; es decir, los pueblos entre sí, las personas entre sí; pero también, más íntimamente, “el escritor y sus dobles”.

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