Musarañas 30

Por: Francisco Segovia

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MARÍA MOLINER Y LOS REMIENDOS

Decía García Márquez que María Moliner se alegró cuando la Real Academia Española abandonó su inveterado machismo y recibió en su seno por primera vez a una mujer, aunque no fue ella esa mujer. Se alegró —dice García Márquez— “porque la aterrorizaba la idea de pronunciar un discurso de admisión. ‘¿Qué podría decir yo’, dijo entonces, ‘si en toda mi vida no he hecho más que coser calcetines?’”. Es cierto que esta frase podría interpretarse como un reproche irónico (la Academia me desprecia porque piensa que yo, siendo mujer, no he podido hacer otra cosa que coser calcetines), pero a mí, la verdad, me parece que expresa auténtica humildad. Creo que entenderla irónicamente no cuadra bien con el momento en que se dijo; es decir, justo cuando la Academia recibía a Carmen Conde, su primera académica. Y no es que María Moliner no se sintiera ninguneada, pero, cuando se trataba de eso, lo decía con franqueza, como cuando declaró, en una entrevista: “Por supuesto, es cosa indicada que un filósofo entre en la Academia, y yo me echo fuera. Pero si ese diccionario lo hubiera escrito un hombre, diría: ‘Pero, y ese hombre, ¡cómo no está en la Academia?’”.

En cualquier caso, cuando María Moliner dice que no ha hecho otra cosa que coser calcetines, ese coser no se refiere al que viene a cuento cuando se confecciona un vestido nuevo. Como los calcetines no se hacen cosiendo sino tejiendo, uno entiende que aquí se tratamás bien zurcir —o, mejor aún, de remendar… Eso me importa porque, a mi modo de ver, los remiendos son cosa típicamente humana. No digo que no pueda alegarse que los pájaros, por ejemplo, remiendan sus nidos cuando se agujeran; lo que digo es que, en ese caso, lo que se querría decir es más bien que los reparan, pues la reparación sugiere un desperfecto puntual, accidental, como el agujero, mientras que el remiendo evoca algo mucho más prolongado: un uso y un desgaste. Los pájaros abandonan el nido cuando lo dejan sus polluelos y construyen otro enteramente nuevo al año siguiente para sus nuevas crías. En este sentido, su nido no se gasta como se gastan los calcetines. Por eso está bien decir que los calcetines se remiendan, y no que se reparan; porque el remiendo repara lo gastado, no lo descompuesto. Para decirlo en pocas palabras: no se remienda un coche sino que se repara, mientras que no se repara un calcetín sino que se remienda…

Hay en el remiendo un reconocimiento de la duración, del paso del tiempo, que no hay en la reparación. La reparación aspira a devolver lo reparado a su estado anterior —si no es que al flamante estado que tenía originalmente, cuando era nuevo—, como si no hubiese pasado el tiempo. El remiendo, en cambio, implica siempre que pronto habrá otro remiendo, y que la labor nunca puede darse por terminada sino que siempre es provisional. Por eso no me extraña la oposición inicial de la Real Academia Española de la Lengua ante la obra de María Moliner, pues el ideal de esa Academia era —más que meramente conservador— francamente quietista: un rechazo al paso del tiempo. Lo expresa bien su lema: la Academia “limpia, fija y da esplendor”. Lo contrario, pues, del anhelo de María Moliner, que era el uso de la lengua; es decir, el despliegue temporal que implica el uso de sus hablantes. Para ella, los lexicógrafos no pulen una estatua de bronce: remiendan calcetines. El pulidor interviene cada 100 o 200 años, con la intención de devolverle a la estatua su brillo original; el “calcetinero remendón”, en cambio, trabaja constantemente y no aspira a que los calcetines parezcan nuevos sino, más humildemente, a que sigan siendo útiles, a que sigan usándose.

            Esto explica qué quería decir María Moliner al declarar que su diccionario era “de uso del español”. Su libro, más que un registro del uso de la lengua, es un proyecto, un instrumento al servicio del uso futuro de la lengua. Pone en manos de sus lectores un instrumental vasto e inusitado en la lexicografía española —”una herramienta total del léxico”, dice Manuel Seco—, para que los lectores mejoren su uso de la lengua; es decir, sus capacidades expresivas. Hay en ello un afán didáctico, qué duda cabe, pero su estrategia no es la del maestro que le dice al alumno cómo debe pensar sino la del que le da las herramientas para que piense por sí mismo. Esta actitud le viene de lejos a María Moliner y su primera justificación habría que buscarla, más que en el diccionario mismo, en su labor como bibliotecaria. Véase, para el caso, el siguiente párrafo de la introducción a sus Instrucciones para el servicio de pequeñas bibliotecas, dirigido “A los bibliotecarios rurales”:

No es extraño que una biblioteca recibida con gran entusiasmo quede al poco tiempo abandonada si se la confía a su propia suerte: no es extraño que el libro cogido con propósito de leerlo se caiga al poco rato de las manos y el lector lo abandone para ir a distraerse con la película a cuya trama su inteligencia se abandona sin esfuerzo. Todo esto ocurre; pero no ocurre sólo en tu pueblo, ni lo hacen sólo tus convecinos; ocurre en todas partes, y ahí radica precisamente tu misión: en conocer los recursos de tu biblioteca y las cualidades de tus lectores de modo que aciertes a poner en sus manos el libro cuya lectura les absorba hasta el punto de hacerles olvidarse de acudir a otra distracción.

En el fondo de estas líneas hay, desde luego, una actitud política. Y no es que esté simplemente implícita en sus palabras, como si María Moliner no fuese del todo consciente de ella o quisiese ocultarla de algún modo, pues en otro párrafo dice sin tapujos:

En vuestro pueblo la gente no es más cerril que en otros pueblos de España ni que en otros pueblos del mundo. Probad a hablarles de cultura y veréis cómo sus ojos se abren y sus cabezas se mueven en un gesto de asentimiento, y cómo invariablemente responden: ¡Eso, eso es lo que nos hace falta: cultura! Ellos presienten, en efecto, que es cultura lo que necesitan, que sin ella no hay posibilidad de liberación efectiva, que sólo ella ha de dotarles de impulso suficiente para incorporarse a la marcha fatal del progreso humano sin riesgo de ser revolcados: sienten también que la cultura que a ellos les está negada es un privilegio más que confiere a ciertas gentes sin ninguna superioridad intrínseca sobre ellos, a veces con un valor moral nulo, una superioridad efectiva en estimación de la sociedad, en posición económica, etcétera. Y se revuelven contra esto que vagamente comprenden pidiendo cultura, cultura… Pero, claro, si se les pregunta qué es concretamente lo que quieren decir con eso, no saben explicarlo. Y no saben tampoco que el camino de la cultura es áspero, sobre todo cuando para emprenderlo hay que romper con una tradición de abandono conservada por generaciones y generaciones.

Son palabras de una mujer que se educó en la Institución Libre de Enseñanza (la de Francisco Giner de los Ríos y Manuel Bartolomé Cossío) y participó activamente en las Misiones Pedagógicas que emprendió la Segunda República española para llevar la cultura a los pueblos más olvidados de España. Es cosa que no le perdonaría el régimen franquista. Y así, tras la victoria del fascismo en España, Fernando Ramón, su esposo, fue suspendido durante cuatro años de su cátedra en la Universidad de Murcia y ella fue obligada a aceptar un puesto dieciocho escalones más abajo del que había ocupado hasta entonces. Empleada en una biblioteca de ésas a las que el presupuesto y los lectores abandonan a su suerte, María Moliner sintió “la melancolía de las energías no aprovechadas” —como dice ella misma— y en 1952 se puso a trabajar en su diccionario. En mi opinión, esa enorme labor, iniciada por un impulso personal y realizada de forma íntima y casera, sin retribución de ninguna especie, seguía teniendo el carácter de aquellas Misiones Pedagógicas, y ella la acometió durante quince años con la paciencia y la constancia de quien remienda calcetines, sabiendo que los remiendos no acaban nunca…

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