Musarañas 27

Por: Francisco Segovia
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Lexicografía 01 ~
Suele decirse que la lexicografía tiene tanto de método como de arte. Aunque la oposición peca un poco de engañosa —pues supone que en el arte todo es libertad y en el método todo es cartabón—, es posible tomarla de buena fe y entender, simplemente, que la lexicografía exige una sensibilidad de la que no da cuenta el método. Se trata de una sensibilidad hacia los matices de la lengua que no puede enseñarse y aprenderse en un curso universitario sino que se desarrolla con la lectura y la escritura a lo largo de años de práctica. Por eso recuerda más al oficio del escritor que a la profesión del lingüista. Y, para el caso, se relaciona más directamente con la poesía que con la literatura —al menos si seguimos la clasificación clásica, que considera a la poesía entre las bellas artes, pero a la literatura no.
Porque podría decirse que el poeta y el lexicógrafo parten de una misma pregunta: “¿Cómo se dice esto?” El poeta tiene entre manos algo no dicho y se pregunta cómo puede decirlo; el lexicógrafo, en cambio, tiene algo dicho, pero le está prohibido decirlo como lo tiene dicho, así que debe buscar una nueva forma de decirlo. Es como si estuvieran ambos ante una adivinanza: saben que lidian con una metáfora, pero es una metáfora ¿de qué? Les pondré un ejemplo. Cuando uno escucha la cantinela: “Una señorita, / muy aseñorada, / siempre va cubierta (y) / siempre está mojada”, debe adivinar que se trata de… ¡la lengua! ¿Cómo procede para resolver la adivinanza? Buscando alguna cosa que, como esa señorita aseñorada, estando siempre cubierta, siempre esté mojada. La formulación quizá le esté dando una pista: al hacer la pregunta en femenino, quizá la respuesta también sea femenina. El poeta hace algo parecido. Generalmente toma el camino que recorrió José Juan Tablada para decir que una tortuga es como un camión de mudanzas. Dice Tablada: “Aunque jamás se muda, / a tumbos, como carro de mudanzas, / va por la senda la tortuga”. Lo novedoso aquí, me parece, no es la idea de que la tortuga lleve a cuestas su casa, como la lleva también el caracol, y ni siquiera que en realidad no se mude, pues tampoco el caracol lo hace, sino que avance “a tumbos”, cosa que subraya la torpeza en el andar de la tortuga frente al suave deslizamiento del caracol. (Y también aquí parece haber una pista. Así como allá se sugería una respuesta en femenino, aquí se sugiere una respuesta que rime con muda).
El lexicógrafo, por su parte, debe redactar una adivinanza que sólo tenga por respuesta la palabra que define. Si su definición dice: “Insecto cazador, muy voraz, de color verde o amarillo, cuerpo largo y cabeza móvil, pequeña y triangular provista de grandes ojos, que se caracteriza por mantener las patas delanteras plegadas y juntas, como en actitud de oración,”, se supone que quien la lea exclamará en el acto: ¡campamocha! o ¡mantis religiosa!
Para el lexicógrafo, pues, la definición significa campamocha. Para el lector, la cosa es al revés: campamocha significa su definición. Pero a él eso le parece tan natural que ni siquiera empieza a imaginarse las penurias que seguramente pasó el lexicógrafo para decir campamocha sin decir campamocha. Y aquí viene a cuento una anécdota. Un redactor del Diccionario del español de México (el DEM) estaba definiendo una palabra —no recuerdo cuál, pero digamos que esta misma, campamocha—, y al final tenía que poner las otras maneras registradas de llamar al mismo insecto, como mantis, mantis religiosa y matacaballos. Pero la primera que puso en esa lista fue… ¡campamocha!, como si otro de los nombres de la campamocha fuera campamocha. ¿Qué ocurrió? Seguramente leyó su definición sin leer antes la entrada (la palabra innombrable, la palabra prohibida) y, tomándola como una adivinanza, dijo lo primero que se le vino a la cabeza: ¡campamocha! Esto probaría que su definición era buena, por supuesto, pero entre los lexicógrafos es indicio de cansancio; de que hay que salir a estirar las piernas, tomarse un café, hablar de otra cosa… Porque, en la práctica, no es raro que el vocablo que uno define de pronto se vacíe de todo significado y uno se quede en Babia, con la mera sonoridad de la palabra, sin hallarle ningún sentido. Es el mismo tipo de extrañeza que a veces les ocurre a los poetas. Por ejemplo, a Federico García Lorca, que en la última estrofa de un poema titulado “De otro modo”, dice:
Llegan mis cosas esenciales.
Son estribillos de estribillos.
Entre los juncos y la baja tarde,
¡qué raro que me llame Federico!
“Estribillos de estribillos”, como quien dice vueltas y vueltas de lo mismo, o a lo mismo, por más que se trate de “cosas esenciales”, tan esenciales como el propio nombre propio. La extrañeza ante el propio nombre es una más entre las varias experiencias de vaciamiento de sentido. No es exclusiva de poetas y lexicógrafos, desde luego, pero entre la gente “normal” no es muy frecuente, mientras que entre ellos se da cada dos por tres.
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