Musarañas 26

Por: Francisco Segovia
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26.
ANTIGUOS, MODERNOS, CLÁSICOS ~
En la “Querella de los antiguos y los modernos” lo importante no es quién tenía la razón
sino quién había quedado fuera del debate: la Iglesia. La discusión sobre si los logros
filosóficos, científicos y artísticos de los modernos igualaban o superaban a los de los
antiguos se daba entre renacentistas, ilustrados, modernos, y excluía a la Iglesia católica
en cuanto tal. Su saber no se consideraba antiguo sino anticuado. Lo actual para ellos
—como hoy para nosotros— era indudablemente laico. Hay en eso una lección que
aprendimos entonces y que no hemos dejado de repetir a lo largo de los siglos: las obras
clásicas son aquellas que, siendo antiguas, no se han convertido en antiguallas: nos
hablan hoy como si fueran de hoy.
LITERATURA INFANTIL ~
Si uno hiciera un muestrario de las palabras más usuales en la literatura infantil (y
alguien debería hacerlo) encontraría las más frecuentes son sueño, árbol, nube, luna,
espejo, estrella, gigante, mar, pirata, papalote (o cometa), etc. Palabras que nombran
las cosas del mundo que más valoramos y que pensamos que los niños más valoran.
Pero en su insistencia hay una especie de lección de los adultos, que aconsejan a los
niños no olvidarse de ellas, como se han olvidado ellos. Les aconsejan a los niños… ser
niños. Lo malo es que estos escritores no ven que la lección que así dan va dirigida más
bien a los adultos. Puede ser que a los niños les guste en efecto oír hablar de nubes, de
sueños y de mares, pero es casi seguro que no les interesa el otro mensaje, en el que los
adultos miran su propia infancia y se confiesan, se solazan o hacen acto de contrición.
El caso es que, muy frecuentemente, quien habla en los libros infantiles es un adulto
nostálgico, disfrazado de niño. Pero no sólo al modo de quien dice “Soy un niño” y
cuenta su cuento desde ahí, sino sobre todo al modo de quien, creyendo encarnarse en
un niño, en realidad está diciendo: “Si yo fuera niño de nuevo…” y desde ahí se suelta a
hablar, mirando su infancia como la mira un adulto.
Abundan los casos en que, acaso sin saberlo, inconscientemente, el autor nos da (y
quizá se da a sí mismo) gato por liebre. Repite así esa especie de tic que lleva a algunas
personas a hablarles a los niños como niños —o como ellas se imaginan que hablan los
niños—; es decir, con diminutivos y en un tono agudito y bobalicón que a mí me parece
insultante para los niños y que a los adultos los vuelve a todas luces ridículos.
Así es esta especie de “psicologismo” moderno de la literatura infantil, cuyos autores
se sienten siempre en deuda con el niño que fueron, con el paraíso en que vivieron, y
tratan de advertir a los niños contra la pérdida de su infancia. Olvidan que para el niño
al que se dirigen el paraíso no fue, y ni siquiera es seguro que esté siendo. Yo dudo
mucho que a los niños les interese esta especie de nostalgia psicoanalizada a la que se
abandonan sus autores hoy en día. Por eso prefiero la vieja escuela, cuyos escritores no
fingían la voz para contarles cuentos a los niños ni se forjaban una máscara pueril (más
que de veras infantil) para hablar en secreto de sí mismos y su paraíso perdido. No eran
ellos nunca los héroes de sus historias. Ellos sólo contaban las historias de los
verdaderos héroes, que siempre son los otros. En esa escuela se entendía bien que los
buenos cuentos para niños no son casi nunca cuentos de niños sino, simplemente,
cuentos contados a los niños.
TRADUCCIÓN, CLASE, GÉNERO Y EDAD ~
La idea de que es preferible que sea una mujer, y no un hombre, quien traduzca a otra
mujer es atractiva, pero tiene sus asegunes. De entrada, porque recuerda aquella vieja
idea marxista según la cual un proletario francés se entiende mejor con un proletario
ruso que con otro francés, pero de la burguesía. Eso quiere decir que los proletarios se
entienden entre sí a pesar de sus lenguas, o más allá de ellas. Se entienden porque
comparten la experiencia de una misma condición social —y, como es de esperar en una
idea marxista, va de suyo que la clase social es una determinación mucho más pesada e
importante que la lengua. A un traductor le cuesta tragarse este chocolate porque,
descontando de este modo la lengua (lo expresado en una lengua) y homologando la
experiencia vital ¿qué queda por traducir? Si los dos proletarios se entienden más allá de
las palabras, entonces no hay palabras que deban traducirse. La traducción sólo tendría
sentido si un proletario tuviera que comunicarse con un burgués, cuya experiencia es
distinta de la suya… Pero ¿puede traducirse una experiencia ajena? Creo que un
traductor interpreta palabras en el mismo sentido en que un psicoanalista interpreta
sueños; es decir, aceptando que no trata nunca directamente con la experiencia sino sólo
con el relato de la experiencia, cosa que la frase marxista escamotea, si no es que la deja
de plano en el olvido. Después de todo, no se traduce de una lengua a esa misma lengua
sino de una lengua a otra; es lo ajeno, no lo propio, lo que requiere traducción… Por
otra parte, las lenguas son diferentes y se clasifican según criterios claros y objetivos.
No puede decirse lo mismo de las sensibilidades. ¿De veras hay una sensibilidad
femenina y otra masculina? No ha de faltar quien lo afirme, pero tampoco quien alegue
que eso de la sensibilidad femenina es una construcción machista… No sé… Me parece
obvio que un traductor debe tener claro desde dónde habla quien habla en el texto que
traduce, pero eso no significa que ser ciego sea una ventaja a la hora de traducir a
Homero, ni que sea preferible traducir a Rimbaud antes de cumplir los veinte…
LA HISTORIA COMO TRADUCCIÓN : CASTORIADIS ~
Un historiador de la cultura nahua —López Austin, digamos— no sólo traduce
constantemente del náhuatl al español sino también, cada vez, de una lengua del siglo
XVI a otra del siglo XX. Lo mismo hace un medievalista francés —Gaston Paris,
digamos—, que traduce al francés moderno cosas que se dijeron antes en francés
medieval. Pero lo dicho ¿es lo mismo en ambas lenguas? Creo que los historiadores,
aun cuando reparan a menudo en este problema, lo ven como un asunto propio de la
interpretación histórica, sin asomarse a ver las discusiones que sobre el mismo punto
han mantenido ya de largo los traductores. Cornelius Castoriadis, que es quien nota la
similitud entre historiadores y traductores (en La institución imaginaria de la sociedad),
se inclina por la tendencia que ve en la traducción una obra de creación. Pero una obra
no del todo libre sino acotada, restringida. En cuanto creación, una obra histórica forma
parte del despliegue del sentido en el tiempo (la historia, propiamente dicha); pero, en
cuanto creación limitada, tiene como frontera su fidelidad (o siquiera su adecuación) al
sentido de su “original”. Esa adecuación es lo que, en otros ámbitos, se llama
objetividad.
LA DISTANCIA MEDIDA EN LENGUAS (QUE NO EN LEGUAS) ~
Decía Heródoto que entre los griegos y los hombres más apartados de los que tenían
noticia mediaban siete lenguas; es decir, que para hablar con ellos había necesidad de
seis traductores (si no recuerdo mal). En la Segunda carta de relación, Cortés iba
mucho más lejos: decía que entre Veracruz, lugar de su desembarco, y Tenochtitlan, la
capital de Moctezuma, mediaban 90 o 100 lenguas.
Un poeta mexicano, Román Villalobos, cambia de dimensión y dice en Casa tirante:
“Pero no me ha encontrado y aún ve / que no me estoy moviendo, / aunque me veo /
siempre a la distancia / allá por la tercera persona”. La distancia medida en personas del
verbo se vuelve infinita al pasar de la segunda a la tercera. Porque esta medida es
cuántica: o bien cerca (segunda persona) o bien lejos (tercera), pero sin puntos
intermedios.
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