Musarañas 24

Por: Francisco Segovia

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24.

CREATIVIDAD Y AUTENTICIDAD : VAN MEEGEREN Y LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL

Al término de la Segunda Guerra Mundial, Hans van Meegeren fue acusado de colaborar con los nazis, vendiéndoles un cuadro de Vermeer (cuya obra los holandeses consideran un tesoro nacional). En su defensa ante el tribunal, Van Meegeren dijo que él jamás había colaborado con los nazis y que, en cambio, los había engañado, vendiéndoles un cuadro pintado por él mismo. Y que lo mismo había hecho con otros seis, que colgaban orgullosos en los muros de algunos museos de prestigio, como la Galería Nacional de Edimburgo y el Museo Boijmans de Rotterdam. Los jueces lo desafiaron: “Pinte usted, entonces, una copia del Cristo en Emaús, de Vermeer, para probar su dicho”. Van Meegeren respondió que cualquier estudiante de pintura podía hacer una buena copia de ese cuadro y que él, en cambio, pintaría un nuevo Vermeer. Y eso fue exactamente lo que hizo. Al final, los jueces lo declararon inocente de colaboración con los nazis y lo condenaron a sólo un año de prisión, por fraude. Murió antes de poner un pie en la cárcel.

            El público celebró el caso, en buena medida porque el falso Vermeer ponía en ridículo a los nazis; y, de paso, a los expertos y a la crítica académica. Pero las preguntas siguen ahí: ¿La experiencia estética de quienes creyeron ver un Vermeer se volvió falsa al descubrir que el cuadro era falso? O, dicho al revés, ¿la autentificación de un cuadro antes simplemente atribuido a un autor famoso vuelve más intensa la experiencia estética? ¿Son el nombre y la fama del autor parte de la experiencia estética? Como quiera que se respondan estas preguntas, Van Meergeren mostró que sus fraudes no carecían de creatividad. ¿O no pintaba él nuevos Vermeers, técnicamente indistinguibles de los viejos? ¿No se trataba pues, de cuadros originales? Al condenarlo por fraude, los jueces no se pronunciaron al respecto: simplemente sancionaron la usurpación de un nombre.

            En cualquier caso, un programa de inteligencia artificial que pinta fraudulentamente un nuevo Picasso ¿no hace lo mismo que Van Meegeren? ¿No produce una obra que los críticos considerarían digna del autor que dice ser, sin serlo? Como se ve, el asunto no se refiere realmente a la creatividad del pintor (humano o cibernético) sino a la asociación de su obra con un nombre famoso. Y, así, muchas de las discusiones que se dan en torno a la creatividad de las máquinas no se tratan en realidad de dicha creatividad sino de la autenticidad de la obra y de los derechos de autor. Bastaría con que el pintor del nuevo Picasso evitara firmarlo como Picasso para pasar de ser un malévolo falsificador a ser un simple imitador. ¡Y hay tantos de ésos! ¡Tantos que no van a la cárcel y simplemente sufren la ignominia de ser considerados pintores de segunda! El propio Van Meegeren fue considerado en sus días un pintor de segunda, y —según confesión propia— eso fue exactamente lo que lo llevó a convertirse en falsificador. Engañando a la crítica se vengaba de la crítica. En ese sentido, la creatividad de las máquinas es equivalente a la del promedio humano; es decir: la máquina puede imitar más o menos bien a Picasso, pero no será ella misma nada “genial”, como no lo somos la mayoría de los humanos. Y, así, la pregunta sigue siendo si las máquinas dan el salto del promedio a la genialidad, que aquí parece ser el verdadero fiel de la creatividad. ¿Puede una máquina ser el nuevo Einstein, el nuevo Picasso y el nuevo Chaplin? Yo diría que sí, y no. Pero, en cualquier caso, comenzaría por señalar que, al mencionar a estos tres genios, estoy dejando fuera, por ahora, cualquier voluntad de esclavizar a los humanos, apoderarse del planeta, timar, falsificar, etc.

            Las enciclopedias (y Wikipedia es eso: una enciclopedia) nos mostraron que es probablemente cierto aquello de que “entre todos lo sabemos todo”. La inteligencia artificial toma ahora ese conocimiento y encuentra en él ligas y patrones que no sólo se nos escapan a nosotros sino que no son un resultado previsto por “el algoritmo”. ¿Puede decirse que crea así nuevo conocimiento? Yo diría que sí. Y, si crea conocimiento, ¿no se dirá que es creativa? Tan creativa que ese conocimiento puede patentarse a nombre de la compañía dueña de la máquina que lo produce.

Una objeción: ¿Sería correcto decir que la IA produce nuevo conocimiento en el mismo sentido en que puede decirse que lo hizo la invención del microscopio? Si fuera esto correcto, entonces la IA es un instrumento de la inteligencia humana. Y quizá sus “cajas negras” estén produciendo una enorme cantidad de “conocimiento chatarra”; quiero decir, de conocimiento que no sólo no reconocemos como tal sino que no es pertinente para nosotros en cuanto seres humanos (gregarios, históricos, etc.).

            LECTURA, EDUCACIÓN Y VIDA INTERIOR

Leyendo se aprende, es verdad. Pero los lectores no leen sólo por aprender. No abren cada libro que leen como quien toma el diccionario para consultar puntualmente algo que no sabe; es decir, teniendo en mente una pregunta concreta y bien planteada. Lo abren, más bien, con la curiosidad de quien sabe que ahí encontrará algo que no sabe, aunque no sepa qué es eso que no sabe. Su curiosidad es, digamos, una curiosidad abierta, que no va dirigida por una pregunta formulada de antemano. Y sólo cuando hacen de la lectura una profesión consideran, ya de vuelta, que todo libro es además un libro de consulta, y que casi en cualquier libro hay alguna respuesta a alguna pregunta concreta. Pero no es eso, esa utilidad, lo más importante de la lectura. Lo más importante no es la información que puede extraerse de la lectura sino algo muy distinto: leer le da al lector una vida interior.

            Puede ser que la vida interior de una persona les resulte indiferente o inútil a los utilitaristas, a los pragmáticos —que desde fuera apenas pueden sospechar que existe, si es que ellos también tienen una—; puede ser, digo, que a ellos les parezca indiferente la vida interior de una persona, pero es justo esa vida —a medias solitaria y a medias gregaria (pues convive con la historia entera, “desde Homero hasta Joseph Conrad”), lo que señala al individuo como individuo, lo que le da carácter, personalidad. No digo, desde luego, que sólo los lectores tengan una vida interior, ni que sólo la lectura forme a las personas (pues las personas se forman de mil maneras misteriosas y distintas); lo que digo es que la lectura es una manera bastante segura de promover siquiera esa vida interior. Por eso la educación ha recurrido siempre a ella —quiero decir, la educación humanística, la que se propone formar personas para que sean libres y creativas; no la que priva ahora, que busca informar a los individuos para que sean productivos y realicen tareas específicas.

            La educación técnica que se imparte hoy en las escuelas quiere hacer de nosotros meros consultores de diccionarios, no lectores verdaderos. Quiere individuos informados, pero desprecia la formación de las personas. Olvida así que no es lo mismo una persona enterada que una persona culta. Pero, sobre todo, se desentiende de la vida interior de las personas. Los defensores de esta clase de educación (si se puede llamar así) alegan que la vida interior de los individuos es un asunto privado, y que no compete a la sociedad hacerse cargo de ella. Esto sí que es privatizar la educación. Pero ¿hay algo de razón en ello? ¿La vida interior de las personas no es un asunto que deba preocupar a la sociedad en su conjunto? Yo creo que debe hacerlo. Lo social implica una responsabilidad común por la vida de los otros. Implica, por ejemplo, hacerse cargo de los huérfanos, criarlos y educarlos como hijos —si no de sus padres, que faltan— de la sociedad… El derecho a la educación no es un asunto privado: es un deber social… 


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