Musarañas 22

Por: Francisco Segovia
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22.
LENGUA, GRUPO, INDIVIDUO
Supongo que la lengua es el nudo de la persona (de su individualidad, de su conciencia de sí, de su sí-mismo). Una premonición de esta individualización podría verse acaso en la conciencia que tiene cada uno de los lobos que forman parte de un grupo de caza. Cuando la manada se despliega para cazar, cada lobo sabe dónde está con respecto a los demás: es un nudo en la red y ha de actuar en coordinación con ella, en un momento preciso. Esto lo identifica en un momento del tiempo y el espacio. Pero el lenguaje humano hace algo más: deja la red tendida para algo más que la comunicación en el momento de la cacería. El lenguaje permite a los seres humanos estar siempre en posición, ser permanentemente un nudo de la red. En ellos la conciencia del grupo no se adormece nunca, ni siquiera cuando el grupo descansa o está disperso. Es como si el lenguaje humano no diera tregua al cazador y éste viviera siempre en la adrenalina de la caza, emocionado… Y es quizá sólo la constancia de esta emoción lo que se desarrolla luego en eso que llamamos sentimientos, curiosidad, inteligencia… Es una evolución que podemos concebir mejor en los lobos que en los leones, porque los lobos son más sociales que los leones. Qué paradoja: los animales más individualistas son los que tienen menos conciencia de sí. Pero ¿contra qué podría recortarse un individuo si no contra su grupo?… El lenguaje es la tensión de las cuerdas en cada nudo de la red…
Pero el nudo puede deshacerse y desaparecer, pues los individuos nacen y mueren. El nudo actúa de forma más o menos mecánica en las sociedades animales, como respuesta a las acciones de los demás; pero, cuando el individuo cobra conciencia de su papel en la red, ve esa respuesta como un acto fatal; es decir, como aquello que lo define y a lo que está obligado. Y ve esa respuesta en todo su valor: es, antes que nada, responsabilidad. Quien es responsable, responde… En sus cursos de filosofía (Dios, la muerte y el tiempo) decía Levinas que la deuda del individuo con la comunidad de la que forma parte es impagable. Esto significa, para él, que la responsabilidad para con los demás es eterna. De ahí el dolor por la muerte del otro, pues la muerte del otro se presenta como una responsabilidad que hemos dejado de cumplir, dejando que el otro deje de responder. Por eso para Levinas la muerte aparece como culpa: hemos permitido que el diálogo con alguien se interrumpa. Esto implica que es nuestro deber —no sólo responder sino— hacer que el otro responda.
Creo que es posible despojar a esa culpa de su atuendo religioso (de sus ínfulas, propiamente hablando) y darle a la responsabilidad un carácter menos coloreado por el judeocristianismo, más parecido, digamos, al que veía Anaximando cuando hablaba de “la pena y la expiación que cada cosa adeuda a las demás por su existencia”. Libres de la noción de pecado, la pena y la expiación de Anaximandro muestran la responsabilidad como una devolución del cuerpo propio a la materia de que está compuesto. El nudo se deshace, pero los hilos de la red no se rompen… Los nudos son las crestas de las olas en un mar que está en constante movimiento; unas desaparecen, otras se forman… La lengua —ese constante responderse de los unos y los otros— es una de las formas de ese mar…
El tiempo es cifra de las relaciones que componen la red. La filosofía siempre ha concebido al tiempo como algo relacional. Es “la medida del movimiento”, según, Aristóteles, lo que relaciona al espacio con los cambios que ocurren en él, sin que por ello el espacio deje de ser espacio. En cierto sentido, pues, el tiempo es un telón de fondo contra el que se recortan esos cambios. Pero en Aristóteles el tiempo es aún “medida”, y medida absoluta, como también lo era para Newton y Kant. Una concepción distinta tuvieron Bergson, por una parte, y Einstein, por otra. Fueron ellos quienes primero nos mostraron que el fondo contra el que se recortan las relaciones de la red no es un más allá independiente de la propia red. La “duración” de Bergson es el tiempo en cuanto experiencia de cada nudo de la red; la medida del tiempo es, para Einstein, algo que depende del sistema inercial desde donde se mira. Cada individuo es un sistema inercial, un giróscopo, aunque forme parte de ese sistema inercial aún mayor que hemos llamado red.
En cuanto red, el lenguaje es las relaciones que establecen sus nudos; es decir, es tiempo. El sentido es tiempo en acción…
CUESTA Y PAZ : TIEMPO Y TRADICIÓN
Pareciera que Cuesta se tomó en serio aquello de la “alquimia del verbo”. En su “Canto a un dios mineral” la materia vil se transforma, en efecto, en palabra, en materia significante. Pero ¿habría dicho él —como digo yo— que el regreso de la materia significante a la materia vil es imposible? No lo creo. Para Cuesta era fundamental que los procesos fueran reversibles, pues le importaba sobre todo la eternidad (pero ojo: la eternidad, no la inmovilidad) y sólo si la evolución tiene el contrapeso de la involución el tiempo fluye sin dejar por eso de cumplir con “el eterno retorno”. Cuesta es enemigo de la entropía, de la flecha del tiempo que siempre va y nunca vuelve…
Por eso, quizás, Octavio Paz distinguía a su generación de la de Cuesta diciendo que a él y sus amigos les interesaba la historia. Poincaré diría que a la generación de Cuesta (la del último simbolismo, la de Rilke y Valéry) le interesaban los fenómenos y repudiaban al yo y su subjetivismo, como hacen los científicos; a la de Paz, en cambio, le interesaban los hechos, las vivencias de los hombres en la historia. Los primeros privilegiaban el experimento; los segundos, la experiencia. Con todo, la caracterización de Paz es endeble. Antes de su generación tuvieron esa postura otros poetas y filósofos, como Machado y Ortega y Gasset (que hablaban de la “voz en situación” y de “la deshumanización del arte”). En realidad, Paz está pensando en Cuesta y omite algo que en efecto distingue a su generación de la del 98: el compromiso político —quizá porque luego casi toda su generación renegó de él. Cuesta no dejó de ver lo que lo oponía a Ortega (y ahí está su ensayo contra él para probarlo), pero Paz esquivó el tema todo lo que pudo. Aunque hacia el final de su vida hizo un reconocimiento de Ortega, nunca se desdijo de aquella caracterización de su generación, e incluso la refrendó, aunque a todas luces resultaba insuficiente.
No sería extraño que este desdibujamiento generacional coincidiera en el tiempo con las ideas de Paz sobre “la tradición de la ruptura”, que intentaban dar cuenta de cómo, finalmente, la tradición se traga y asimila las rupturas, que son su parte más viva. Cuesta hubiera saltado ante esto. Aun si aceptara que la tradición se traga las rupturas, cosa dudosa, Cuesta alegaría que lo hace sin asimilarlas. No —diría él—, la tradición conserva las rupturas, las pone en reserva, como el ADN de los pájaros pone en reserva el de los dinosaurios. A Cuesta la asimilación le parecería entrópica: una digestión, una desnaturalización, una pérdida de identidad, de definición. Las rupturas conservadas por la tradición tendrían que ser, pues, un cuerpo extraño, siempre extraño; un enquistamiento, capaz por cierto de romper su crisálida y esparcir de nuevo la infección.
Paz quiere pensar la reiteración de las rupturas sin renunciar a la noción de historia y a su flecha. Por eso, para él, el eterno retorno es una espiral. Para Cuesta, en cambio, es un círculo cerrado. Cuesta alegaría que las ideas de Paz son metafísicas (cosa despreciable para él) pues proponen el eterno retorno como una ley de la historia; las suyas, en cambio (las del propio Cuesta), son físicas; esto es, se proponen como una ley de la razón, como una ley que puede compararse con las científicas (que son leyes del entendimiento, más que leyes de la naturaleza)…
Paz siempre mantuvo una discusión secreta, no declarada, con Cuesta. Era para él una especie de alter ego; es decir, como un testigo al que no siempre se puede sobornar y al que, por lo mismo, conviene tener siempre en reserva.
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