Musarañas 19

Por: Francisco Segovia

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19.

La Guerra de las galaxias : Realismo y moral ~ La novela realista quiso retratar a los hombres como lo que son: seres complejos, contradictorios. Por eso, para pintar a sus personajes, huía del blanco y negro y echaba mano del claroscuro. La idea caló tan hondo que hoy hasta la trama más simplista y fantasiosa de Holywood incluye personajes que quieren ser complejos, y por eso, “reales”. Nada de aquellos caracteres burdos y esquemáticos de los cuentos tradicionales. Pienso en La guerra de las galaxias y su Han Solo (un bandido bueno), pero sobre todo en su Princesa Leia (una princesa que no es de veras bella), donde la complejidad moral del realismo y la simplicidad moral del cuento tradicional se entreveran en un cartabón políticamente correcto. Este “realismo holywoodense” —como lo llama González Dueñas— mezcla en una misma pócima aquello que antes se servía en dos: la imagen de lo que somos y la imagen de lo que queremos ser. Pero eso, claro, significa que lo primero devora a lo segundo. Porque, si las princesas ya no tienen que ser bellas, ni los príncipes deben ser buenos, ni los buenos deben serlo de corazón, entonces lo que se ha perdido en nombre del realismo es la aspiración, el ideal de belleza y de bondad.

            Cuando un padre llama a su hija “princesa”, la concibe como un ideal cumplido: belleza y pureza encarnadas en una niña. Lo mismo hace la muchacha que ve en su novio al “príncipe azul”: un sueño realizado. Pero Holywood viene a decirnos que eso no es real y que no está bien que nos dejemos engañar: las princesas en realidad son feas y los príncipes azules, cuando mucho, grises. “La fábrica de sueños” destruye así nuestros sueños. “Seamos realistas dice—: la hija no puede encarnar los anhelos de sus padres, ni el novio los sueños de la muchacha”. Y nos dice esto en una película de príncipes y princesas…

            La guerra de las galaxias quiere retratarnos personajes en claroscuro, pero no le importa que vivan en una historia moral pintada en blanco y negro. Los buenos están ahí como promedio de bondad, pero sin ser héroes verdaderos, sin la pureza ideal de los héroes. Ese promedio se presenta, claro, como ideal democrático: es la causa, no las personas, lo que debe ser bueno.  Si la causa en buena (democrática), no importa quiénes la defiendan, ni cómo. Es lo que alegaban los funcionarios de los gobiernos estadounidenses cuando se los acusa de torturadores… No debe extrañarnos. La moral que se cobija en este realismo realista (que combate los ideales) siempre ha justificado la barbarie en nombre de la civilización. Más que defender al justo, defiende al justiciero. Quizá por esos sus héroes no son santos ni filósofos sino guerreros vengativos, justicieros… Ah, el cine de acción…

El utilitarismo y el bien postrero ~ Para el utilitarismo, el bien es aquello que satisface una necesidad, una carencia, incluso un deseo. Pero, en cuanto mero satisfactor, el bien no aparece nunca sino detrás de la necesidad que satisface. Esto significa que el bien no es nunca un principio sino siempre tan sólo una reacción.

Selección natural y creación humana ~ Quienes defienden el cultivo de plantas genéticamente modificadas sostienen que su método no es distinto del que la humanidad ha usado siempre. Es el mismo —dicen—, sólo que más rápido y eficiente, capaz de afrontar las estrecheces alimentarias del futuro del mismo modo en que lo hizo la Revolución Verde en los años setenta del siglo pasado. El argumento afirma que la humanidad siempre ha seleccionado las mutaciones que a ella le convienen, sin importarle que tales mutaciones no pudieran prosperar en un entorno estrictamente natural; es decir, en estado salvaje y sin ayuda de la humanidad. Está claro que, si ésta desapareciera de pronto, con ella se extinguirían muchas plantas y animales, que no serían aptos para un mundo sin humanos. Sobrevivirían los lobos, desde luego, pero no muchos de los perros que la civilización ha derivado de ellos en selecciones sucesivas, como los chihuahueños, los salchichas, etc. Sin embargo, hay una diferencia que este argumento no toma en cuenta, o que francamente oculta: hasta ahora, la selección humana había sido una segunda selección, que se añadía a la natural; es decir, se favorecía una de entre las varias mutaciones que ofrecía la naturaleza, pero la mutación seleccionada era natural. La ingeniería genética ha cambiado esto. Los agricultores que cultivan plantas transgénicas ya no eligen entre las opciones que les ofrece la naturaleza sino entre las que les ofrecen los laboratorios. No se trata pues de una selección de segundo orden sino de primero. Dicho de otro modo: ya no es sólo la selección lo que ha dejado de ser natural (y por lo tanto azarosa) sino la mutación misma, que se ha vuelto voluntaria y dirigida (es decir, creada). El viejo método seleccionaba mutantes; el nuevo los crea.

            Con todo, no creo que el principal argumento de quienes se oponen al cultivo y explotación de organismos genéticamente modificados sea de orden estrictamente ético, ni religioso. Llamar a estos productos Frankenfoods es un golpe de propaganda, pero difícilmente un argumento. El argumento de fondo, me parece, es político. El viejo método de selección —dicen los críticos— fue aplicado durante milenios, de manera más o menos inconsciente, por campesinos y pastores, que seleccionaban las crías y semillas para la nueva cosecha, tomándolas de la anterior. En los países desarrollados, los conocimientos científicos y la tecnología convirtieron a esos campesinos y pastores en agricultores y ganaderos, pero incluso éstos podían aún echar mano de sus viejas cosechas y camadas para iniciar una nueva producción, que de este modo seguía siendo natural. El nuevo método, en cambio, está enteramente en manos de los laboratorios, que se reservan semillas y sementales para vendérselos a los productores. Y ése es el punto crítico: los productores transgénicos dependen tan completamente de los grandes laboratorios (Monsanto, BASF, etc.) que éstos podrían en efecto definir la producción agropecuaria de un país y determinar su suerte económica. Para ellos, esto representa una concentración intolerable de poder.

El doctorado del Dr. Sacks : Una elegía ~ Aunque él firmaba sus libros, simplemente, como Oliver Sacks, a mí me gusta llamarlo Dr. Sacks, como la mayoría. No porque piense que los nombres deban ir antecedidos por una declaración sobre la profesión (doctor en el sentido de médico) o sobre el nivel de estudios (doctor en medicina, un grado académico) sino por casi todo lo contrario. Antepuesto al apellido Sacks, el título de doctor suena a otra cosa, a lo mismo que se oye cuando se mienta al Dr. Johnson (el autor del primer diccionario de la lengua inglesa). Para aclarar qué se entiende en ese título cuando lo anteponemos a los apellidos Johnson o Sacks quizás debiéramos cambiarlo por el de dottore, pues los italianos llaman comúnmente así a la gente que respetan, y no sólo a quienes la burocracia ha distinguido con ese grado académico. Es cierto que las más de las veces el título de dottore va a parar a algún superior en la jerarquía social, pero en la palabra se oye todavía un eco del genuino respeto original, que era un prestigio público, no un reconocimiento académico. No son muchos los doctores universitarios a los que el público en general llamaría dottores hoy en día.

            Sacks era doctor en todos los sentidos. Lo era, desde luego, en el sentido académico, pues era médico titulado y tenía un doctorado en ciencias. Pero lo era sobre todo en el viejo sentido de la palabra, el que lo acerca al maestro, al sabio, al modelo de conocimiento, sabiduría y generosidad. Y no obsta para ello que algunos de sus pares hayan considerado que sus libros eran mera divulgación científica, y que en ellos no había verdaderos descubrimientos médicos, porque el doctorado que le da el prestigio social no es de ésos; no es de los que se toman en cuenta para otorgar un Premio Nobel sino de los que cuentan porque muestran la admiración que los hombres tienen por uno de los suyos. Hay pocos médicos y pocos científicos que hayan merecido ese doctorado no académico. Y, muerto él, hay uno menos.


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