Musarañas 16

Por: Francisco Segovia

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16.

TIEMPO (EINSTEIN Y DARWIN) ~

Ni siquiera Einstein transformó nuestra idea del tiempo tanto como Darwin. Porque la transformación de Einstein sólo es radical en el terreno de la física, no en el de las creencias humanas cotidianas. Y, en el terreno de las creencias, los hombres siempre hemos sabido que el tiempo pasa unas veces más rápido que otras. En cambio, nuestra creencia siempre fue (y sigue siendo, en cierto modo) que la naturaleza es estática.

            La mujer de Darwin creía que las ideas de su marido lo condenarían al Infierno. Heroicamente, no lo abandonó. Pero me la puedo imaginar preguntándole, consternada: “¿Cómo puedes decir que las flores ya no son tal como Dios las creó?”… Algo muy importante ocurrió cuando Darwin puso a la naturaleza en movimiento.

DENTRO Y FUERA (O LA TARDIS INFINITA) ~

Se dice que la nave del Doctor Who, la Tardis, “es más grande por dentro que por fuera”. Algo así imaginó también William Blake en su Matrimonio del Cielo y el Infierno: una cueva infinita por dentro. En la visión moderna, esto, más que una paradoja, es una singularidad: la Tardis es un hoyo negro. En uno de los capítulos del programa (“Viaje al centro de la Tardis”, o algo así) se dice que, de hecho, la Tardis por dentro es infinita. Esto significa que es más grande que el universo que la contiene, pues todo indica que nuestro universo es finito… Pero no vayamos tan lejos. Nos bastaría con que la Tardis fuera del tamaño de nuestro universo, y que a cada cosa que hay en él correspondiera otra en ella, para disolver la frontera entre dentro de la Tardis y fuera de la Tardis. Si pudiéramos voltear la nave del revés, como se voltea un calcetín, nada se alteraría en el universo. No podríamos distinguir ningún cambio en el interior ni en el exterior. La Tardis es como un espejo: en cualquier punto reflejará la perspectiva del universo que sea visible desde ese punto (que es, propiamente hablando, un punto de vista). Algo parecido dice Susskind que ocurre en el horizonte de eventos de un hoyo negro: toda la información del universo (cada punto del tiempo y del espacio) se refleja ahí como una imagen virtual. Así, el viaje al fondo de la Tardis es en realidad un viaje a la superficie del espejo, al lugar donde se forman las imágenes. No diré que es un viaje al otro lado del espejo porque ya hemos visto que no hay un dentro y un fuera del espejo, pero insistiré en la duda que esto nos deja: ¿hay al menos una diferencia entre la realidad y su imagen en el espejo? Susskind dice que la hay. Pero, sorprendentemente, dice que nuestro universo es una proyección en tres dimensiones de las imágenes que se producen en la superficie de un hoyo negro; es decir, en su horizonte de eventos. La diferencia entre dentro y fuera de la Tardis se define como la diferencia que hay entre dos y tres dimensiones, entre el reflejo y el bulto. Pero “lo real”, según Susskind, ¡no es el bulto sino su imagen!…

SALTO EVOLUTIVO O INVOLUTIVO, QUE DA IGUAL ~

No es raro que los evolucionistas infieran una historia partiendo de una mera clasificación. Bickerton, por ejemplo (Adam’s tongue), mira la clasificación de signos hecha por Peirce (iconos, índices, símbolos) y —aunque todos coinciden en las comunicaciones humanas, sin que ninguno haya desplazado al otro— los ordena según su complejidad y supone que esa complejidad implica tiempo; es decir, que la disposición espacial del más simple al más complejo muestra la evolución de los elementos, pues una ley condena al universo a construir poco a poco su complejidad (o sea, que nada nace ya complejo). Así, el lenguaje de los sapiens pasó del simple grito de alerta (icono) al reconocimiento de las huellas (índice) y a los símbolos (signos propiamente dichos). La cosmología (aunque no la química, creo) procede de manera similar: la tabla de Mendeleiev cuenta una historia que va del átomo más simple y ligero al más complejo y pesado, y no sólo supone que esa evolución ha modelado el universo entero sino que recurre en la vida de cada una de sus estrellas (ontogénesis de aquella filogénesis), de suerte que los estratos que van de su superficie (y de sus elementos más ligeros) a su centro (y a sus elementos más pesados) pueden verse, y de hecho se ven, como un camino que va de lo más simple a lo más complejo y, por tanto, del presente al futuro.

No sé si hay razón para pensar que lo complejo procede fatalmente de lo simple, que las cosas simples siempre se complican para luego volver a su simpleza, como el polvo que somos y al que volveremos. Porque hay, desde luego, una diferencia entre decir que estamos hechos de polvo y decir que somos polvo. Una casa es algo más que los ladrillos de los que está hecha. Y, para la teoría evolutiva, es fuerza que así sea, que la casa sea algo más que una mera suma de ladrillos, o un solo ladrillo inmenso, pues de otro modo no habría cambio, ni por tanto evolución, y en todos los estratos de la estrella encontraríamos lo mismo, como ocurre en los fractales. Si así fuera, no tendría sentido hablar de la superficie o el centro de la estrella y, por tanto, tampoco tendría sentido hablar de tiempo.

Pero cabe preguntarse: ¿un fractal es una forma elemental, como el hidrógeno? Sin duda tiene sentido preguntarse por la forma (el patrón reiterado) de un fractal, pero ¿por su tamaño? ¿Puede decirse que un fractal está hecho de los elementos que forman su todo? No parece sensato; es, en cambio, abismal, y eso tiene su chiste…

El vampiro, por ejemplo, es como un virus: no está ni vivo ni muerto y sólo tiene una actividad: morder algo vivo para producir otro ente igual a él. Y es así como las novelas más modernas de vampiros lo presentan, como una forma más evolucionada del ser humano, o como su contrario: un monstruo contra natura. Los biólogos dicen algo parecido de los virus: o están en el primer escalón evolutivo, o en el último; o no han comenzado a tener necesidades o ya no tienen más que una. Quizá la vida, que comenzó su evolución como una cadena de aminoácidos, no tenga más fin que volver a esa cadena. Polvo eres y en polvo te convertirás…

INVOLUCIONAR PARA EVOLUCIONAR ~

Un documental que vi en la televisión me ha dejado desconcertado. Decía que el ADN de los pájaros conserva, aunque apagadas, las instrucciones para hacer un dinosaurio. Esto significa que la evolución no borra la información de sus formas anteriores y que, llegado el momento, podría volver a echar mano de ellas (reciclarlas para responder a algún desafío climático, por ejemplo). Pero esto sería involucionar para evolucionar, y en tal caso habría que olvidarse de las mutaciones al azar, al menos en los casos más urgentes.

            Es sorprendente que un genoma no sea un mero catálogo de instrucciones que se realizan sino, además, una memoria, una historia de las instrucciones realizadas; una especie de archivo muerto donde se guardan las posibilidades cumplidas.


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