Musarañas 15

Por: Francisco Segovia
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15.
LA VIDA ES SUEÑO : EPICTETO, CALDERÓN Y LOS NEURÓLOGOS ~
Los filósofos antiguos eran individualistas. No amonestaban a la grey, al pueblo, al gremio, sino al individuo. Buscaban la libertad a través de la sabiduría y la virtud, pero ésta podía alcanzarse independientemente de la condición social. El cuerpo de un esclavo —decía Epicteto— puede ser esclavo, pero su alma no. Ésta es la filosofía en que abrevó la teología católica… El cambio comenzó a germinar en el Renacimiento, pero sus frutos maduraron durante el romanticismo, cuando los filósofos comenzaron a pensar que una ciudad de individuos sabios no sería necesariamente una ciudad justa y sabia. Para ellos el individuo ya no se definía como una esencia, como una criatura de Dios, sino como una suma de relaciones sociales. También ellos perseguían la libertad, pero no a través de la sabiduría y la virtud sino a través de la revolución. El suyo era un llamado a la acción, a la praxis, y la praxis era un asunto social.
Hoy vemos debilitado el impulso revolucionario de la filosofía romántica, pero no su decidido antiesencialismo, que sigue presentándose como una victoria sobre la metafísica. Como tal, se extendió a todos los dominios, incluido el de las ciencias. Al definirse según las relaciones que establecen entre sí, las meras cosas se volvieron objetos; esto es, elementos definidos por una estructura. En este sentido, toda la filosofía moderna es “estructuralista”, una versión sublimada de ese principio que los comerciantes resumen en una expresión inglesa: location, location, location.
El siglo xx le dio el tiro de gracia al esencialismo al declarar que las relaciones entre los objetos no eran “reales” sino, más bien, mentales; que eran una construcción del cerebro, no de la “realidad”. Así, la realidad no existe —como dijo, sin el menor rubor, un lingüista catalán en una conferencia dada en El Colegio de México—; la realidad no existe, o existe sólo como construcción mental. En cualquier caso, es ésta una afirmación muy fuerte, y ha recibido las reprimendas de muchos de los científicos más apegados al positivismo duro, como Steven Weinberg, que sin duda, si la conociera, les cantaría a los filósofos modernos aquella canción que dice: “Qué pena me da tu caso, / lo tuyo es mental”…
Pero, a pesar de sus críticas —y aun sobreponiéndose al ridículo en que la puso el caso Sokal—, esta filosofía es también la de las ciencias actuales. Con esto quiero decir que aun los físicos positivistas se han rendido ante las evidencias que les presentan las ciencias neurológicas. Al positivismo aún le queda, quizás, un bastión que defender: el de la independencia del estímulo. Bien puede ser que el cerebro construya la realidad “imaginándola” —esto es, estableciendo unas relaciones entre los estímulos que recibe—, pero los estímulos mismos no son imaginarios. Así, el cerebro ordena, interpreta, una realidad que en el fondo es caótica… Esta defensa no convence a muchos filósofos, que pueden saltarse olímpicamente cualquier consideración sobre los estímulos. Porque, en efecto, ¿qué estímulos hay ahí afuera que puedan considerarse para deducir el fonema del indoeuropeo que descubrió Saussure? Ninguno, desde luego: ese fonema era un requisito del sistema, de la estructura, y no un objeto del mundo real.
Para esta postura filosófica, “la vida es sueño”. No es ni siquiera representación, porque no deriva ya de algo que existe fuera de la mente, como los estímulos. Y quizá sea bueno que no lo sea, porque entonces podríamos acogernos a la solución que ofrecía Calderón en La vida es sueño: “Soñemos, alma, soñemos”. Porque, si el sueño no es representación, ni imagen, ni indicio de la realidad (como lo eran las sombras en la caverna de Platón), entonces ¿qué más nos da decir que ese sueño es la realidad? Que la vida sea sueño no nos libera de nuestras responsabilidades ni nos condena a ser observadores pasivos. Por eso la invitación a soñar es, en Calderón, una invitación a la acción, al continuo esfuerzo por ser libres. Porque, si todo es sueño, entonces debemos ser libres en el sueño, actuando dentro del sueño…
HASTA DONDE PODEMOS VER ~
Si viene contra mí, un avión actúa conmigo de tres formas sucesivas: primero lo veo a lo lejos (fuerza débil), luego lo escucho (fuerza media), y al final, desafortunadamente, lo siento contra mí (fuerza fuerte). La fuerza más débil es la que actúa desde más lejos. Una estrella muy lejana pude actuar sobre mí porque la veo, pero ni la oigo ni la siento. Si digo que el avión, estando a la distancia, hace ruido y tiene masa, es sólo porque pudo inferir que, si los tiene al acercarse y finalmente golpearme, entonces es que siempre los tuvo. Pero esa inferencia me clausura la posibilidad de decir que el avión no tiene ni masa ni sonido hasta que se acerca a mí y que, al acercarse, “gana” sonido y “gana” masa, de donde podría decirse que estas dos fuerzas no son propiedades intrínsecas del avión sino de su cercanía conmigo. El avión adquiere las propiedades del sonido y la masa al acercarse a mí, pero las pierde para el punto del que ha partido. Mientras más lejos de mí, menos fuerzas (menos interacciones) hay entre el avión y yo; hasta que, alejándose, se vuelve invisible y deja de interactuar conmigo; es decir, deja de estar presente para mí; esto es, deja de existir físicamente para mí.
Se dice que la luz de una estrella lejana nos la muestra como era hace mucho tiempo, y que es posible que, en el tiempo que ha tardado su luz en llegar hasta nosotros, la estrella haya muerto. Esto es confuso y fantasmal. Propone dos presentes: uno en el que la estrella está presente para mí (veo su luz, su luz interactúa conmigo) y otro, supuesto, en que la estrella “en realidad” ya no existe y no interactúa conmigo. Pero, para mí, la estrella estará viva hasta que muera en mi presente, no en ese presente que se le atribuye a ella, por inferencia, como si fuera una propiedad intrínseca suya. En realidad, el único momento que podemos precisar físicamente es el presente que ocurre aquí, en el momento de la interacción. Las estrellas que vemos están en nuestro presente; si no estuvieran en él, no las veríamos (aunque acaso, con suerte, las recordaríamos).
Se dice que los telescopios miran el pasado. Mientras más lejos esté la estrella que miran, más hundida en el pasado. Y esto, sin importar a dónde apuntemos nuestros telescopios, como si viviéramos en una isla rodeada de pasado. Pero ¿el pasado, así nomás? Si me muestran en el telescopio una estrella que está a mil años luz de distancia, me dirán que la veo como fue hace mil años, lo que no significa más que algo simple: la luz que interactúa hoy conmigo, la luz presente, fue emitida por la estrella hace mil años. Pero, si el telescopio se topa con la estrella de hace mil años ¿por qué no se topa con ella hace dos mil, si también entonces existía y emitía luz? Si miro la luz que el sol emitió en el pasado ¿por qué sólo la que emitió hace 7 minutos, y no 8 o 9 o 10? En realidad no miro el pasado en general sino el último momento del pasado que la distancia me permite ver; el último fotograma en la película del pasado. Siempre es lo mismo: a donde quiera que miro, no importa qué tan hondo en el espacio, siempre miro el último fotograma de lo que miro, y nunca más atrás, ni más adelante. Es, pues, como si ese pasado tuviera un punto central y fijo que interactúa conmigo: una especie de presente. El presente de la causa, digamos, ligado inextricablemente al presente del efecto, pero siempre un poco anterior a él.
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