Musarañas 11

Por: Francisco Segovia
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DIOS HABLA UNA LENGUA EXTRANJERA: GLOSOLALIA Y XENOGLOSIA ~
El estribillo de la famosa canción de Las Ketchup titulada “Aserejé” —el que repite Diego, pronunciándolo tal como lo escucha en una canción que no entiende— dice:
Aserejé ja de je
de jebe tu de jébere sebiunouva
majabi an de buguian de buididipí
Como se sabe, Diego interpreta así el “Rapper’s Delight”, una canción del grupo norteamericano Sugarhill Gang, cuya letra en inglés dice:
I said a hip hop the hippie
the hippie to the hip hip hoppa ya don’t stop
the rockin’ to the bang-bang boogie said up jumps
the boogie to the rhythm of the boogie, the beat
Esto de intercalar palabras incomprensibles en una canción (o en un himno, un conjuro o un poema) no es cosa tan rara como podría pensarse. En su Manual of Zen Buddhism dice D. T. Suzuki que a la mitad de una “Oración en caso de alimentar fantasmas hambrientos”, los budistas japoneses intercalan unos versos que no tienen sentido en japonés. Dicen así:
Namu sabo totogyato boryakite, yen!
Sammola sammola, un!
Namu suyoboya totogyatoya tojito, yen!
Suryo suryo boya suryo boya suryo, somoko!
Namu samanda motonan, ban!
Suzuki comenta: “Es difícil saber cómo este dharani [este discurso ritual, esta especie de mantra, este conjuro mágico] vino a insertarse aquí. Como la mayoría de los dharanis, está privado de sentido desde el punto de vista humano, pero no necesariamente desde el de los fantasmas hambrientos, a quienes se ofrece”. Y a continuación propone una restauración de lo que pudo ser el sánscrito de donde provienen los versos:
Namah sarva-tathagatavalokite! Om!
Sambala, sambala! Hum!
Namah surupaya tathagataya! Tadyata, Om,
suru[paya], surupaya, suru[paya], svaha!
Namah samantabuddhanam, vam!
Suzuki mismo traduce estos versos al inglés, y de ahí los traduzco yo al español. Dicen así:
¡Alabados sean! Oh, todos los Tathagatas que miramos [como protectores]; ¡Om!
¡Oh Shambhala! ¡Oh Shambhala! ¡Hum!
¡Alabado sea el hermoso Tathagata! ¡Om!
¡Al hermosamente formado! ¡Al hermosamente formado!
¡Al hermosamente formado! ¡Salve!
¡Alabados sean todos los budas! ¡Vam!
No olvidemos, sin embargo, que esta traducción hecha en reversa no es sino una conjetura; y que, al revelar su sentido, traiciona la intención incantatoria de la oración. Con todo, es un ejemplo de glosolalia, que es el don de “hablar en lenguas”, en lenguas extranjeras (xenoglosia). En cuanto tal don, este tipo de habla es de inspiración divina y por eso no requiere que el hablante comprenda lo que dice: él es sólo un médium, como Diego en la canción de Las Ketchup.
Esto no es en absoluto lo que hacen los poetas cuando dicen que toman el dictado de las Musas, pues ellos interpretan y traducen a una lengua humana lo que oyen dicho en una lengua divina, con lo que se echan a la espalda una responsabilidad que Diego ni siquiera imagina. A decir verdad, Diego sólo atiende a la forma de lo que canta (al ritmo, sobre todo) y no se cuida de significados. Lo suyo no es, pues, verdadera poesía sino canto ritual, glosolalia ritual, aunque acaso sea esta clase de cantos el origen de toda poesía.
DIOSES ABSTRACTOS Y CONCRETOS ~
Los dioses son nombres venerados, decía Pavese. Pero, mientras más abstractos, menos venerados. En las alturas más apartadas quedan casi siempre los dioses primigenios, los del origen, los que teólogos y sacerdotes se empeñan en conservar vivos en el culto, pero que la devoción popular tiene en poca estima, pues ella adora sobre todo a los dioses encarnados y a los héroes. El pueblo egipcio apenas habla de Ptah, pero siempre tiene presentes a Isis y Osiris; Dios Padre no es tan popular como Jesús y la Virgen (en sus mil advocaciones); tampoco Ometéotl está tan presente en el culto azteca como Quetzalcóatl y Tláloc. Pero ¿qué hace abstracto a un dios? No sólo el ser un principio general sino, sobre todo, creo, el carecer de un relato rico y firme. Los dioses con mayor devoción son aquellos de los que se cuentan las mejores historias. Más que Mitra y Varuna, Indra y Rama. Los mitos son bellas historias, se dice; y quizás las religiones no sean, a fin de cuentas, más que eso: relatos apreciados, venerados, por cuyas vetas corre toda clase de experiencias humanas.
Pero hay una manera de ver esto por su revés, pues los dioses menos venerados son también, a menudo, los más concretos, los que son sólo lo que son, de una manera unívoca e inequívoca. Es lo que sugiere Barnett en Hindu Gods and Heroes, donde supone que Dyaush-pitā nunca fue realmente adorado como un dios porque “su nombre lo traicionaba”. Este nombre significaba literalmente ‘Padre cielo’, y del cielo no se saca “una personalidad humana”. Puesto de otro modo, porque del cielo no se puede contar una buena historia y, a lo sumo, sirve como fondo de un relato. Sólo cuando ese nombre dejó de comprenderse literalmente, en otros pueblos indoeuropeos, y dejó de significar literalmente ‘el cielo’, pudo el dios adquirir una personalidad y una historia, como sucedió en Grecia con Zeus pater y en Roma con Ju-piter. Ahí donde el nombre del dios dejó de referir a algo concreto, volviéndose abstracto y misterioso, pero dueño de una historia propia, ahí ese dios comenzó a recibir el culto popular.
METÁFORAS CONCRETAS Y ABSTRACTAS ~
Dice Ovidio que Dafne se convirtió en laurel. Primero, los pies en raíces; luego, los brazos en ramas. Son términos muy concretos y se entiende fácilmente el símil. Pero luego dice algo mucho más abstracto: que la fronda se forma a partir del rostro, pero no de sus rasgos sino de su belleza. La fronda del laurel tiene la belleza de Dafne, sin parecérsele ni siquiera un poco. Es inútil buscar el rostro de Dafne en las hojas del laurel: allí no está ese rostro sino sólo su belleza.
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