Musarañas 07

Por: Francisco Segovia
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Amor fati : El presente del héroe (Arjuna, Nietzsche, Pavese, Dante…) ~ En el presente “confluyen todos los tiempos”; es “el seno de vetustas eternidades”, como decía Hölderlin.
El presente es lo contrario de un horizonte de eventos: es el centro del hoyo negro. No un punto de no retorno sino el punto del retorno absoluto. Al presente vuelve todo, eternamente.
“Una vez es azar; dos, destino”, decía Pavese, porque sólo lo que vuelve y se repite es fatal. La repetición es seña de lo que no puede ser de otra manera, cifra de lo fatal, propiedad del hado, del destino. Es lo que Nietzsche llamaba “el eterno retorno de lo mismo”.
El mito y el arquetipo muestran que el presente es presencia eterna. “Hoy es siempre todavía”, decía Machado, “El presente es eterno”, decía Paz. Mito y arquetipo muestran que el tiempo no es una sucesión de “ahoras” sino un ahora eterno y que todo lo que se cumple verdaderamente se cumple en ese presente eterno, in illo tempore, como decía Eliade: un presente que es más que un simple hoy porque es también un siempre.
En la Bhagavad Gita, Krishna le enseña a Arjuna a abrazar el presente; le enseña eso que Nietzsche llamaba amor fati. No aceptar el destino en el sentido cristiano (esto es, resignándose a él) sino lanzándose a cumplirlo. Arjuna no se sienta a esperar que el destino le pase por encima: va en pos de él. Reconcilia así necesidad y libertad, su final con su principio, como pedía Pitágoras… Es lo que hacen los héroes, los que van al cadalso por su propio pie, como decía Dante; los que actúan aun si la vida es sueño, como el Segismundo de Calderón…
Pero si Arjuna debe aprender esto es porque la presencia no siempre es de bulto ni evidente, porque no es una cosa sino un signo.
El destino se descubre. Por eso dice el lugar común que los héroes parten en busca de su destino, y parten casi siempre con una misma pregunta en los labios: “¿Quién soy?”. Porque el destino es un enigma que hay que descifrar, un signo que hay que interpretar.
Todo lo que tiene sentido tiene también presencia, y actúa hoy. El sentido del pasado es sentido actual, sentido que se da en este momento. Por eso los muertos pueden estar a veces más presentes que los vivos, y actuar en el presente, pues su significación está presente.
El presente no es la cima del tiempo sólo porque desde ella puedan verse el presente y el pasado sino, sobre todo, porque desde él se ve que sus dos laderas se reflejan mutuamente. Si el pasado es de veras infinito, entonces en él deben haberse cumplido todas las posibilidades (es el tema de “El inmortal”, de Borges, pero también el de la física moderna y sus universos paralelos). Pero, si todo está ya cumplido ¿qué le queda por cumplir al tiempo futuro? ¿Sólo repetir el pasado; volver a cumplir lo ya cumplido? Le queda quererlo en su momento, interpretarlo en su momento, reconociendo que su sentido es siempre actual. Le queda dar la batalla, como Arjuna, o subir al cadalso por propio pie, como dice Dante.
El profeta y su rancia verdad ~ Una persona vuelve… Digamos, Yvonne, la Yvonne de Bajo el volcán… Yvonne vuelve a Cuernavaca y visita al Cónsul en la casa donde vivió con él. Al llegar, siente una fuerte nostalgia de aquella antigua vida. Una nostalgia que el Cónsul, desde luego, no siente, pues él sigue viviendo la misma vida de antes. Está como clavado en ella… El regreso de Yvonne es como todos los regresos, porque todos los regresos son vueltas a lo de antes. Es así como vuelven los hijos a la casa paterna y los escritores a su infancia. La nostalgia tiene por eso, en general, un tufillo de superioridad, como si mirara desde el futuro un mundo que se quedó fijo en el pasado, sin horizonte, sin más allá, sin superación ni triunfo. Es así, por cierto, como los modernos, los urbanos, miran el mundo rural y campesino, al que desearían regresar…
La nostalgia apunta a un anhelo por volver. Quizá porque adivina que el sentido de ese mundo sigue presente en ese mundo, y que seguirá presente tal vez eternamente, aunque ya sólo en él… La nostalgia es nostalgia de un sentido que aún podemos ver, pero que ya no podemos vivir. Porque es posible, desde luego, reconocer el sentido mirándolo desde la barrera, sin hacer que sea la vida quien se haga cargo de él; es decir, sin lanzarse al ruedo, sin encarnarlo.
La nostalgia mira un mundo pretérito, eterno, inmóvil. Pareciera estar fijo en el tiempo, repitiéndose eternamente, completo acaso en su destino, en su sentido, pero sin la redención de un más allá, de un “lejos de aquí”… Por eso todo viaje a Comala es un viaje al reino de los muertos. El lugar de donde partimos no nos aceptará de vuelta sino bajo la forma de un infierno…
Lo que buscan los modernos, los hombres de acción, los urbanos, es siempre ese “lejos de aquí”, lejos de este pueblo miserable. Pero, cuando vuelven a él, son ellos mismos quienes parecen quedarse inmóviles, sin encarnación en el sentido de ese pueblo. Son fantasmas en él; o, dicho con propiedad, son meros turistas… Por eso el fuereño produce recelo (el recelo del vivo entre los muertos). Porque puede ser que entienda el sentido de una comunidad, pero, si no se sumerge en ella por completo (si no muere él también), no podrá vivir ese sentido, no podrá encarnarlo…
Es quizá por esto mismo por lo que “Nadie es profeta en su tierra”, pues el profeta es alguien que recoge sus verdades “lejos de aquí” y después las trae como fuereño. Pero ¿podría ser de otro modo? ¿No es acaso condición de toda nueva verdad el venir de fuera, de un mundo superior, o mejor, o diferente; venir de otro? Hay algo, pues, que la sentencia olvida. Si nadie es profeta en su tierra, menos aún lo será en la tierra donde halló sus profecías. Quizá la frase apunte, más bien, a que ninguna nueva verdad puede verse inmediatamente como propia. Es la novedad lo que la hace ajena, fuereña, subversiva en el territorio donde se había instalado la inmovilidad eterna. Pero, ahí donde esa verdad no es nueva, el profeta no es profeta. Para serlo, tiene que salir en busca de esa verdad y volver con ella, aunque sepa que en su pueblo sólo hallará oídos sordos. Con todo, debe volver; debe bajar de sus brumosas alturas, como Zarathustra, y hablar con los demás. Creerán que está loco. No le creerán. Quizá nunca le crean…
Por eso sólo honramos a los profetas muertos. Casi ninguno es reconocido en vida, en su momento… Cuando su verdad finalmente se asienta, tenemos ya nostalgia de la vida que se vivía en los días en que él hizo su profecía, como si la verdad necesitase ser remota y rancia para calar entre nosotros.
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