Musarañas 32

Por: Francisco Segovia

Compartir este texto:

LA LENGUA DEL PARAÍSO (I) :
ABDELFATTAH KILITO Y LA LENGUA DE ADÁN (01)

En un ensayo de su libro Hablo todas las lenguas, pero en árabe, dice Abdelfattah Kilito que “Felizmente, ya a nadie le avergüenza declarar que le gusta leer historias maravillosas”. Esto implica que antes la mayoría de las personas se avergonzaba de tales lecturas, pero ya no. Felizmente, esa vergüenza es cosa de un oscuro pasado al que empobrecían la ignorancia y el silencio. Sin embargo, existen excepciones, súbitas regresiones a esa antigua vergüenza. En México, por ejemplo, hace unos años, Marx Arriaga— que entonces supervisaba el contenido de los libros de texto que guían la educación básica del país— dijo que “leer por gozo es un acto de consumo capitalista”. Según esta doctrina moral, leer por gusto es una especie de pecado mortal, un acto de sumisión pasiva a la opresión del poderoso, de donde se desprende que sólo es virtuosa la lectura edificante, la que conlleva el aprendizaje de algo útil, que sirva para hacer cosas tangibles, cobrar consciencia y liberarse de la enajenación —o que al menos sirva para promover la ideología general que establece que así se lea. En suma, nuestro supervisor defendía una literatura plasmada en manuales (de química, de poesía, de revolución, lo mismo da) o en libros doctrinarios, enemiga de todo lo que huela a fantasía o imaginación, pues éstas sólo adormecen a los lectores, que así cierran cómodamente los ojos a la cruda realidad y se entretienen en vanas ensoñaciones, falsos problemas y discusiones bizantinas…

            Pero ¿y si de veras nos quedáramos sin estas cosas? Dice George Steiner (en Los libros que nunca he escrito): “Ignórense los debates milenarios sobre la presciencia divina y la Providencia; sobre la creación eterna ex nihilo; anúlense el análisis talmúdico o escolástico y sus modulaciones en metáfora; bórrense el misticismo persa o las cosmogonías chinas; qué desolado resulta el paisaje”. Y, sin embargo, es justo esto lo que nos pide nuestro educador. Y ya puede uno imaginarse… No, perdón, no imaginarse, que imaginar no es bueno… Ya puede uno inferir lo que pensará sobre la literatura fantástica propiamente dicha, esa que nunca se ha privado de volver fantástico hasta lo más empecinadamente real, ni de ver como antónimo de la certidumbre, no la incertidumbre, sino la maravilla.

            Pero ¿qué es entonces lo fantástico? Sería largo tratar de definirlo aquí. Baste con decir que el concepto es tan amplio que a Jorge Luis Borges, por ejemplo —sin duda un pecador irredento a los ojos de nuestro funcionario—; a Borges, digo, le parecían igual de fantásticos los cuentos de Las mil y una noches y las filosofías de Berkeley y Schopenhauer, consideraba que el psicoanálisis era una nueva mitología, aunque mucho menos bella que la clásica, y confesaba colocar los libros de sociología en el mismo estante que los de ficción. Y todo esto ¿por mera provocación y cinismo? Quizá. Pero es posible suponer que la clave de esta actitud es un desprecio socarrón por los dogmatismos doctrinarios —a menos que ellos mismos fueran obra de alguna fantasía bárbara—, a la vez que en una fascinación por las empresas más radicales, a menudo absurdas y fracasadas, de la curiosidad humana. Dicho de otro modo, lo que fascinaba a Borges eran los cuentos que entre sí se cuentan las personas y las razones que entre sí se dan para explicarse este mundo… y el otro… o los otros. De estos relatos y filosofías no se excluyen, desde luego, las discusiones bizantinas: ¿Cuántos ángeles caben en la punta de un alfiler? ¿Qué lengua hablaban Eva y Adán en el Edén? A Borges no le importaría que estas preguntas fueran de veras tan viciosas como predica nuestro educador, porque lo fascinante de ellas no es que de su respuesta se desprenda una verdad, o siquiera una utilidad, sino que haya habido quienes se las hayan tomado en serio, meditándolas y discutiéndolas prolija y rigurosamente. Eso es lo fascinante. Además, claro, de los relatos mismos, de los argumentos y contrargumentos que los sabios se dan y quitan en torno a esas historias.

            Pongamos por caso la lengua del paraíso. La Biblia y el Corán están de acuerdo en que Adán y Eva se comunicaban con Dios en una lengua perfecta, pero disienten en cuanto a si ésta era por completo una hechura divina o si Adán había metido la mano en ella. El Corán opta por la primera posibilidad y asegura que Dios le enseñó a Adán el nombre de todas las cosas; la Biblia, en cambio, dice que Dios delegó en Adán la facultad de nombrarlas. Esto último no obsta para que la lengua de Adán fuera perfecta, pues de otro modo Dios no se habría dignado a usarla, lo cual nos permite suponer que los nombres puestos por Adán eran los adecuados; o, mejor dicho, los verdaderos, como si el nombre de cada cosa formara parte de su esencia y Adán, al pronunciarlos, no hubiera hecho sino reconocerlos. Pero ¿qué lengua era ésa? Los judíos y cristianos dicen que el hebreo; los musulmanes, que el árabe. No faltan, sin embargo, los que apuntan al siríaco, o a alguna lengua mística perdida para el mundo pero madre de todas las demás.

            Con todo, esto de la lengua única y perfecta tiene sus bemoles, aun dentro de una misma doctrina o tradición. Es pertinente preguntarse, por ejemplo, si la lengua que se hablaba en el paraíso era la misma que luego Dios desgajó en muchas a causa de la famosa torre de Babel, pues esto contradice lo que predica el Génesis sobre los tres hijos de Noé, fundadores de tres pueblos y sus respectivas lenguas: Sem, padre de los semitas (como los hebreos y su lengua); Cam, ancestro de los camitas (como los árabes y su lengua); y Jafet (que probablemente engendró a los indoeuropeos y sus lenguas). El caso es que, si las lenguas se separaron nomás retroceder las aguas del Diluvio ¿cómo es que seguían siendo una sola cuando Nemrod, nieto de Noé, decidió erigir la infame torre de Babel? Y no falta quien lleve la condena al multilingüismo y la mutua incomprensión mucho más atrás, hasta la expulsión del Paraíso. Una historia cuenta que Adán y sus hijos hablaban todas las lenguas, y que las mezclaban en su discurso, según una u otra se mostrara más adecuada a lo que en ese momento querían decir. Pero Adán y sus hijos se dispersaron, como Noé y los suyos, y cada uno fue privilegiando una lengua y olvidando las demás. En cualquier caso, la lengua primigenia parece haberse olvidado ya antes de que Nemrod emprendiera la construcción de la torre de Babel. Así lo dice el propio Adán en la Comedia de Dante: “La lengua que yo hablé se había extinguido / aun antes de que a la obra inacabable / la gente de Nemrod se consagrara” (Paraíso, XXVI, 124-126).

            El olvido de la lengua original, o de aquel extraño multilingüismo original, es un tema común. Reaparece, por ejemplo, en La epístola del perdón, donde su autor, Abu al-‘Ala’ al-Ma’arri, se burla sin clemencia del poeta Ibn al-Qarih. En la fantasía de al-Ma’arri, al-Qarih va al paraíso, donde se esfuerza porque Adán recuerde la famosa elegía a la muerte de Abel que él mismo compuso y luego olvidó. Adán niega ser su autor y responde que él habló árabe en el paraíso, sí, pero ahí, donde no existía la muerte, ¿qué elegías? Expulsados del Edén, dice, él y su mujer hablaron siríaco, aunque ya no con Dios, y en ese caso tendría que haber compuesto la elegía en siríaco. Pero ésta sólo se conoce en árabe… Es cierto que Adán recuperó el árabe cuando, tras morir, regresó al Edén, pero, una vez más, ¿qué elegías en el paraíso? Y, por si esto fuera poco, los profetas del islam (y Adán es un profeta del islam) tienen prohibido escribir versos, pues toda la poesía es de inspiración diabólica, es “aliento de Satán”, y los poemas son “el Corán del diablo”. Así pues, si Adán de veras compuso la elegía, contraviniendo su libro sagrado, debió hacerlo en siríaco, y en prosa. Su composición tuvo entonces que esperar a que el árabe renaciera en la tierra, por inspiración divina, es cierto, pero lejos ya del Paraíso. Lo hizo por boca del rey Ya’rub (de cuyo nombre deriva, se dice, el nombre del árabe). Fue él quien tomó la prosa siríaca de Adán y la convirtió en los versos de este nuevo árabe terrenal, en el que halló su forma definitiva. Pero, al revés que Adán y todos los demás, Ya’rub no olvidó la lengua de su madre (el siríaco) al adquirir la nueva (el árabe). Por eso puede decirse que él es la primera persona bilingüe y el primer traductor. ¿No nos deja mucho que pensar el hecho de que el fundador de una lengua no parta de cero sino que antes haya hablado otra?

            En cualquier caso, la expulsión del Paraíso y la torre de Babel parecen ser variantes de una misma pregunta: ¿Cómo se crearon las muchas lenguas que hablamos hoy? Las dos leyendas proponen que al principio había sólo una lengua y atribuyen su pérdida a la soberbia humana. Y, sin embargo, no ha faltado (ni falta) quien lo celebre, pues la diversidad de las lenguas aporta una rica variedad en maneras de ver el mundo y sirve como divisa a una orgullosa identidad, primero cultural y luego nacional. Entre los signos de Dios —dice el Corán (30:22)— “están la creación de los cielos y la tierra y la diversidad de sus idiomas y colores [colores de la piel, se entiende]. De verdad hay en esto signos para quienes tienen conocimiento”. Y más adelante añade (49:13): “¡Oh, humanidad! Los hemos creado a partir de un varón y una hembra y hemos hecho de ustedes naciones y tribus para que se conozcan los unos a los otros”. Sí, para que se conozcan los unos a los otros. El conocimiento no medra en la homogeneidad sino en la variedad, en la diversidad.

Te recomendamos:

INICIO
LIBROS
EVENTOS

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *