MIGDALIM

Por: Marcos Límenes
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Para Boris, Carolina y Álvaro
Me sorprendo tarareando una canción mientras lavo los trastes. Una canción odiosa que escuché en la escuela. ¿De qué oscuro cajón de la memoria habrá salido? Va yibne migdalim, va midbar… yibne migdalim…dice el coro. “Construyamos torres de vigilancia en el desierto…” cantaban los colonos judíos cuando se instalaban en algún lugar de Palestina durante las primeras décadas del siglo pasado, y marcaban su territorio con pequeñas y endebles torres de madera.
El sionismo era algo natural en nuestra burbuja escolar y desde pequeños nos sembraron la idea del paraíso en la Tierra en aquel lejano lugar. En los kibutzim los jóvenes bailaban y cantaban alrededor de las fogatas esperando su turno para ingresar al ejército y cumplir con la sagrada misión de defender a la patria de los enemigos árabes (indistintamente, fueran palestinos, egipcios o marroquíes) que deseaban arrojarlos al mar.
Con el paso del tiempo aquel sueño socialista se fue deslavando a medida que cobraba conciencia sobre la otra cara de la moneda, la de los palestinos desplazados y martirizados. Jamás imaginé a qué grado aquella energía volcada en la construcción de torres terminaría por alimentar un odio descomunal capaz de avalar el genocidio del cual somos asombrados y mudos testigos en la actualidad.
Veo el dibujo que salió de mis manos con incredulidad y algo de vergüenza. Me da temor que me esté ocurriendo un síndrome de Estocolmo o algo parecido. Que mis recuerdos y aspiraciones de juventud me estén tomando por asalto. Si bien es cierto que cada uno de nosotros somos la suma de cada experiencia vivida o imaginada, buena o mala; de factores externos y coincidencias, quiero creer que nuestro juicio y capacidad de tirar hacia adelante nos impide tropezarnos con la misma piedra una y otra vez. Sin embargo aquel sueño era a tal punto atractivo que hasta Horacio Oliveira (el protagonista de Rayuela) se refugiaba en la idea del Kibutz como su tabla de salvación. El paraíso estaba, de verdad, al alcance de nosotros aunque todo fuera mentira.
Quizás sea la nostalgia la que guía mi mano, y es la cruda realidad quien intenta desdibujarla.
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