Miedo a la oscuridad

Por: Paulina Ramírez Santoyo

Compartir este texto:

Sara entró al cuarto y le preguntó si quería que cerrara la puerta. Él estaba acostado, ya listo para dormir. Con un tono casi sarcástico, se levantó y señaló hacia la entrada para justificar su petición: —Se ve terrorífico.
Ella soltó una risa breve. Le parecía enternecedor que un hombre tan alto, con músculos, varonil e independiente, temiera algo tan simple como dejar la puerta abierta. Al fin y al cabo, lo único que se veía era una pared con un clóset de blancos.
Ambos se acostaron. Él insistió, medio en broma, que “no iba a dejar la puerta abierta”. Sara rió y confesó: —Yo antes le tenía terror a la oscuridad.
Cuando él le preguntó por qué, no supo qué responder. Vagó entre recuerdos, mientras poco a poco la luz desaparecía. La puerta se desvaneció en la penumbra. El tocador a su lado dejó de existir. Y de pronto, él también.
El silencio era tan intenso que se podía escuchar. Como si en el fondo alguien gritara sin alma. Entonces llegó el olor: un hedor agrio, a podredumbre. Y enseguida lo reconoció. Azufre.
Una imagen emergió frente a ella: una niña pequeña. Cabello cenizo, rizado hasta los hombros, piel blanca, vestido rosa pastel y ojos color miel. Era tan familiar que Sara tuvo que parpadear varias veces. Era ella. Ella misma de niña.
El silencio se quebró. —Sara… —dijo una voz conocida.
La niña no se movió, solo miraba fijo a un punto. La voz volvió, más fuerte. Y junto a la figura apareció otra mujer: alta, delgada, cabello negro hasta los hombros. Sara la reconoció de inmediato.
—¿Mamá?
Ambas giraron la cabeza hacia ella, como si realmente la hubieran escuchado. Las miradas fijas la atravesaron. Sara quiso acercarse, pero antes de poder moverse, una mano negra, arrugada y con uñas afiladas, emergió de la oscuridad y atrapó a su madre por el cuello.
Los ojos cafés de la mujer la miraban sin parpadear. Sus labios se tornaron azules. Entonces la bestia apareció: rostro opaco, sin cabello, ojos rojos encendidos. Abrió la mandíbula y, con la mano libre, forzó la boca de la víctima para hundir en ella una lengua enorme y puntiaguda. Su madre se ahogaba, incapaz de respirar.
Sara quedó paralizada. No podía gritar. La niña lloraba con un sollozo desgarrador, un sonido que podía romper el corazón más duro. Fue entonces cuando Sara lo comprendió: el hedor que había sentido al principio no era azufre. Era el olor inconfundible de la muerte.
Finalmente, la bestia retiró su lengua, y con ella salió un vapor azul que abandonó el cuerpo de su madre. El cuerpo cayó inerte al suelo. La niña se lanzó sobre ella, gritando, mientras Sara observaba la escena petrificada.
De pronto, la voz familiar regresó: —¿Ya ves por qué cierro la puerta?
Sara parpadeó. Estaba otra vez en la cama, junto a él. La puerta seguía ahí, cerrada. La ventana a la derecha, con las cortinas dibujando sombras en la pared. A sus pies, la puerta que tanto incomodaba al chico, y a su lado izquierdo, unos lockers metálicos que parecían fuera de lugar, casi como si escondieran secretos. Ambos estaban cubiertos con cobertores separados, porque el frío del inicio de invierno ya se colaba entre las paredes. Todo estaba en orden. Todo normal.
Se giró hacia él y susurró: —Y desde ese día ya no le tengo miedo a nada. Ni siquiera a la oscuridad.

Te recomendamos:

INICIO
LIBROS
EVENTOS

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *