Mala Estrella

Por: Marcos Límenes
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No debió haber participado en el reto. Desde chico cada vez que apostaba perdía pero el error de todos los jugadores empedernidos es su creencia de que, pese al record de derrotas, la siguiente vez será diferente. Sobra decir que el sujeto en cuestión es una persona supersticiosa y por ello todas sus desgracias las atribuye a fuerzas ocultas. Lo de las apuestas ha formado parte de su vida desde muy temprana edad y, paradójicamente, no las efectuaba contra sus amigos sino contra sí mismo. Se planteaba que si lograba subir las escaleras en menos de cinco segundos pararían las guerras en el mundo, o bien que lograría la atención de la chica más bella del salón si aguantaba las ganas de orinar por más de media hora. Le siguieron apuestas más serias ¿qué negocio comercial o sentimental no se convierte, tarde o temprano, en una apuesta?
En esta ocasión se trataba del todo o nada, como si su contrincante fuera el mismo diablo. Tal vez el haber visto demasiadas series de televisión –en particular las coreanas que lograban trastornarlo al grado de masoquismo puro- , lo predispusieron a convertirse en criminal.
El amigo de un amigo –maldito sea- tras una noche de juerga, sabedor de su afición por la poesía, le apostó a que no podría nombrar a uno sólo de los traductores al español de La Tierra Baldía, además de manifestar su desacuerdo con la traducción del título del célebre poema. Tan borrachos estaban que ambos pusieron sobre la mesa las llaves de sus respectivos autos. Otros parroquianos hicieron lo mismo animados por la pasión que ambos mostraban por algo que, por supuesto, desconocían. Habiendo salido triunfador, tomó las llaves de su contrincante y con un sobrado “buenas noches” pasó a retirarse. Había ganado, y ¡de qué manera!, por una vez en la vida o al menos eso creía.
Pero la fuerza del destino es imbatible. Las llaves del auto no eran las del amigo del amigo sino las de un malandro cuyo guardaespaldas aguardaba en el asiento delantero. Lo llevaron a un centro de reclutamiento y lo obligaron a trabajar para su empresa criminal. Si existe la justicia poética no sería extraño que se encuentre ahora en un casino o hipódromo cuidando las apuestas.
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