Los tianguis: infraestructura y redes invisibles que sostienen vidas urbanas.

Por: Alejandra Trejo Nieto *
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Cuando pensamos en infraestructura urbana, la mente suele relacionarla con autopistas, puentes, sistemas de transporte masivo, redes de agua potable y alcantarillado, energía eléctrica, telecomunicaciones, gestión de residuos o grandes desarrollos inmobiliarios. Imaginamos generalmente aquello que está hecho de concreto, acero y vidrio o visualizamos aquello que es visible, fijo y monumental. En cambio, pocas veces reconocemos elementos tales como los tianguis como parte esencial de esa infraestructura que sostiene a las ciudades mexicanas. Y sin embargo, de alguna manera lo son. Los tianguis son más que simples mercados: son redes complejas de abasto, trabajo, movilidad y cultura que articulan la vida cotidiana de millones de personas.
Los mercados en los espacios públicos, o las plazas de mercados, son una muestra clara de involucración de los habitantes urbanos y de la vida de barrio en las ciudades de prácticamente todo el mundo. Son espacios donde se intercambian no solo productos, sino también información de todo tipo, lo cual permite el establecimiento de lazos personales y grupales de comunidad.
Sin embargo, y pese a tales ventajas, el tema de los tianguis en México ha planteado cuestiones sobre la ocupación del espacio público, el ruido, los residuos y la libre movilidad. Algunos se preguntan si deberíamos regular el uso del espacio o dejarlo estar así. En otros casos, se argumenta que los tianguis articulan una forma colectiva de ciudad compleja invisibilizada por las normas de planeación y regulación de uso de suelos impuestas desde arriba. En este texto invito a pensar los tianguis como infraestructura urbana –social y económica– de primera línea.
Herencia prehispánica
El tianguis como práctica comercial tiene sus raíces en una época lejana y, en ciertos contextos y momentos específicos, conserva vestigios y huellas que remiten a su valor patrimonial, en sintonía con los significados históricos que le dan sentido. El tianguis se originó en la época prehispánica de Mesoamérica y su nombre proviene del náhuatl “tianquiz(tli)”, que significa mercado. En su origen, el tianguis era un lugar sagrado donde se realizaba el trueque y el comercio de diversos productos, y también, al parecer, un espacio para rituales y ceremonias. Los mercados de Tlatelolco, Tenochtitlan y Texcoco son de los ejemplos conocidos que se describen como grandes centros comerciales y culturales.
A estos mercados llegaban vendedores de diversos productos incluso de lugares lejanos. Gracias a ello, el intercambio cultural enriquecía las interacciones de los participantes. Además, se trataba de un sistema muy organizado. Comúnmente se recurría al trueque, pero también al uso de semillas de cacao como moneda, hachas de cobre o mantas.
Es un hecho que el tianguis es un legado cuya tradición y funcionamiento forma parte de las formas de vida e identidades de millones de mexicanos. Con la existencia de los tianguis actuales también se conserva parte del espíritu de la plaza tradicional española. Con todo su color y dinamismo son espacios que se niegan a desaparecer ante sistemas de intercambio de acción mecánica, a veces sin alguna implicación de interacción y comunicación humana; basta recordar los sistemas de autocobro de los supermercados de las grandes cadenas globales.
El tianguis como infraestructura del siglo XXI
Hoy en día, el tianguis sigue siendo un mercado ambulante, generalmente al aire libre, donde se venden productos de todo tipo, desde alimentos hasta artículos para el hogar. Los tianguis son flexibles, móviles, adaptativos. Alguna vez les han llamado “ciudades efímeras”. Se montan y desmontan en pocas horas, transforman calles comunes en corredores comerciales vibrantes y son capaces de generar circuitos de bienes y servicios que compiten con las grandes cadenas formales. Allí donde no llega el supermercado ni la tienda departamental, llega el tianguis. Allí donde las infraestructuras convencionales no proveen soluciones rápidas y accesibles, los tianguis crean su propio sistema logístico.
Además, los tianguis no sólo distribuyen mercancías; distribuyen también accesibilidad. Para quienes habitan en las periferias urbanas, los tianguis representan cercanía, precios bajos, crédito informal, y una oportunidad de encuentro social que rara vez proporcionan las plazas comerciales. Son espacios de negociación, de regateo, de construcción de confianza entre vendedores y clientes. Son, en muchas ocasiones, el primer escalón de empresariado urbano y un refugio para la economía popular.
En México, los tianguis no son un fenómeno marginal ni pasajero. Según datos del INEGI, más del 50% del comercio minorista se realiza en espacios informales, entre ellos los tianguis y mercados sobre ruedas. Estos espacios son en realidad una infraestructura invisible que mantiene abastecida, conectada y económicamente activa a buena parte de la población, especialmente en las zonas populares y periféricas.
Los tianguis de la Ciudad de México: ¿hacia la despopularización?
En los últimos años, en algunas zonas de clase media y alta de la ciudad de México, se ha documentado un fenómeno de encarecimiento en ciertos tianguis que aprovechan el “aura” de lo local y lo artesanal para fijar precios inflados en productos básicos y alimentos, especialmente en alcaldías como Coyoacán, Benito Juárez y Miguel Hidalgo. Mercados sobre ruedas que antes ofrecían precios competitivos ahora venden productos anunciados como orgánicos, pan “rústico” y flores “de temporada” a precios que rivalizan con supermercados gourmet. En estas colonias, el tianguis a veces se convierte en un espacio aspiracional donde lo popular se estiliza y se encarece. Lo que en otros casos representa un espacio de economía solidaria, en estos mercados se convierte en un tianguis chic donde hasta el pan de feria tiene sobreprecio.
La situación contrasta con lo que ocurre en tianguis de alcaldías como Iztapalapa, Gustavo A. Madero, Coyoacan y Xochimilco, donde los mercados sobre ruedas siguen cumpliendo la función esencial de ofrecer productos a bajo costo, y donde las dinámicas de abasto son más solidarias que especulativas.
Un ejemplo típico es el inmenso “tianguis de la Sanfe” en el norte de la ciudad (en la colonia San Felipe de Jesús ubicada en la alcaldía Gustavo A. Madero). En el sur, está el tianguis del Imán, mismo que se coloca desde la esquina con la Avenida Panamericana y cuya extensión es de casi toda la colonia Pedregal de Carrasco. Ahí, cada fin de semana se encuentra gran variedad y calidad de productos frescos, comida y ropa a precios mucho más atractivos que en los supermercados. Son estos tianguis de la colonia los que realmente sostienen el espíritu social del intercambio comercial.
Áreas de mejora y la oportunidad de transformación
La flexibilidad y adaptabilidad de los tianguis son su gran fortaleza, pero también han provocado tensiones con las autoridades urbanas. Las ciudades siguen tratando a los tianguis como si fueran anomalías, obstáculos al tránsito, estorbos a la modernidad. La política urbana dominante intenta relegarlos, regularlos excesivamente o desplazarlos en nombre del orden y la limpieza. Se olvida que los tianguis, lejos de ser un vestigio premoderno, son mecanismos urbanos de alta resistencia que demuestran cómo las ciudades se autorganizan más allá de la planificación oficial.
Pero tal vez ha llegado el momento de aceptar también que estas estructuras informales que, día tras día, hacen posible la vida urbana, no están exentas de problemáticas internas que requieren atención si queremos revalorizarlos como parte legítima de la infraestructura de la ciudad. Uno de los temas más sensibles es la presencia de redes clientelares y estructuras de poder informal que muchas veces se reproducen al interior de estos mercados.
La ocupación prolongada del espacio público, la basura que se genera, los conflictos viales y la falta de regulación sanitaria también requieren atención sin caer en la criminalización del comercio popular.
Los tianguis pueden evolucionar sin perder su esencia. Lo que está en juego no es su desaparición ni su transformación en centros comerciales al aire libre, sino la posibilidad de que sean espacios dignos, justos y gestionados de manera transparente. Modernizar no significa despojar; significa hacerlos libres de prácticas que hoy limitan su mayor potencial como infraestructura urbana.
*Profesora en el Centro de estudios demográficos, urbanos y ambientales El Colegio de México
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