Los Ahuízotl superan mil veces a los juguetes Mi Alegría

Por: Irene González
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Xóchitl llegó a Barra de Navidad para las vacaciones de fin de año. Le emocionaba quedarse en casa de sus parientes y volver a ver a sus primos, Carmelita y Paco, probar la cena que prepararía su Tita Lucía, mamá de su mamá, en la Noche Vieja, abrir los regalos de navidad que sus tíos le entregarían porque no tuvieron oportunidad de verse el 24 de diciembre.
Lo mejor del viaje, sin embargo, no fue el chocolate caliente espumoso que la Tita preparó especialmente para ella. Tampoco la fábrica de crepas Mi Alegría que la tía Baby le regaló porque Xóchitl decía que de grande iba a poner su propia fonda con las mejores fritangas de Zapopan, y pues todavía no vendían una fábrica de sopes Mi Alegría en las tiendas de juguetes. Esas cosas estuvieron muy bien, pero su parte favorita del viaje fue cuando encontró a Tepo, un atardecer en que jugaba con sus primos a construir fuertes en la arena.
Tepo estaba echado junto a unas piedras enormes y negras, a la orilla del mar. El agua salada lamía sus patitas con cada ola, y Tepo se encogía sobre su propio cuerpo, como queriendo volverse una roca más para desaparecer entre el paisaje.
— ¡Te va a morder ese perro, Xóchitl! De seguro está todo rabioso y pulgoso — advirtió Paco cuando la vio caminar hacia el animalito, pero luego se enfocó en destruir con saña el castillo de su hermana pequeña y Carmelita se echó a llorar.
Entre tanto alboroto, Xóchitl aprovechó para dar unos pasos más hacia Tepo. Sí se parecía poquito a un perro, pero no exactamente: la criatura compartía en realidad más similitudes con las nutrias, sin embargo, ella jamás había visto una y no habría podido hacer tal comparación.
Lo más extraño que percibió al examinarlo de cerca fue que, en lugar de patas, poseía unas manos como de chango y, al final de su cola alargada, una quinta mano parecida a la suya propia: color carnita y desprovista de pelo. Frunció el ceño; se trataba sin duda alguna de una criatura bastante rara.
Tras unos instantes de vacilación, decidió que no tenía por qué discriminar a un perrito únicamente por tener algunas deformidades. Tepo, por su parte, al ver a Xóchitl levantó la cabeza y sus ojos verdes se iluminaron con curiosidad. Las orejas puntiagudas se movieron como antenas, atento a cualquier peligro. El pelaje le brillaba mucho, tanto que parecía forrado por una película plástica, como las que su madre utilizaba para forrar los cuadernos escolares. Se puso de pie con movimientos lentos, inseguros, y Xóchitl se agachó para no asustarlo, aunque era casi tan alto como ella.
— Descuida, no te pasará nada — le tranquilizó mientras seguía avanzando hasta conseguir acariciar suavemente su hocico. Tenía el pelaje mojado y bastante resbaladizo — ¡Qué bonito eres! Te voy a llamar Tepo.
La criatura soltó un gruñido conforme que le hizo reír y la siguió de vuelta a casa. Una vez allí, tuvo que prometerle a su mamá que lo sacaría a pasear todos los días, limpiaría su espacio con diligencia, cepillaría su pelaje, lo educaría, se educaría ella, obtendría buenas calificaciones y se lavaría los dientes por dos minutos consecutivos tres veces al día, si así le dejaba conservarlo.
Xóchitl tenía el presentimiento de que nadie veía las peculiares manos que poseía, o a lo mejor era que ya se habían topado con otros perros así y no les parecía tan extraño, pues nadie en su familia mencionó nada al respecto. Mejor ni señalarlo, no fuera a ser que luego pusieran más trabas para llevárselo cuando regresaran a Guadalajara.
— ¿A poco sí te vas a quedar con ese perro, todo feo y zarrapastroso? — preguntó Paco mientras lo observaba con la nariz arrugada.
— ¿Puedo acariciarlo? — Carmelita tocó la punta de la nariz de Tepo con timidez.
La criatura lamió cariñosamente las manos de la niña con una lengua demasiado larga y que se enrollaba sobre sí misma cual serpentina. Xóchitl asintió, sonriente.
— Claro que sí, Paco — respondió —. Tepo es, de ahora en adelante, parte de la familia.
Esa noche se quedaron los tres dormidos en el cuarto de la tele, donde les habían acomodado los tendidos para que los adultos aprovecharan las habitaciones de la casa. Tepo estaba echado en medio de ellos; su cabeza apoyada en el pie de Xóchitl, las manos de chango ocultas bajo el cuerpo gris y la cola convertida en una espiral a su espalda.
Entonces, a las dos de la madrugada, llegaron unos espíritus del agua cuya naturaleza era hostil pretendían robarse los sueños de los niños y dejar a cambio pesadillas sobre tormentas, inundaciones y ahogados. Se metieron entre las grietas del techo, reptando con la agilidad de una gota de rocío. Aterrizaron sobre las pestañas de Xóchitl, la boca de Carmelita y el oído de Paco, pero antes de que pudieran transmitir sus horrores, Tepo despertó.
— ¡Dejen a mis niños en paz! — gruñó, mostrando dos hileras de colmillos delgados y afilados cual agujas.
Los espíritus del agua se colocaron frente a él y emitieron un silbido parecido al de una tetera hirviendo en la estufa. Eran bufidos burlones con los que pretendían despreciarle.
— ¿Qué hace un Ahuízotl tan lejos de su hogar? — preguntaron.
Su voz recordaba al sonido que emiten las caracolas de mar cuando uno se las pega a la oreja.
— ¿Escapaste, acaso, pequeño Ahuízotl, por ser tan débil y pequeño? — sugirió uno de ellos.
— No, no, no — dijo otro, moviéndose en círculos alrededor de la criatura —, yo sé quién eres, sobre ti hemos escuchado, ¿verdad que sí, mis hermanos?
— Ah, sí, ¡ahora me doy cuenta! — exclamó el tercero en tono jovial — ¡Tenemos aquí al pobre Ahuízotl, humillado y derrotado en el sur! Pero si ése eres tú, ¿a que sí?
Tepo se dio cuenta con pesar de que esos espíritus habían escuchado su historia.
Él solía ser uno de los hijos favoritos de Tlaloc, el Dios de la Lluvia. Cumplía todas y cada una de las misiones que le eran encomendadas, efectivo y sagaz, hasta el día en el que perdió su capacidad para regresar del mundo de los mortales al reino espectral. Se la arrebató un poderoso chamán de Oaxaca, quien trataba de impedir que el Ahuízotl llegara hasta su nieto; Tepo tenía que llevarle el espíritu del joven a Tlaloc, pues había sido elegido por el Dios para formar parte de su ejército. Cuando el anciano lo maldijo, se volvió el Ahuízotl más pequeño y frágil, abandonado en el reino de los humanos para vivir el resto de su existencia solo, en perpetua vergüenza.
Después de eso se dedicó a recorrer la orilla de los mares, sin volver a adentrarse en el agua o atreverse a pensar siquiera en nadar, pues ya no se sentía digno de las profundidades. Los humanos habían dejado de temerle; ya no veían en él un ser poderoso y amenazante sino que lo confundían con un perro vagabundo y, sencillamente, le ignoraban.
Xóchitl fue la primera en percibirlo como realmente era: con su verdadera apariencia. Tal vez no le tenía miedo, pero tampoco lo menospreciaba. Lo que la niña sentía por Tepo era respeto, cariño y amistad, algo que nadie le había profesado en los cientos de años que tenía de existencia, ni en el mundo de por acá ni tampoco en el de más allá.
Sus primos no podían ver la verdadera forma del Ahuízotl, únicamente Xóchitl tenía el don para ver a través de la neblina que ocultaba su naturaleza a los humanos. A Tepo siempre le había ofendido que lo confundieran con un chucho cualquiera, le parecía de lo más indignante y algo que le recordaba a diario la humillación de su derrota en Oaxaca. Luego llegó Carmelita, con su risa de cascada y el cabello chino como rizos de espuma marina, sobando su hocico y mandándole besitos con la mano porque su mamá le advirtió que ni se le ocurriera darle besos o abrazos hasta que lo revisaran bien en el veterinario. Y Paco, quien frente a todos le hacía gestos de fuchi nada más para llevar la contra, pero cuando estuvieron solos después de la cena, se sacó del bolsillo de la sudadera la mitad de un tamal de elote y se la ofreció mientras le rascaba la panza.
— Búrlense cuanto quieran — respondió. Dio un paso adelante y pareció crecer de repente, en medio de la habitación —, pero a estos niños no me los tocan.
Los espíritus del agua vacilaron: el Ahuízotl se veía más bravo que nunca, más fiero incluso que cuando era el enviado favorito de Tlaloc. Las garras de sus cinco manos parecían haberse alargado y afilado, capaces de sacarle un ojo a cualquier ser, mortal o espectral, con la facilidad con la que se abre una lata de chicharos. El pelaje que le recubría el cuerpo se erizó de tal modo que su lomo parecía cubierto por espinas gigantes y tanto los ojos como los colmillos comenzaron a brillarle en la oscuridad del cuarto.
Avanzó hacia los espíritus del agua, gruñendo, mientras la mano que tenía al final de la cola se erguía amenazante. Ellos se tambalearon y comenzaron a desprender un penetrante olor a humedad, similar al que despiden los trapos sucios, que delató su temor.
— Está bien, acepta nuestras disculpas — respondieron al unísono mientras el cuerpo traslúcido les temblaba. Las gotas que habían caído sobre los tres niños, profundamente dormidos, se evaporaron de inmediato—, nos iremos a buscar sueños para cenar en algún otro lado.
— ¡Más les vale que sea muy lejos de aquí! — exclamó Tepo, con las pupilas afiladas y teñidas de color escarlata.
— Tranquilo, querido Ahuízotl, hemos cometido una equivocación, pero rogamos nos otorgues tu perdón- respondieron -. Verás, desconocíamos que Tlaloc te hubiese nombrado su Guardián de Niños en esta Tierra Mortal. De nosotros no volverás a escuchar jamás, fuimos necios al importante.
Acto seguido, se transformaron en cientos de gotas y desaparecieron con la siguiente ráfaga de aire que entró por la ventana abierta. Tepo miró a través de ella y escrutó la noche para asegurarse de que ya no estuvieran rondando la casa y que ningún otro espectro anduviera husmeando donde no le convenía. Le llegó únicamente el sonido de las cigarras y los grillos, la calle estaba desierta, así que por fin se relajó.
Observó entonces su reflejo en un espejo cercano: había alcanzado el tamaño del Ahuízotl más bravo que hubiera estado nunca al servicio del Dios de la Lluvia. Sobre la cabeza le había crecido un penacho de plumas turquesas y sus patas se hallaban ahora decoradas por hermosos brazaletes dorados. En sus muslos aparecieron como tatuajes unas relucientes marcas que brillaban con luz propia: esos símbolos estaban reservados para los campeones más valientes de Tlaloc.
Fue así como el único Ahuízotl exiliado de la corte del Dios, alejado del mundo espectral y forzado a permanecer entre mortales, se convirtió en algo que nunca hubiese anticipado: un Guardian de Niños.
Xóchitl suspiró sin despertarse y Tepo encontró ese sonido tan agradable como el rumor de los ríos. Dio un último rondín a la casa, para espantar a cualquier otro bicho indeseable, volvió a echarse entre ellos y permitió a Carmelita, más dormida que otra cosa, cubrirle con la mitad de su cobija de ponys.
Esa noche los niños tuvieron los sueños más bonitos; sueños con sabor a atole, olor a cempaxúchitl y colores de mariposas monarca.



