Literatura y juventud en la tierra de los frijoles y la tierra de la nieve

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Los adolescentes son filósofos por naturaleza, pues desean saber quiénes son y cómo es el universo. La literatura dedicada a ellos es un género muy complicado, porque escribir libros para jóvenes es una forma de conectarse con algo a lo que ya no tiene acceso una persona adulta; bien pensado, es algo anacrónico. Es relacionarse con una forma de pensamiento que ya se ha perdido, que se ha quedado en el pasado.

He sido inconsistente con mis pasiones literarias de adolescencia; muchos de mis titanes se me han convertido en fugitivos cuando intento releerlos, pero otros aún me identifican y nunca se desdibujan. En mis años adolescentes tuve la valiosa oportunidad de leer a los grandes novelistas clásicos de aventuras, como Emilio Salgari, Robert L. Stevenson, Julio Verne, Alejandro Dumas, entre otros, pero, en general, también me gustaba leer textos que yo veía que leían los adultos. De hecho, con frecuencia me negaba a leer literatura clasificada como infantil o para adolescentes, por la misma razón inútil que, en la secundaria, se me ocurría conseguir un cigarro, prenderlo y fingir que me lo fumaba frente a los chicos populares de mi salón, solo para hacerles creer que era más madura e interesante de lo que realmente era. Sobra decir que nunca me gustaron los cigarros. Lo que yo ignoraba en ese entonces era lo importante que es la literatura infantil y adolescente en el desarrollo mental de un ser humano; esta verdad la entendí más tarde. Leí Cien años de soledad a los catorce años, aunque, por desgracia, de los cien solo entendí veintinueve. Fue hasta diez años más tarde cuando la leí nuevamente que por fin la comprendí de manera más digna.

Yo leía las obras de los grandes escritores de la literatura universal en una época en la que empezaba a extenderse el uso generalizado del internet. No había libros digitales ni se podía consultar cualquier cosa en una página web, como ahora. Yo no podía saber más de aquellos escritores que lo que leía en sus libros, lo que aprendía en la escuela y lo que mi madre me contaba de ellos. Todas aquellas aventuras e historias que leía desde casa me asombraban sobremanera porque me pintaban realidades más interesantes que la mía, la cual se reducía a ir de la casa a la escuela y de la escuela a la casa todos los días. La literatura me hizo sentir cercana y parte de un mundo ajeno y, hasta entonces, secreto, al que mis hormonas y yo empezábamos a transitar con paso dubitativo. La literatura fue un medio idóneo para acercarme a mi propia realidad como adolescente.

En la escuela en la que estudié había un maravilloso profesor de literatura que era muy apasionado por contar anécdotas que los libros de historia de educación pública de aquellos años no contaban. En sus clases, el profesor decía cosas como: «Lo siguiente que les diré no viene en el libro del curso, pero pongan atención, porque es interesantísimo…» y el relato que venía a continuación hacía que se me olvidara que estaba en el salón de clases rodeada de mis compañeros. De pronto, y con asombro, me sumergía en una alberca infinita y empezaba a nadar sin parar. Un mago entraba al salón, cerraba un ojo y nos invitaba a adentrarnos, de manera picaresca, al fondo de su sombrero de copa para explorar mundos alternos, llenos de héroes y villanos, amores apasionados y circunstancias increíbles. Recuerdo con nitidez, que el asombroso profesor siempre cargaba un libro del escritor mexicano Fernando Benítez. De vez en cuando lo hojeaba durante la clase, como si buscara algún pasaje o algún capítulo que lo ayudara a recordar algo.

En casa, gracias a los esfuerzos de mi madre, teníamos un acervo de libros tan extenso que, en verdad, era mucho más grande que la biblioteca de la escuela, cuyo tamaño se limitaba a ser un cuarto que funcionaba como bodega y biblioteca al mismo tiempo. Los libros de los grandes autores de ciencia ficción y aventuras que teníamos en casa eran propiedad de mi padre, mientras que los de filosofía, historia y las grandes novelas de la literatura universal pertenecían a mi madre. Mi padre es ingeniero químico y mi madre editora. Desde que yo tengo memoria, mi madre ha estado relacionada con el mundo literario de una u otra forma. En clase, el profesor mencionaba un libro y un autor, yo los escribía en mi cuaderno, y por la tarde iba a los estantes caseros, a manera de juego, a ver si aquel libro de aquel autor estaba en el estante o no; y para mi sorpresa, casi siempre estaban todos los que se mencionaban en la escuela.

Un día el profesor de literatura nos encargó una tarea que yo nunca olvidaré. La tarea consistía en redactar un ensayo sobre el amor. Yo tenía quince años. ¡Vaya tarea para una adolescente! ¿Qué iba yo a saber de amor a esa edad? Me tomé muy en serio la tarea de escribir aquel ensayo, y me puse a leer La llama doble de Octavio Paz y algunos ensayos filosóficos de Ikram Antaki que encontré en la biblioteca casera.

Entendí solo la mitad de lo que leí, pero yo estaba empeñada en escribir el mejor y más profundo ensayo. Llegó un momento en el que me sentía abrumada de no saber ni por dónde empezar a escribir. Vale la pena mencionar que en aquellos días, yo estaba convencida de que estaba enamorada de un chico de mi clase. Entonces sucedió algo maravilloso. Mientras leía diferentes textos que me ayudaran a pensar en ideas para el ensayo, ocurrió que conecté aquellos sentimientos que yo tenía por el chico de mi clase, con lo que Octavio Paz y la señora Ikram Antaki me decían en sus textos. Fue ese momento en que, por fin, sentí que lo que leía tenía sentido de una forma concreta y personal. Al principio me dio miedo; estaba impactada. No creía posible que aquellos autores que yo no conocía pudieran hablarme, a mí, que estaba sentada en el sillón de mi casa una tarde cualquiera, pero se sentía así. Me parecía inverosímil que me conocieran; y sin embargo, me conocían. Ese momento insólito, digno de ser calificado como realismo mágico, fue cuando vinculé mis sentimientos más profundos de amor con los libros, y aquel entendimiento fortuito forjó un lazo, ya desde entonces, muy fuerte entre la literatura y yo. Algo en esas lecturas y en el acto de escribir tocó un sitio poco explorado de mi ser y provocó un incendio en mi romántica seriedad a mi corta edad. Ese día se produjo una especie de unión mística. La pasión por la literatura abrió puertas, enriqueció mi curiosidad y amplió mi radio de pensamiento. Aquella fue la experiencia literaria más entrañable que recuerdo de mi adolescencia.

Al final escribí el ensayo y me sentí orgullosa de él. Cuanto más se escribe, más cosas hay para escribir. Son puertas y puertas que se abren de manera infinita. Es un misterio y es hermoso. Al escribir damos forma a nuestros pensamientos, nos expresamos mejor, y por eso lo hacemos. No importa la edad. La escritura se apodera de la imagen o la idea para pensarla, resignificarla, darle cuerpo. La escritura puede ser entendida como un ejercicio de exploración de vestigios y pisadas que nos ayuda a recuperar memorias perdidas y a pensar nuevos futuros.

Aunque sé que no todos tienen la posibilidad de tener muchos libros en casa, yo les diría: intenten que los haya. Coleccionen libros porque hay pocas cosas más importantes que tener muchos libros en casa. Uno nunca sabe cuándo se van a necesitar. La literatura nos salva a todos, tarde o temprano. Hoy en día mucha gente usa los libros como meros objetos de consumo; los compra o adquiere, los lee y se deshace de ellos. Yo me pregunto el porqué. Un libro no puede ponerse al mismo nivel que un zapato. Los libros, así como las memorias, se guardan siempre y no se prestan; en todo caso, se regalan. Me encanta la idea de que los adolescentes de hoy puedan encontrar lo mismo que yo encontré en mi adolescencia, ayer: una conexión íntima, una forma de leer y de acoplarse a sí mismos con la literatura.

A las anécdotas personales relatadas líneas arriba, ligo la idea de la importancia de la literatura en la educación de cualquier ser humano. La literatura tiene la fuerza para cambiar la manera en la que vemos el mundo, e incluso más allá de ello, para cambiar una sociedad. No hay duda de que el amor por la literatura no es algo que se pueda enseñar, pero se puede aprender. Nadie puede obligarnos a amar a una persona ni a un libro. Son cosas mágicas, de cábala. De lo que estoy completamente segura es que, para cada uno de nosotros, hay un libro determinado en algún estante del mundo que nos espera paciente; alguna página, que ha sido escrita en secreto solo para nosotros. Hay libros que tienen la virtud de sedimentarse en el recuerdo; que sueltan sus aceites esenciales al cabo de una larga digestión. Otros, se quedan en el corto plazo para dar un placer efímero que se va volando lejos, como un colibrí. Lo más importante que debe hacer la literatura es producir un escalofrío en el espinazo. Debemos sentir la literatura, tal y como lo decía el escritor ruso Nabokov.

Los libros son el reflejo de lo que somos; son como un espejo en el que nos miramos a nosotros mismos. Las escuelas son el vehículo ideal para mostrarnos ese espejo en el que quisiéramos reflejarnos. Pasa casi siempre que lo más importante en nuestras vidas ocurre en la infancia o adolescencia. Me refiero a todas aquellas situaciones y cosas que nos marcan y dejan huellas que perduran para siempre. Por ello, es importante promover y hacer literatura para la infancia y la adolescencia, porque ellas se quedarán con nosotros toda la vida.

Ser latinoamericano, como bien dice el escritor mexicano Juan Villoro, es un deporte extremo. Y ser niño, adolescente o joven en nuestra Latinoamérica del siglo XXI es aún algo más extremado. La batalla de la literatura contra la ignorancia no debe ser librada solo en las instituciones educativas. La batalla empieza en casa, donde se tiene o no el acceso a los primeros acercamientos literarios, y se libra también en otros frentes, como las revistas literarias, las bibliotecas públicas, las iniciativas comunitarias, los foros culturales, etcétera.

Ante el pensamiento educativo retrógrado, literatura; ante los retos que presenta la inteligencia artificial, más literatura; y ante la ignorancia, mucha más literatura. Se necesitan más y mejores libros en el mundo que estén al alcance de todos. Se necesita reforzar la creación del diálogo literario para forjar lazos que perduren, y den nacimiento a ideas en esos futuros adultos que serán dueños del mundo después que nosotros. A veces puede parecer que luchamos contra molinos de viento, que andamos por toda La Mancha tratando de enderezar entuertos imaginarios, que nuestras utopías se desdibujan ante la indiferencia y la ignorancia y se deshacen en el hastío generalizado del mundo en el que nos tocó vivir. La educación debe ser un catalizador del cambio, un agente transformador que esparza las semillas del saber en los terrenos más áridos e infértiles. 

Hace más de una década que emigré a Estonia, que es un país con una planicie infinitamente pequeña, donde las nubes son las únicas montañas y con mal clima para esquiar los doce meses del año. Es inevitable para mí comparar los sistemas educativos y los hábitos literarios de la gente en mis dos patrias: la original (la mexicana) y la postrimera (la estonia). Según un estudio sobre la participación en la cultura en Estonia, los estonios son lectores activos: el 70% de los residentes mayores de quince años en Estonia leen libros durante el año. En promedio, un estonio lee alrededor de diez libros al año. Un mexicano lee, en promedio, tres libros al año, según el INEGI. En Estonia una persona va a pedir libros prestados siete veces al año en promedio, y en algunas regiones, el promedio sube hasta catorce. En México hay una biblioteca por cada 17,153 habitantes, mientras que en Estonia hay una por cada 2,667 habitantes. Tres de cada diez residentes en Estonia visitan una biblioteca pública de forma regular, en tanto que en México, ocho de cada diez mexicanos no han ido a ninguna biblioteca en el último año. Y en medio de este caos estadístico, máquina y laberinto de cosas, hay que mirar hacia el frente, al mar sin límites por los cuatro cuadrantes de la rosa náutica, con la secreta sospecha de que hay esperanza. La esperanza es una decisión que se toma todos los días y no es otra cosa que una obligación ética. La esperanza no se da ni se regala, ni se crea, ni muere al último, como nos lo contó el mito de Pandora. La esperanza se consigue con esfuerzo, y vive sembrada en las nuevas generaciones y su curiosidad por saber quiénes son, cómo desean leer el mundo y el universo, y qué van a escribir de ellos. Concluyo estas cavilaciones con las sabias palabras del novelista italiano, Edmundo de Amicis, cuya tristísima novela Corazón, me zarandeó hasta los huesos en mi infancia: “El destino de muchos hombres ha dependido de que en su casa paterna haya o no haya habido una biblioteca”.

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