Le bonheur

Por: Marcos Límenes

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Las chicharras estridulan. Así se le llama al elocuente y prolongado grito que emiten durante el día. Son los machos que de esta forma llaman a las hembras para acoplarse y a la vez defender su territorio, dicen los que saben. En el pueblo comentan que las lluvias están cerca cuando se oye aquel chillido.
Desde hace días Fabián no logra concentrarse en otra cosa que no sea maldecir a estos bichos. De nada sirve hacerle notar que lo hacen por una causa noble pero sospecho que es por ese preciso motivo que se siente tan molesto. Desde que despierta se conecta unos potentes audífonos para disimular con música todo ruido del exterior pero, de igual forma, su mal humor persiste. Para fastidiarlo un poco le digo que se está privando de la gran sinfonía de la naturaleza.
Y sí, comenzó a llover de manera despiadada, torrentes de agua como un diluvio bíblico. Encerrado esperando a que las aguas bajen recibo la llamada de mi amigo quien ahora se queja amargamente de la lluvia. De nada me sirven las metáforas consabidas tipo el vaso medio lleno o medio vacío que nada más sirven para alimentar su hidrofobia. Fobia tras fobia mi amigo se debería llamar Fobián.
Como siempre hay un roto para un descosido Fabián se ha encontrado una novia tan maniática como él. El problema radica en que sus fobias son radicalmente opuestas. Ella no soporta el silencio y apenas ve un ojo de agua no tarda en desnudarse aunque se moje tan sólo los tobillos. Sin embargo, y a pesar de todo, han encontrado su forma de armonía: ella aúlla cuando hacen el amor mientras que él se conecta a sus audífonos.
Pero regresemos a las chicharras. Algo raro está ocurriendo en esta ocasión. Llueve desde hace semanas y los insectos siguen estridulando cuando ya no deberían hacerlo. Los noticieros y las redes sociales nada dicen al respecto, ocupados como de costumbre en discordias y desastres. Me sorprende que las abejas en peligro de extinción sean motivo de alarma o que el deshielo de los glaciares quite el sueño a medio planeta pero nadie alza la voz frente al desesperado grito de los chicharros machos. Se están mojando, están sufriendo y las hembras se hacen las desentendidas. Tal vez me equivoco y algo más serio está ocurriendo sin que yo tenga la clave para descifrar el misterio.
No queda de otra más que salir, paraguas en mano, a investigar. El sonido proviene claramente de un árbol en el fondo del jardín que, al acercarme, observo enteramente cubierto de chicharras. Si bien no me parece que lo estén devorando no me cabe duda que pretenden eliminarlo a fuerza de estriduléo. Vándalos enardecidos por falta de hembras están destruyendo el salón de fiestas. Estoy seguro de que no se detendrán hasta que terminen con el jardín, y quién sabe si con el resto del planeta. A menos que…a menos que unas chicharras hembras se compadezcan de estos pobres machos, cosa que veo poco probable. Fabián ya lo presagiaba y por eso tomó sus medidas a tiempo. Yo ya no tengo adonde escapar.

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Un comentario

  1. me encantó el cuentito… me encantan en general los cuentitos, los buenos por supuesto… creo que lo que más buscamos nosotros los humanos es que alguien nos cuente un cuento…
    uncle eddie

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