Las apariencias engañan

Por: Marcos Límenes
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He sido un mirón desde que tengo memoria. Si bien de mi infancia guardo imágenes mentales difusas, fragmentadas, algunas pocas sobreviven con toda nitidez. No “restauradas” o “remasterizadas” como hacen ahora con las películas silentes sino en su inocente simplicidad: recuerdo con precisión la enorme oreja velluda de mi abuelo, por ejemplo, o el efímero rayo de sol, traspasado por infinitas partículas de no sé qué, a través de la ventana de nuestro pequeño departamento.
De joven algunos amigos cercanos me reprochaban cómo me quedaba mirando insistentemente los rostros de nuestros compañeros de clase. No sólo los rostros -sobre todo en el caso de las chicas- que yo recorría lentamente con la mirada y que seguramente anticiparon los ejercicios que más tarde formaron parte de la clase de dibujo con modelo. Más tarde comprendí que no es lo mismo mirar que observar. En la escuela nos decían que la observación forma parte del conocimiento científico- lo cual ni por asomo tengo intención de desmentir- pero a mi entender el asunto tiene más que ver con traspasar las apariencias. Y, tendré que admitirlo también, con mi perdición.
Regresaba del trabajo en el Metro, a la hora pico, como siempre. Llovía y avanzaba con suma lentitud. Los pasajeros que habían alcanzado asiento miraban absortos sus teléfonos celulares mientras que los de a pie cuidaban sus bolsillos y conectados a sus audífonos escuchaban algo que bien podría ser música. Yo no, por temor a que me pudieran robar el teléfono cuyo costo seguía pagando a plazos. Como de costumbre me entretenía contemplando los rostros de las personas, ya sea de frente, de espaldas o de perfil. Cada uno era sometido a un riguroso cuestionario mental, antes de pasar al siguiente. Por la forma del peinado o las ojeras bajo los ojos intentaba determinar cuál era su profesión u oficio; si sufría con la vida o se dejaba llevar más o menos. En ocasiones, si el ángulo de visión era mayor, podía analizar la ropa que portaban o cuan gastados venían sus zapatos; la rugosidad de sus manos podía ser fuente de gran información y hasta el tipo de celular que miraban absortos podría dar indicios de su personalidad. Tengo que admitir que, una que otra vez, al mirar el color de los labios de alguna chica imaginaba el mismo color en la punta de sus senos bajo la ropa. Fue precisamente una joven mujer quien mal interpretó mis intenciones y encomendó a su compañero hacerse cargo de tramitar su molestia.
A partir de ese día mi visión ya no es la de antes. Tampoco logro desplazarme con solvencia. No por ello he dejado de tomar el transporte público pero mi trayecto transcurre con la calma y seguridad que me proporcionan los audífonos firmemente enchufados a mis oídos.




