La tradición en la poesía mexicana

Por Alejandro Higashi
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CUARTO DE MARAVILLAS
Al hilo de los viajes y los descubrimientos, el cuarto de maravillas aparece en el Renacimiento para guardar y exhibir objetos nuevos, singulares o desconocidos del mundo. Este cuarto de maravillas es virtual y está limitado a rarezas de la poesía mexicana.
¿Cómo definir una tradición literaria sin subrayar el tic nervioso de la repetición que subyace al concepto? ¿Cómo referirnos a una muletilla lírica que aparece aquí y allá y aspira a encontrar un equilibrio entre la obra que desea ser tremendamente original, sin apartarse del cauce de la tradición de la cual procede? Sabemos que no es una copia… pero también sentimos que se parece mucho a una copia. No faltan términos elegantes para referirnos a ella, como homenaje o intertextualidad… Tampoco conceptos que la criminalizan, como plagio. En el fondo, se trata de un mal necesario: para hablar de una tradición literaria, hay que repetir… y repetir… y repetir… y cuando nos cansamos de repetir, crear algo radicalmente nuevo para que las generaciones venideras puedan repetir… y repetir… y repetir. Eso es la tradición.
En efecto, referirse a una tradición literaria es plantarnos firmemente frente al recalentado de la noche anterior o la noche antes de anoche y decir que sabe mejor que el primer día… Una reiteración significativa que intenta emular un éxito, pero al mismo tiempo crea un texto nuevo… Octavio Paz concibió una noción que atraviesa la poesía de las últimas décadas: tradición de la ruptura. Con ella, quería referirse al equilibrio entre novedad y conservadurismo que ya está implícito en la definición de tradición, pero el apellido de ruptura enfatizaba la creatividad de la nueva puesta en escena.
¿Más claro? Veamos un ejemplo. En 1928, Jules Supervielle publicó una colección de poemas en las Éditions de la Nouvelle Revue Française, entre los que destacó el siguiente:
Saisir, saisir le soir, la pomme et la statue,
saisir l’ombre et le mur et le bout de la rue.
Saisir le pied, le cou de la femme couchée
et puis ouvrir les mains. Combien d’oiseaux lâchés.
Combien d’oiseaux perdus qui deviennent la rue
l’ombre, le mur, le soir, la pomme et la statue
Sacrifico en mi traducción la musicalidad del alejandrino francés y sus deliciosos pareados con rimas consonantes, para subrayar la selección léxica de Jules Supervielle:
Asir, asir la tarde, la manzana y la estatua,
asir la sombra y el muro y el final de la calle.
Asir el pie, el cuello de la mujer dormida
y abrir luego las manos. Cuánta libertad de pájaros.
Y cuántos pájaros perdidos que se transforman en la calle,
la sombra, el muro, la tarde, la manzana y la estatua
El poema es un ejercicio formal de integración y desintegración, donde la voz lírica reúne varias cosas en la mano y después las deja ir como una analogía que expresa el efímero sentido de pertenencia de una vida.
Como señaló ya Octavio Paz en Xavier Villaurrutia en persona y obra, este poema sirvió en más de una ocasión para mostrar “las indudables afinidades entre la poesía moderna francesa y algunos poemas de esta época de Villaurrutia”, en un afán por vincular su obra a una tradición literaria muy prestigiosa en ese momento. El poema de Jules Supervielle inspiró, por supuesto, el “Nocturno de la estatua”, que apareció en el número de diciembre del mismo año, 1928, en la revista Contemporáneos:
NOCTURNO DE LA ESTATUA
Soñar, soñar la noche, la calle, la escalera
y el grito de la estatua desdoblando la esquina.
Correr hacia la estatua y encontrar sólo el grito,
querer tocar el grito y sólo hallar el eco,
querer asir el eco y encontrar sólo el muro
y correr hacia el muro y tocar un espejo.
Hallar en el espejo la estatua asesinada,
sacarla de la sangre de su sombra,
vestirla en un cerrar de ojos,
acariciarla como a una hermana imprevista
y jugar con las fichas de sus dedos
y contar a su oreja cien veces cien cien veces
hasta oírla decir: “estoy muerta de sueño”.
El mismo Octavio Paz apuntó que a partir de la tercera línea, el poema de Xavier Villaurrutia se separaba de su modelo francés; yo diría que desde la primera: donde Supervielle escribió “Asir, asir la tarde” para referirse a tomar posesión de las cosas, Villaurrutia puso “Soñar, soñar la noche” y abandonó la realidad con rumbo a una experiencia onírica muy distinta. Coinciden, claro, en la estatua, pero la cuidadosa descripción de nuestro autor mexicano supera por mucho la mención dentro de un listado mayor del francés para convertirla en la protagonista de este angustiante recorrido. Octavio Paz, con algo de prisa, afirmó que Villaurrutia lo había escrito en verso libre, pero en realidad mantiene el alejandrino y su musicalidad explícita durante los primeros siete versos, continúa en verso libre por algunas líneas más y remata con dos nuevos alejandrinos. En suma, “Nocturno de la estatua” aventajó por mucho a su modelo y, de forma simultánea, cumplió con la intención de vincular su imagen de autor con una tradición tan prestigiosa como la de la poesía francesa.
El poema de Villaurrutia era claramente superior y no sorprende que después haya sido atractivo repetir alguno de sus hallazgos como una señal de genuina admiración. No muchos años después, en el número de marzo de 1934, Mauricio Gómez Mayorga publicaría en la revista Fábula, Hojas de México, editada por Alejandro Gómez Arias y Miguel N. Lira, este poema (que no pasa de ser una síntesis algo deslucida del nocturno):
GRITO SIN ECO
Ir caminando
y de pronto, ser un despojo;
estar muerto.
Correr a mirarse al espejo,
y ya no ver nada;
ver el reflejo del muro,
el del techo.
Gritar,
gritar un grito sin eco,
el grito de un muerto;
al mirarse al espejo
hundirse gritando
en el vidro de hielo.
Y seguir caminando en un mundo sin suelo
No es aquí el lugar para hablar de todos los poemas que inspiró el nocturno de Villaurrutia, pero veamos algunas continuaciones que no ofrecen ninguna duda sobre su inspiración. En 1986, Jorge Aguilar Mora publicó tres poemas extensos en Esta tierra sin razón poderosa donde, entre muchos otros guiños a la tradición de la poesía mexicana, podemos encontrar estos versos que recuerdan “Nocturno de la estatua” con enorme fidelidad:
Quise alcanzar tu nombre sin tocar el agua,
quise alcanzar el agua sin borrar tu cuerpo
y cayó la sombra sin tocar la mano.
Vi tu rostro más querido y era invierno
y hasta en tu muerte imposible había lejanía;
viví sin compasión y con la rosa,
con la rosa sin razón y poderosa
Más tarde, Blanca Luza Pulido traza un vínculo directo y muy especial con el plano onírico que exploraba Xavier Villaurrutia en otro poemario, En Reino del sueño (1996), centrado precisamente en explorar la temática que con tanto celo frecuentó el autor, con un poema que tiene exactamente el mismo título:
SUEÑO DE LA ESTATUA
La estatua acecha mientras las sombras duermen
entre el silencio y la luz petrificada.
Perderse en el eco de sus pasos,
en su mirada, hermana del insomnio,
en el rostro cubierto
por el blanco grito
que su sangre derrama en los espejos.
El eco, fugitivo de su sombra,
labra este sueño cien veces en mis dedos.
La estatua ya me alcanza,
desnuda al fin de eco de sí misma,
dormida para siempre
en la cárcel de mis párpados cerrados
Por una suerte de justicia poética, en este homenaje de Blanca Luz Pulido la estatua y el protagonista sí logran concretar su unión, a través del entramado fino y complejo de la tradición literaria.
Luego de estos ejemplos, podríamos ampliar nuestra definición de tradición y decir que se trata de leer los ecos de los gritos de las estatuas asesinadas del pasado de la lírica mexicana, la reverberación de mensajes encriptados muy antiguos que sólo están disponibles para quienes se aventuren a reconocerlos en el lenguaje especializado de la investigación literaria y de muchas horas de lectura exhaustiva en busca de la siguiente repetición conmemorativa.
Pero también, sin faltar a la verdad, podemos pensar que estamos frente a un fraude. Así lo pensó muy pronto Laura Elena Alemán, crítica muy aventajada para su tiempo a quien necesitamos volver a leer con más cuidado. En el número de 1944 de la revista Rueca, la autora publicó una reseña de El mundo que tú eres, de Alfredo Cardona Peña, donde señalaba cómo el intelectualismo de las composiciones se imponía fácilmente a lo poético y terminaba en una reducción de temas que anunciaba ya la estereotipia autorreferencial que desde entonces parecería caracterizar a la poesía hegemónica: “El sueño, las orillas, las estatuas tronchadas, las raíces, las rosas, como para la mayoría de nuestros poetas actuales, son sus imágenes predilectas y las que se encuentran con mayor frecuencia unidas a otras más personales, las de los pájaros, de las cuales logra el poeta sus mejores versos”. En su mirada crítica, la tradición de la poesía mexicana cabía en un puñado de palabras, a la que me permitiría agregar unas pocas más: sueño, estatua, reflejo, transparencia, luz, instante…
Fotografia de Xavier Villaurrutia : AGN
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