La Selva

Por: Marcos Límenes

Compartir este texto:

El fuerte caza al débil, esa es la ley de la naturaleza, o casi. Pongamos por ejemplo que si por arte de magia fuera trasladado a la selva amazónica, dadas mis características, me convertiría en una presa bastante apetecible si no es que la naturaleza, con sus implacables leyes, me devora de antemano. Ni aunque me pagaran haría algo semejante me he repetido una y otra vez. Sin embargo algunos amigos andan necesitados de la adrenalina que ningún deporte extremo les puede aportar. Así fue que Rodrigo Candela, pasando por alto mis objeciones, partió a la selva brasileira convencido de que el hombre era todavía hombre en aquel remoto lugar. ¿Qué es lo que quieres probar que otros especialistas no hayan ya demostrado? Le inquirí para recibir como única respuesta un desafiante tú que vas a entender mirando como bobo la televisión.

Nada supe de Rodrigo hasta que un día, atizado por la curiosidad, acudí a una muestra fotográfica de la Amazonía anunciada con bombo y platillo en un museo de la ciudad. Para mi sorpresa los protagonistas no eran los indígenas, sus aldeas y costumbres, tampoco los imponentes paisajes con toda su sobrecogedora exuberancia sino los aventureros que se atrevían a internarse por esos lugares. En una de las mamparas vi a mi amigo retratado. En lugar de su habitual chaleco de múltiples bolsillos color caqui y sus botas de explorador ahora lucía una simple camiseta con el logotipo de una tienda departamental. De su abundante cabellera quedaba tan sólo un flequillo que lo hacía verse más joven aunque las arrugas de la frente delataban su verdadera edad. La mirada penetrante desafiando al fotógrafo resultaba difícil de interpretar. Hombres y mujeres de distintas edades, en solitario o agrupados, conformaban la muestra ya sea mirando a la cámara o realizando diversas actividades despreocupadamente.

En la cédula de introducción a la exposición se narraba la historia y los motivos para su realización. Hace unos años un pequeño grupo de investigadores se internó en la selva y al entrar en contacto con las diversas tribus les transmitieron, entre otros conocimientos, el uso de las cámaras fotográficas. Fue tal el entusiasmo entre los pobladores que una organización sin fines de lucro les hizo llegar aparatos, rollos de película y químicos; en algunas aldeas se montaron laboratorios de revelado y en poco tiempo esta se convirtió en la actividad más socorrida no sólo como divertimiento sino como una herramienta de autoconocimiento. Más temprano que tarde el asunto se convirtió en noticia internacional. Reporteros y curiosos empezaron a llegar en tropel intimidando a los pobladores quienes no querían convertirse en figurantes de circo. La violencia no se hizo esperar, algunos huyeron de inmediato y otros –supongo que mi amigo Rodrigo entre ellos- decidieron quedarse y someterse a los dictámenes de la tribu.

No aparece comentario alguno sobre el destino de estas personas. ¿Se trata de un testimonio sobre su domesticación? ¿Antropología invertida? O simplemente un ejercicio estético, gozoso y sin mayores implicaciones. No tengo una respuesta, sin embargo los ojos gatunos de Candela me parecieron ahora mucho más felinos.

Te recomendamos:

INICIO
LIBROS
EVENTOS

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *