La poética de la blancura, apuntes sobre los dibujos de Elvira Gascón

Por. Juan Vadillo

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Este texto forma parte del libro Elvira Gascón En todo Instante la linea que antaloga dibujos de la gran artista del exilio español y textos de distintas plumas y épocas sobre la autora y su extraordinaria obra.

En el dibujo a tinta de Elvira Gascón el trazo sugiere la ausencia del trazo, también el verso en un poema sugiere el silencio que lo circunda. En ambos casos, tanto en la línea de Elvira como en la música del verso, la expresión esencial está en la elipsis, es decir que un dibujo igual que un verso nos dicen mucho más por lo que callan. No puede haber mayor expresión que el papel blanco, sobre todo si es precedido por una línea que no consigue llegar a su destino; asimismo la música de un verso resuena mucho más en el silencio que nos deja, porque ese silencio genera todas sus posibilidades evocativas.

El trazo inconcluso en estos dibujos de Elvira Gascón consigue preñar al lienzo de silencios; se trata de una poética de la blancura que nos dice todo diciendo nada, una blancura de la luz, que nos sorprende en su luminosidad, evocando al alba blanca, porque estos dibujos se sienten en la primera línea de la luz que amanece. De ahí también su sentido mítico, porque expresan un renacimiento y una vuelta al origen.

Así como el poema implica míticamente un olvido, la mirada de Elvira nos deja olvidar para poder recordar un mundo lúdico, que también –con esa misma emoción– se siente en la pintura minoico micénica, donde la luz y la intensidad del color simulan que la vida es un juego. Pero también hay otra luz que se filtra entre la línea negra y el papel, una luz en duermevela; estos dibujos de Elvira nos invitan a ese mundo de expresión equilibrista entre el sueño y la vigilia: entre el deseo y sus infinitas posibilidades, entre la piel y la imaginación. En ese territorio su tinta va descubriendo un erotismo lleno de sugerencias: un roce que se desvanece, una caricia triste, los animales que dialogan con el hombre desnudo, el hombre que en su esencia erótica vuelve a ser animal, la expresión autoerótica del cuerpo, dos amantes tocándose el pecho el uno al otro de la manera más sutil; un hombre y una mujer a punto de besarse, todas las posibilidades del movimiento sugerido, y una luna que entraña el cuerpo de una mujer como en el “Romance de la luna, luna” de Lorca.

En estos dibujos el aullido del perro se vuelve también nuestro grito. Los animales con gran belleza expresan su erotismo; la robustez del caballo, con muy pocas líneas, dibuja el ritmo erótico de su galopar, las palomas sugieren el espíritu de la piel.

Algunos dibujos expresan también el mundo de los misterios dionisíacos, donde se siente la influencia de Picasso: las mujeres desnudas tocando caramillos griegos (como uno de los motivos recurrentes en los dibujos de Elvira) nos evocan la “Alegría de vivir” del pintor malagueño”, donde un sátiro y un centauro (seres mitológicos que pertenecen al séquito de Dionisos) tocan caramillos griegos, y dos machos cabríos bailan al compás de la música. Esta imagen dionisíaca tiene resonancias especialmente en un dibujo de Elvira,[1] donde varias mujeres (o una sola que se despliega en su movimiento) danzan desnudas tocando caramillos, evocando el ritual de la fiesta dionisíaca: el dibujo alucinante expresa la embriaguez que caracteriza al dios del vino, así como la desmesura, que es uno de sus rasgos centrales. Nos perdemos embriagados en el movimiento del trazo, para encontrar el olvido. Los cuerpos superpuestos sugieren una música desmesurada y las líneas que se cruzan nos invitan a imaginar otras formas, como cuando miramos las formas infinitas de una nube.

Los poetas románticos descubrieron la belleza del arte primitivo; Lorca y Falla (entre otros artistas) la exaltaron como un valor estético supremo. En los dibujos de Elvira lo primitivo se actualiza, sus trazos evocan la pintura rupestre, en que el hombre va a plasmar su comunión con la naturaleza. La animalidad en los dibujos de Elvira expresa esa misma comunión primigenia, en que el hombre –fundido con la naturaleza– apenas empieza a tomar consciencia de sí mismo, por ello –en un sentido contrario– sus dibujos nos invitan a perder la consciencia de nosotros mismos; nos invitan a un juego de espejos, de identidades que se pierden y se recuperan en el diálogo del hombre con los animales.

En los dibujos de Elvira, el cuerpo desnudo, el lienzo desnudo, el trazo desnudo, la mirada desnuda nos llevan a la ensoñación de la danza y al juego de imaginar mundos imposibles. Hay retratos llenos de melancolía, miradas que se pierden hacia ningún lugar; la gran expresividad en los rostros se logra con muy pocas líneas. Hay dibujos que se desdibujan a sí mismos, tirabuzones, manchas, y rayaduras que descubren la belleza de los desnudos femeninos y masculinos, logrados a base de tachones negros sobre lienzos blancos que –con cierta influencia de Miró– parecen el dibujo de un niño. A este mundo también se asoma una mujer desnuda con lágrimas en las manos, que nos recuerda los dibujos de Lorca cuando el poeta granadino expresa la emoción de la Pena.

Entre la tristeza y la alegría, entre el dolor y el placer, entre la melancolía y el erotismo, esta selección de dibujos de Elvira Gascón consigue estremecernos, porque su trazo invisible nos regala el olvido.


[1] El que aparece en la página 42.

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