La perturbadora presencia

Por: Adolfo Castañón
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Adolfo Menéndez Samará, La perturbadora presencia: ensayos sobre finitud y alteridad, edición, introducción y notas de José Manuel Cuéllar Moreno, Bonilla Artigas Editores, 2025.
El doctor en filosofía José Manuel Cuéllar ha destacado por sus investigaciones en torno a la filosofía mexicana contemporánea. Es autor de La razón pendular de Emilio Uranga. Una historia del existencialismo mexicano (2025), también de La revolución inconclusa. La filosofía de Emilio Uranga, artífice oculto del PRI (2018), además es el editor de Herir en lo sensible. Ensayos y artículos de crítica literaria (2025). A él se debe también “El diario alemán de Emilio Uranga” incluido en Años de Alemania (2021) y la coordinación del libro Polémicas y disputas en la filosofía mexicana del siglo XX (2025).
En ese panorama destaca su nueva aportación: Adolfo Menéndez Samará, La perturbadora presencia: ensayos sobre finitud y alteridad. Se trata de una antología de seis textos del maestro y pensador que concluye con su discurso de fundación de la Universidad de Morelos.
Por más de una razón me conmueve que José Manuel haya emprendido este rescate que salva del olvido al maestro de Jesús Castañón Rodríguez, quien decidió bautizarme con su nombre. Me llamo Adolfo en homenaje al autor de Fanatismo y misticismo y Esquema de un ideario. Samará murió cuando yo tenía dos años, pero mi padre y mi madre, Estela Morán de Castañón, se hicieron muy amigos de la esposa y luego viuda del maestro, Teresa Zaga Rico, “una judía que desafió las convenciones familiares y religiosas por amor a Adolfo, recientemente separado de su mujer” (p. 28). Íbamos a verla a ella y a su hija Lalie a la calle de progreso, cerca de los viveros de Coyoacán. A su vez Teresa y Lalie solían visitarnos algunos fines de año en la casa.
La lectura del libro de Cuéllar ha sido para mí una lección de vida y pensamiento. Gracias a él y a las investigaciones de Héctor Aparicio sobre AMS me he podido asomar por dentro al ámbito de las lecciones que éste impartía a sus alumnos y que tomaron apuntes que le permitieron a Cuéllar asomarse “como una mirilla que nos transporta a un aula de San Ildefonso en el año crucial de 1942 (ese año México entró formalmente a la guerra). Las clases que impartía Menéndez Samará tenían un enfoque crítico y perspectivista. Partía de los presocráticos (Tales de Mileto, Anaximandro, Anaxímenes) para detenerse enseguida a establecer una comparación entre el materialismo helénico y el materialismo marxista, y, de paso, una comparación con la nueva Física que ‘esfuma la materia al poner de manifiesto que el átomo no es materia, sino energía’. Menéndez Samará aprovechaba su clase sobre Pitágoras y el pitagorismo para exponer el sistema vasconceliano según el ‘excelentísimo libro’ de un sacerdote de Michoacán, José Sánchez Villaseñor. Son evidentes los esfuerzos de este profesor de preparatoria por no perder el suelo de una tradición nacional y por hacer de la filosofía un conocimiento vivo y relevante.” (p. 28)
Cuéllar en su ensayo biográfico muestra una capacidad de comprensión histórica y filosófica para incluir el pensamiento de Menéndez Samará en el ámbito de la vida cultural de México en el momento. Reconstruye la influencia que tuvo sobre su hijo Adolfo, Baldomero, quien se desempeñaba como delegado general de la Cruz Roja del Estado de México y a quien tocó “entrevistarse con Victoriano Huerta y obtener su palabra de que los hospitales no serían objeto de ninguna agresión militar durante la decena trágica” (p. 13).
Repasa Cuéllar la formación de Samará “obnubilado por el porte y la elocuencia del maestro” Antonio Caso; su despertar a la filosofía a través de la disputa de Samuel Ramos y Caso, con quien simpatizaba. Para Samará la filosofía era “de suyo una suerte de confesión personal” y estaba consciente de que el pensamiento debería ser fiel a una veracidad “El filósofo nunca deja de ser una persona de carne y hueso” (p. 16). La tesis de maestría de AMS fue el objeto y el método de la sociología.
Uno de los pasajes más interesantes del ensayo de Cuéllar es el que se refiere a la recreación que hace de la proyección que se hizo en mayo de 1938 de la película de Luis Buñuel Un perro andaluz: “Menéndez Samará se acomodó en su asiento y se dispuso a vivir, ‘estrictamente a vivir’, la película” (p. 19). Entre los asistentes a esa proyección estaba Xavier Villaurrutia. Cuéllar recuerda que “hacia 1938-1939 de apoderó de AMS una pasión llamada Martin Heidegger” (p. 20). Esta pasión lo llevaría a compartir un interés y también una diferencia con otros lectores de Heidegger: José Gaos y Luis Recasens Siches.
La reconstrucción que hace Cuéllar del itinerario crítico de Samará es una lección de vitalidad y de comprensión. Cuando muere su padre, Baldomero, el filósofo se dedica en cuerpo entero a la docencia: “Adolfo Menéndez Samará llegó a impartir diez horas diarias de clases, pero su actividad febril a favor de la filosofía no se limitó a la docencia. En agosto de 1940 fundó, junto con otros profesores de la Facultad, el Centro de Estudios Filosóficos (antecedente directo del actual Instituto de Investigaciones Filosóficas).” (p. 29)
En 1946 se encierra para escribir su Menester y precisión del ser, su libro más extenso. Poco a poco se va perfilando la identidad intelectual de este pensador independiente, quien busca superar el positivismo kantiano con una filosofía inmersa en la inteligencia cordial. No es ajeno a su pensamiento el ascendiente del filósofo francés Gabriel Marcel, quien por cierto sería también leído por Luis Villoro. Marcel era, entre los existencialistas franceses, “el más próximo a sus ideas” (p. 33). Además de este autor, desfilan por las páginas Samuel Ramos y Oswaldo Robles.
En marzo de 1949, Samará participa en la organización del Tercer Congreso Interamericano de Filosofía, que tendrá lugar en enero de 1950 (p. 29). Dicho congreso tuvo una recepción contrastada; por una parte, para Samará había sido un “rotundo fracaso”, en cambio, para los miembros del Hiperión había sido “un éxito y que los había afianzado, indiscutiblemente, como la nueva generación de filósofos mexicanos” (p. 41). Uno de los interlocutores indirectos de Samará fue Uranga, quien se expresó desdeñosamente de él: “En realidad, Samará es un bachiller” (p. 43).
Todo esto hizo comprender a Adolfo que su lugar no estaba en la Ciudad de México y se decidió a intentar transformar “el Instituto de Educación Superior de Morelos en la Universidad del Estado de Morelos (7 de abril de 1953). Menéndez Samará fue nombrado su primer rector” (p. 43). Tanto por lo que cuenta Cuéllar como por lo que yo sé por el testimonio de mi padre Jesús Castañón, esta fundación tuvo algo de sacrificial. Ir y venir varias veces a la semana de la Ciudad de México y Morelos y tener además del vicio del saber el del tabaco, no aseguraba un futuro. Samará moriría el domingo 17 de enero de 1954 en el patio de su casa en Coyoacán.
Samará no tuvo discípulos, como lo dice bien Cuéllar, pero en cierto modo, su levadura es indisociable del desarrollo y renacimiento de la filosofía en México. A José Manuel Cuéllar le debemos este primer rescate de una figura clave en el tablero de las ideas.
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Qué sabroso recuerdo de D Adolfo Castañón. Gracias. Menéndez Samará fue como Antonio Caso un gran maestro de muchas generaciones de humanistas. El Dr Miguel Mansur Kuri, ex director de filosofia de la Ibero, fue creo yo un verdadero discípulo de AMS en el sentido de ser un maestro por vocación y un puente generoso para la comprensión de los grandes problemas de la filosofía.