La impronta de la lengua y las letras en Las Californias
Luis Manuel Reza Maqueo

La extensa región binacional conocida como Las Californias está integrada por tres entidades: las dos Baja Californias peninsulares, ubicadas en el noroeste de México, y California, en el sur de Estados Unidos. Antes de la Colonia, la región fue habitada por etnias seminómadas dedicadas a la recoleción, la caza y la pesca. En Baja California coexistían las culturas cucapá, kumiaí, kiliwa, pa ipai y cochimí, vinculadas por el tronco lingüístico yumano. Sin embargo, la diversidad del habla era amplia y había clanes hermanados por derivaciones de estas lenguas, hoy extintas o en riesgo de desaparecer, como el ku´ahl, el ñakipa, el juigrepa y el ko´jwak.
De acuerdo con Margarita Mojica Castro, esas poblaciones atesoran una milenaria tradición narrativa. En su ensayo El arte verbal en las leguas yumanas, publicado en 2024 en la revista Lingüística Mexicana, la investigadora documenta y divide los textos en cuatro grupos: cantos, relatos de lugares, relatos origen de las emociones y relatos de preservación. De estos últimos reproduzco el siguiente:
Kur ñuyuy Tipai wuajal ñuay. Marrtuay chimach, na niyiu chaniw Marrta chamil. Ñmatch Marrtatuam kualeuli. Ajkai skiukaniwa ñechi inlichli nip-am ñuay koatlal. Yus piñuayuklauay Ñechi karkuar nukuchkaÑchi yeeyum guakum karkuar mayumly trrumak aika.
Cuentan que hace muchos años antes la gente vivía en cuevas. Dormían en el monte, iban y venían, ellos eran dueños de todo. La tierra era de ellos. Han pasado muchos años desde que andaban ahí. Quedamos bien pocos, pero aquí estamos todavía y vamos a seguir hablando. Nosotros, con todo el corazón, nunca vamos a dejar la lengua Kua´hl.
Tristemente, la realidad no favoreció la intención del relato, el kua´hl se declaró oficialmente extinto en el año 2000. Sin embargo, Teresa Aguilar y Daría Mariscal, únicas hablantes que sobrevivieron a la sentencia, durante más de dos décadas reiteraron su inconformidad por la desatención. Ellas, tía y sobrina respectivamente, crecieron en una localidad asentada en lo que fue la Misión de Santa Catarina de Alejandría, en el municipio de Ensenada, en donde crearon un pequeño museo financiado con la venta de artesanías de barro confeccionadas por Daría, con la finalidad de preservar su idioma y su cultura.
En 2022, el cineasta madrileño Álvaro Hernández Blanco filmó Aquí seguimos, un documental producido por Huaroni Films, De la Reyna y AMMA Productions. En él se expone el extraordinario y conmovedor testimonio de estas dos mujeres:
«Había bastantes —se lamenta Daría—, nomás que ya fallecieron todos pues, ya casi. Está muy triste, ¿no? El ku´ahl ya se murió, dicen, y hace mucho nosotras sabíamos de eso porque decían, pues, que ya no existe ku´ahl. Pura mentira pues, aquí estamos todavía yo y Tere y estamos hablando en ku´ahl. Ya cuando no esté ella, yo creo que entonces sí yo me voy a quedar sola, yo creo. ¿Con quién voy a hablar?, yo sola voy a estar hablando en ku´ahl y ¿quién me va a entender?, nadie… Al rato ya se va a morir todo esto y ya se acabó todo».
Doña Teresa murió a la edad de noventa años, pocos meses después de la filmación. Al quedar Daría como única hablante, la extinción se hizo realidad. Ella también habla pa ipai y castellano, mientras que su tía tuvo al ku´ahl como único idioma. El filme de Hernández Blanco es, probablemente, el último vestigio de esa variante lingüística.
Los pueblos originarios del noroeste del país han vivido siglos de acoso; después del despojo y humillación que les significó la conquista, permanecen en la pobreza, amenazados primero por vaqueros y gambusinos, después por empresas agrícolas, ganaderas, mineras e inmobiliarias. Durante el gobierno cardenista, el sistema ejidal pretendió restituirles sus derechos, pero la visión burocrática centralista, enfocada en el indigenismo mesoamericano, aunada a la voracidad de pequeños propietarios, acentuó la segregación. En la actualidad se enfrentan no solo al olvido gubernamental sino al crimen organizado, que encontró en su territorio una ruta priviliegiada para el tráfico de drogas, personas y armas. Las lenguas originarias sobrevivientes están en alto riesgo de perderse. Resistiendo también a múltiples amenazas, permanecen sus manifestaciones culturales como cantos, narraciones, pinturas rupestres y petroglifos.
La conquista española, es justo reconocerlo, tuvo contrapesos: frente a la fiereza de los soldados, estuvo la bonhomía de algunos misioneros. Los galeones venían cargados con armas y virus de gripe, sarampión y viruela, convirtiendo a los expedicionarios en involuntarios protagonistas de una eficente guerra bacteriológica. Pero también traían relatos, libros, vihuelas, guitarras moriscas y marionetas. Además de militares y bandoleros, vinieron cocineros, músicos y juglares destinados a satisfacer a la tripulación.
Si acaso fuera pertinente pedir una disculpa a la Corona Española por la conquista, el exhorto tendría que incluir un agradecimeinto por la cultura. El músico y poeta canadiense Leonard Cohen es muestra de que lo cortés no quita lo valiente: al recibir el Premio Príncipe de Asturias de las Letras 2011, confesó una deuda de gratitud con España y, con gran modestia, declaró que toda su obra se debía al influjo de Lorca y de un fugáz y anónimo maestro de guitarra flamenca que tuvo en su juventud.
Solo que, bien dice otro dicho: el orgullo es canijo. En nuestra incesante búsqueda de identidad, a veces se asoma un patrioterismo ramplón, muy atravesao, ilustrado por la voz privilegiada de nuestro entrañable Charro Cantor, Jorge Negrete: Yo soy mexicano, mi tierra es bravía. Palabra de macho que no hay otra tierra más linda y más brava, que la tierra mía. Yo soy mexicano y a orgullo lo tengo, nací despreciando la vida y la muerte, y si echo bravata también la sostengo… Yo soy mexicano, de nadie me fío, y como Cuauhtémoc, cuando estoy sufriendo, antes que rajarme, me aguanto y me río.
Paradójicamente, la galería nacional de villanos destina un lugar privilegiado a un atravesao, Hernán Cortés, por propio mérito y reforzado por cíclicas oleadas nacionalistas y chovinistas. Sin menoscabo de sus tropelías, debemos reconocer en su favor al hombre de letras, evidenciado en sus Cartas de Relación dirigidas al emperador Carlos V, en las que busca perpetuarse como un héroe de Novela Caballeresca, a la manera del legendario Amadís de Gaula.
Los primeros ejemplares de esa saga debieron desembarcar en tierras mexicanas a manos de los conquistadores, junto con Las sergas de Esplandián, libro entonces en boga, editado en Sevilla al iniciar el siglo XVI. En sus páginas, el escritor vallisoletano Garci Rodríguez de Montalvo da vida a Esplandián, hijo de Amadís. Tales obras son herederas de la amplia literatura medieval sobre el mítico Rey Arturo, conocida como Materia de Bretaña, a su vez influída por las mitologías griega y celta. Una parte de la narración da cuenta
de que Esplandián, en su cruzada contra los musulmanes, desembarca en California, una isla lejana, «próxima al paraíso terrenal», habitada solamente por valerosas guerreras, amazonas negras comandadas por la reina Calafia, el sitio es descrito como abundante en joyas y oro, único metal disponible en sus tierras. Tras la caída de La Gran Tenochtitlan y la instauración del virreinato de la Nueva España, las tropas de Cortés siguieron avanzando por tierra y por mar hasta desembarcar en lo que erróneamente creyeron una isla. No encontraron joyas ni oro y, en lugar de las atractivas amazonas, enfrentaron la resistencia de los guerreros guaycuras y pericúes asentados en el sur de la península. La literatura, que brindó el nombre de Amazonas a la mayor selva tropical y al río más largo y caudaloso del planeta, inspiró también la denominación de los tres grandes estados fronterizos que comparten el nombre de California. Ojalá que mister Trump, antítesis precisa de los héroes de la Novela de Caballerías, no se le ocurra cambiar el nombre de esa entidad.