La identidad es un estado de realidad.

Por: Nelson Álvarez Licona

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          La identidad es un estado de realidad, un constructo que hacemos de lo que percibimos. Utilizo la categoría estado en razón que manifiesta: calidad, condición, circunstancia, carácter, naturaleza, temperamento; y  constructo en el sentido que expresa: construcción, creación, disposición, ordenamiento. Entiendo por estado de realidad al momento de nuestra existencia en el cual estamos siendo, en el cual estamos existiendo. Somos un instante, un tiempo en el que se realiza la existencia, no ayer, ni mañana, ni siquiera hace un momento en el que comenzabas a leer estas líneas, es ahora, en el que tus ojos se posan sobre estas letras y te dicen: la existencia es un instante en el tiempo, y dentro de un momento no se qué pasará, posiblemente continuarás o te levantarás y comerás algo o te irás a recostar, no lo se, incluso posiblemente tampoco tú. Pero lo que puedo asegurar es que la existencia es este momento en el que pasas tu vista sobre estas líneas que interpretas, incluso podríamos decir que aún la próxima palabra que leerás no es la existencia y que lo será solo cuando estés en ella y no antes ni después. Lo que no niega la historia o la posibilidad de certeza de la prospectiva, pero el ser empírico es este ser de la experiencia, que vive en el instante aunque no se dé cuenta, independientemente que se afane por su futuro o que su vida transcurra llena de recuerdos. Pocas veces nos percatamos de que la vida transcurre en un río constante, en un fluir sin enterarnos, y cuando nos damos cuenta que la vida es instante de existencia, se nos vierte espléndidamente y en ese momento nos percatamos de que somos, de que existimos además de los afanes que como meta nos planteamos.

          La identidad, como constructo que hacemos de los que percibimos, es un proceso constante de cambio, nada terminado, todo en transformación, pues la vida es movimiento. La identidad no es algo inamovible que está siempre ahí presente, es un acontecimiento que sucede, es una respuesta a una situación determinada, al grado que ante otro tipo de estímulo, es otra la identidad que surge con otra respuesta. Qué previsibles y mecánicos seríamos si siempre nos mantuviéramos con una misma e invariable identidad, seriamos seres solamente cosificados. Pero ante un determinado suceso y en condiciones particulares, nuestra respuesta es también particular, al variar alguna de las determinantes que influyen en nuestras decisiones, la respuesta también varía, ya que respondemos tomando decisiones determinadas por los sucesos que percibimos e interpretamos en base a la elección que es resultado de un cálculo de efecto esperado, la condena a la libertad. No podemos hablar de que tenemos una identidad única y no somos la suma de múltiples identidades.

En nuestro existir nos encontramos con la condición de que a la vez que somos encarnación de la sociedad que nos proporciona los contextos, somos también una existencia propia en la que formalizamos la realidad desde nuestras explicaciones. La identidad es una experiencia constante en la concreción de nuestro existir, es un acontecimiento que sucede, una respuesta a una situación determinada, un proceso constante de cambio que tiene como referente necesario a la historia que nos permite entender quiénes somos y a partir de este referente nuestras acciones tienen sentido de continuidad con la idea que de nosotros tenemos. En todo momento construimos nuestra identidad, pues somos constructores de realidades; la identidad es una interpretación que hacemos de lo que percibimos formalizándolo, lo que nos permite estar ante realidades conocidas ya que solo la forma es pensable, lo informe es incomprensible; la formalización que hacemos depende de las representaciones que hemos aprendido mediante los procesos de aprendizaje que recibimos y se corresponden a las estructuras propias de la sociedad donde hemos tomado estos contextos, que están en relación a las condiciones de vida de los miembros que los comparten. Somos así, encarnación de la historia, de la forma como nos han hecho entender los fenómenos del pasado. Somos manifestación del futuro, que desde la prospectiva aflora en nuestra imagen y comportamientos. Somos, sobre todo, un presente que está en constante transformación, en el cual los múltiples elementos que nos conforman ocupan distintos grados de jerarquía, incidiendo en las valoraciones y en la toma de decisiones que en todo momento estamos haciendo.

Existe también otra dimensión de la identidad (identidad personal) que juega un papel fundamental en la construcción de la identidad personal: la identidad social que parte del conocimiento que tiene el individuo de pertenecer a un grupo, donde nos encontramos con significaciones evaluativas y afectivas, que están en relación a la pertenencia que implica la segmentación del entorno social y a la auto ubicación en uno de los segmentos, a los que se denomina grupo de pertenencia; el sentido de pertenencia a un colectivo territorialmente determinado es uno de los fundamentos de la identidad social, al que se le denomina identidad territorial, que varía en cuanto a la intensidad y el sentido del afecto, dependiendo de los diferentes individuos y de la circunstancia en la que se encuentran cuando valoran su adscripción al espacio de pertenencia. La identidad territorial es de gran relevancia, siendo una dimensión básica a partir de la cual se elabora la construcción de la identidad social, llegando a ser para algunas personas la base fundamental en la construcción de su identidad en un momento determinado, partiendo que la construcción de la identidad se realiza siempre en un momento determinado.

          Si bien existen elementos subjetivos de auto identificación compartida entre los miembros del grupo social de adscripción conformado la conciencia del nosotros, existen también elementos objetivos basados en la lengua, la cultura, el pasado histórico compartido, el territorio. Sin embargo el elemento subjetivo, que es la autoconciencia de pertenencia grupal, es realmente la base fundamental para la formación de la identidad social, siendo prescindibles los elementos objetivos y no así los subjetivos, la conciencia de pertenencia es lo realmente importante, la auto identidad como miembro de un determinado grupo. Es por esto que Alfonso Caso toma como fundamental este elemento subjetivo para la definición que propone de la categoría indígena, argumentando que se pertenece a un grupo indígena cuando se concibe a sí mismo como indígena, al aceptar ser parte de este grupo y sin este sentido no se puede considerar como tal, aunque tenga rasgos somáticos y culturales de ascendencia de estos grupos (Caso, 1971: 89, 90). En la construcción de una identidad grupal se requiere de una realidad multigrupal, que es necesaria para la distinción entre los miembros del grupo y los que no lo son, ya que a partir de esto se conforma la identidad basada en el nosotros, que se realiza en comparación al ellos. La identidad social es saberse diferente en la comparación a otros grupos y resultado de una proceso racional, así la identidad nacional sería el resultado de percibirnos diferentes y por lo general mejores de los colectivos que nos rodean (Sangrador, 1996: 26). Si bien para la conformación de la identidad social de adscripción es fundamental el sentido de pertenencia que conforman el nosotros, no son los elementos subjetivos los que fundamentan la adscripción que les damos a los otros mediante el ellos, sino que creamos categorías basadas en procesos históricos específicos, así las categorías aplicables para la identificación de las unidades socioculturales son más descriptivas que analíticas, de manera que, por ejemplo, la identidad étnica es el resultado de procesos históricos específicos que dotan al grupo de un pasado común, formas de relación y códigos de comunicación que fundamentan la persistencia de su identidad étnica  (Bonfil, 1995: T. 1: 355).  Sin embargo el problema pasa por la cultura, se forma parte de un grupo étnico no por un asunto de origen o nacimiento, sino porque se participa mediante una relación específica con la comunidad en el entramado de significaciones que se tejen, la cultura, siendo un fenómeno colectivo y no individual, donde la colectividad establece los elementos de una cultura propia al tener cierto grado de control sobre estos, es decir sobre el uso que se da a los recursos culturales, diferenciándose y generando proyectos propios civilizatorios en los que encuentran coherencia los proyectos individuales (Bonfil, 1995; T. 2: 529).

          Si bien la identidad colectiva se crea dentro del reconocimiento de cierta homogeneidad que existe en cuanto somos producto de la socialización, somos experiencia propia, con nuestras necesidades, incluyendo a las propias de nuestra biología; de manera que si la homogeneidad existe en cuanto compartimos la forma de interpretar la realidad, que al ser producto de nuestra subjetividad (al modo de pensar de uno), el mismo estímulo no es interpretado de la misma manera por todos los que lo perciben, a pesar de que se compartan condiciones sociales de existencia. Formamos a la vez que una Identidad Social, una Identidad Personal, que no se contraponen, sino que se insertan estructuradamente conformando la construcción que hacemos de la identidad, que manifiesta la idea que de nosotros tenemos y la forma como interpretamos a los otros. Somos nuestra propia experiencia, si bien influenciada por los criterios de interpretación que se nos han ido formando, como experiencia que es, resulta necesariamente personal. Existe la particularidad en la homogeneidad, de hecho la homogeneidad es manifestación de acuerdos, no necesariamente tácito, entre las particularidades. No solo no debemos pensarnos en términos estrictos de homogeneidad, somos además, un proceso constante de cambio, donde los diferentes elementos que nos conforman inciden en nuestra percepción y construcción de la realidad, dependiendo de la importancia de su presencia en un momento determinado, como es el caso de nuestros estados de ánimo que pueden modificar la percepción estética o cambiar el sentido de comunicación que un gesto nos puede provocar. Somos productores y producto de la cultura, pero si bien compartimos muchos elementos de identidad social, somos nuestra propia experiencia. Las valoraciones de comportamientos no tienen para todos la mismas significación y lo que es importante para unos, puede no serlo para otros y ni aún para uno mismo en distintos contextos y los juicios de valor que emitimos respecto a algunos sucesos van variando con el tiempo y aunque se compartan elementos de identidad al interior de una sociedad, somos seres particulares. Al no entendernos como actores reales, nos engañamos ante una determinación, sin posibilidad de variar lo que de ella se espera. El pensarnos de manera uniforme resulta impreciso ya que en muchos de los aspectos de nuestra apariencia esta presente nuestra particularidad, con nuestras pasiones, gustos, temores, sueños, afanes y en fin todas esas cosas que nos hacen ser ¿parecidos? ¡sí!, ¡pero no iguales!. Somos nuestra propia historia.

Bibliografía.

Alvarez Licona, Nelson E. Estigma, prejuicio e identidad en la práctica del tatuaje. México: Instituto Politécnico Nacional. 2014.

Bonfil Batalla, Guillermo. Obras Escogidas. México: INI, INAH, CONACULTA, CIESAS. 1995.

Caso, Alfonso. La comunidad indígena. México: SEP/SETENTAS. 1971.

Sangrador, García José Luís. Identidades, actitudes y estereotipos en la España de las autonomías. Madrid: Centro de Investigaciones Sociológicas. 1996.

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