La experiencia extática

Por Nelson Álvarez Licona

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La experiencia extática ha estado presente en todas las sociedades y la necesidad de formalizarla se ha traducido con mucha frecuencia en descripciones de paraísos. En la cultura occidental encontramos relatos tan delicados que pareciera que se desmoronan ante la más mínima duda de su vívida realidad, pero al ser contundente como vivencia, cambia la forma de construir y valorar la realidad, algunos asumen que después de la experiencia ya no se es igual, trastoca su misma vida, muchos han cambiado el rumbo de su historia relatada por sí mismo, convirtiéndo esta experiencia en punto de quiebre. Aldous Huxley comparte la carta que recibió de una mujer, a la que mantuvo en el anonimato, relatando su experiencia extática.

“Tenía quince o dieciséis años, me encontraba en la cocina haciendo tostadas para el té y, súbitamente en una oscura tarde de noviembre, todo el lugar se inundó de luz y durante un minuto estuve sumergida en ella y tuve el sentimiento de que, de una manera inexplicable, el universo se encontraba bien. Esto me ha afectado para el resto de mi vida; he perdido todo temor a la muerte; tengo pasión por la luz pero no tengo miedo alguno a la muerte, porque esta experiencia luminosa ha sido una especie de convicción de que en cierto modo todo está bien para mí” (Huxley, 2000: 74)

          San Juan, describe su experiencia extática en su ascenso con Jehova maravillándose de su presencia de esta manera: “su cabeza y su cabello eran blancos como lana blanca, como nieve, y sus ojos como una llama de fuego y sus pies eran semejantes al cobre fino cuando fulgura en el horno; y su voz era como el sonido de muchas aguas” (Biblia, Revelación, Vers. 14, 15). San Buenaventura nos regala una descripción de estos estados extáticos en sus Opúsculos Místicos: “Advierte cuán resplandeciente, cuan espléndida es aquella ciudad celestial, que no necesita del sol ni de la luna que la iluminen” (Buenaventura, 1947: 110). Las descripciones de los ejercicios para alcanzar este estado han sido recurso para la formación de las personas que dedican su vida a la contemplación, y como manuales, los presentan a manera de caminos para facilitar el estado pleno del ser, el estado extático, estar ungido. Cuando Buenaventura trata el tema de la contemplación, describe lo siguiente: “Oh alma, piensa que gloria tendrás, cuando fueres revestida de aquella estola nueva y espléndida, adornada de toda clase de piedras preciosas” (Buenaventura, 1947: 118). En los Diálogos de San Gregorio, escritos en el siglo VI, encontramos descripciones de paraísos al relatar la vivencia de Esteban, residente de Constantinopla, quien fue rechazado por el diablo al no ser su alma la que solicitara, tres años después su alma es depositada en un soldado quien describe así su experiencia: “Vio un puente bajo el cual corría un río negro y humeante, que despedía un olor inmundo e intolerable; pero del otro lado había placenteros y agradables prados llenos de bellas flores, en los cuales había también muchos hombres vestidos de blanco… Ahí se sentía el delicado sabor del cielo, y se veían varias mansiones llenas de luz y claridad, y una casa suntuosa de especial magnificencia hecha de ladrillos de oro…” (Howard, 1956: 104).          

          Se registra vivencias de estados extáticos en los relatos hechos por Vincent Van Gogh a su hermano Theo. En una carta narra cómo ve la realidad que plasma en sus lienzos:

“Me he pasado una noche a orillas del mar por la playa desierta. No es alegre, pero tampoco triste – era bello. El cielo de un azul profundo estaba hinchado de nubes de un azul más profundo que el azul fundamental de un cobalto intenso, y de otras de un azul más claro, como la blancura azulada de las vías lácteas. En el fondo azul las estrellas centellaban claras, verdosas, amarillas, blancas, rosas, más claras, más bien diamantinas como piedras preciosas, que para nosotros –aún en París- sería el caso de decir: ópalos, esmeraldas, lapislázuli, rubíes, zafiros” (Van Gogh, 1981: 217).

          La experiencia extática con frecuencia ha sido inducida por enteógenos, Wasson describe su primera experiencia al consumir hongos alucinógenos en las montañas mazatecas con María Sabina:

“Al principio vimos formas geométricas: angulares, no circulares, de los más vivos colores, como las que ornarían telas o tapices. Después aquellas formas se convirtieron en estructuras arquitectónicas, con columnatas y arquitrabes, patios de esplendor regio, toda la cantería en colores brillantes, oro y ónice y ébano, todos los materiales ensamblados con el mayor ingenio y primor, en un despliegue de la mayor magnificencia que se extendía más allá de la vista. Por alguna razón estas visiones arquitectónicas parecían orientales, aunque en cada etapa yo me decía que no correspondían a ningún país oriental específico. No eran japonesas ni chinas ni indias ni islámicas. Más bien parecían pertenecer a la arquitectura imaginaria descrita por los visionarios de la biblia” (Wasson, 1983: 39).

La experiencia extática es en esencia similar en todas las culturas y en todos los tiempos; existiendo elementos sustanciales que la conforman y que podemos reconocer a partir de vivencias propias y de las descripciones que se han hecho de estas. Estos elementos son: 1) La presencia de la luz; 2) El sentido de universalidad; 3) El lugar que ocupa la realidad mundana en relación con esta realidad ungida que es más cierta y significativa; 4) La numinocidad, sensación de lo divino. Estos elementos conforman la vivencia extática, que es compartidas por diferentes culturas, donde el espacio y el tiempo pierden imperio, para dejar a la experiencia como única posibilidad para capturarla en toda su majestad. Los elementos que lo constituyen no se pueden disociar, apareciendo como primer referente en las descripciones de las experiencias extáticas la presencia de la luz, donde todo brilla con una luminosidad emanada de los objetos mismos, que está en todos lados y es en sí misma pues nada la antecede, no proviene de ningún lugar, ni es reflejada, es en todo caso lugar mismo de procedencia, es luz emanada que se vive como numinosidad, es cristalina como el brillo de las piedras preciosas, del oro o del agua; esta luminosidad da la sensación de que es manifestación del poder que gesta la vida misma, que es la esencia de la vida, es la vida hecha luz, limpia, transparente, inmaculada. En los estados extáticos la luz se percibe emanada de todo lo que existe, como si hubiera un halo en torno a las cosas, plantas, animales, personas; como si de cada objeto emanara la luz y esta no fuera externa a los cuerpos, sino que de estos saliera, la que además está en todas partes. La emanación de la luz rebasa la luminosidad para ser numinosidad, creándose la sensación de la universalidad, como fundamento del sentido de integración en un todo y como experiencia, se crea la sensación de estar ungido. La vivencia extática es uno de los fenómenos más fascinante de la experiencia humana, la realidad adquiere otro sentido, el sentido de la sacralidad que está presente en todo lo que se percibe y se tiene respeto por lo que existe, siendo todo uno al estar fundido en la universalidad, y sin embargo, las cosas están ahí donde siempre han estado, solo que ahora tienen otro significado, más profundo, más cierto, más real y pareciera que se había vivido en un engaño y que todo lo que anteriormente era importante ahora ocupa otro nivel de jerarquía.

Esta sensación, en ocasiones que es inducida por el consumo de enteógenos, pero no se requiere necesariamente de estos estimulantes para tener experiencias extáticas pues estas pueden ser inducidas por otros muchos medios, donde encontramos al ayuno, la poesía, la inhalación de bióxido de carbono, el agotamiento físico, como caminos mediante los cuales se trasciende, para llegar a estados extáticos.

          Para fundamentar lo propuesto, me apoyare en la siguiente descripción y conclusiones a las que llego y que parten de vivencias al experimentar estados extáticos inducidos por hachís, peyote (mezcalina), hongos (Psilocybe caerulescens), DMT (N,N-dimetiltriptamina) y ambientaciones a propósito donde música, poesía y el bióxido de carbono de la velas e inciensos han facilitado la experiencia.

          Miedo, temor, terror a lo que no conocemos es la primera sensación que se tiene, lo primero a lo que nos enfrentamos cuando estamos en el umbral de la puerta, acercándonos cada vez más como quien esta ante el vacío, titubeo y espera de no saber que para dar el paso de manera inadvertida que lleva a la revelación y un resplandor que inflama lo que te rodea y lo inflama en suavidad, pues sin saber cómo ya nada es igual. Flota en el ambiente una atmósfera tenue que modifica la ubicación en tiempo y espacio, y aunque todo está donde estaba y sigue teniendo la misma forma, ya no es lo que era pues ahora tiene otra significación y ha cambiado su textura. En el maravilloso momento de la experiencia, la realidad concreta no se pierde, de hecho los objetos que nos rodean son los que se verán sacralizados, se ha revelado una realidad ungida, entonces lo luminoso se vierte como divinidad y no solo es luz es la presencia de lo divino, la numinocidad; el asombro se convierte en fascinación ante la realidad de la vida en toda su majestad, todo lo que te rodea tiene personalidad propia y es a la vez parte de lo mismo, es entonces que se tiene la sensación de la universalidad, eres todos y cada uno es en sí mismo y digno de respeto. Ninguna descripción sería lo suficientemente rica para reflejar en toda su magnitud la experiencia misma, donde el mundo se derrumba, para dar lugar a otro que sigue siendo el mismo pero que es cualitativamente diferente. La presencia de la luz es lo primero que aparece ante nuestro asombro y tan agradable resulta su presencia que solo puede ser comparada al brillo de las piedras preciosas, es por ello que en las descripciones de estas experiencias abundan las piedras preciosas, las referencias al oro se dan en base a su brillo que lleva en ocasiones a ser comparado con el del cristal, el brillo de los diamantes es lo más cercano a la sensación de la luz que inunda el ambiente, como si partiera de cada uno de los objetos presentes e incluso de la misma atmósfera, que además se percibe envuelta en un halo de nubosidad flotante, como si se estuviera viendo a través de un velo muy fino, lo que crea una sensación de intangibilidad.

          La descripción anterior rebasa la discusión del método para alcanzar el estado extático, para volver al hombre que trasciende su condición para renacer en otro, que es él mismo pero cualitativamente diferente. Es el salto, la transformación al estado pleno del ser, donde queda imbuido en el más exquisito placer, inmerso en la sacralidad que no se cuestiona pues se percibe siendo uno parte de ella.

BIBLIOGRAFIA

Buenaventura, San. Diez Opúsculos Místicos. Buenos Aires: Ediciones Pax Et Bonum. 1947.

Howard Rollin, Patch. El otro mundo en la literatura medieval”. México: F. C. E. 1956.

San Juan. Biblia, Santas Escrituras. New york. 1967.       

Van Gogh, Vincet. Cartas a Theo. Barcelona: Barral, Labor. 1981         

Wasson, G. El hongo maravilloso: Teonanácatl. México: Fondo de Cultura Económica. 1983 

Huxley, et al. La Experiencia Mística. Barcelona: Kairós. 2000.

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