La desnudez pasó de moda

Por: Julia Santibáñez
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Crecí en los años setenta, en el vórtice de una irrefrenable celebración de cuerpos desvestidos, entre un hombre y una mujer alérgicos a la ropa. Vaya: vivían en pelotas. De ese modo iban por la vida, arreglaban la casa y reparaban el coche pero, sobre todo, sonreían por casi nada. Eran el modelo a seguir.
Ella, rubia. Él, de pelo negro. Me refiero al cabello y no al pelo, porque (según noté ya adolescente) no poseían vello púbico. Y, para no faltar a la verdad, tampoco tenían sexo, quiero decir, órganos reproductores (de lo otro, no sé). En lugar de los genitales de ambos saludaba una curva ascendente y, en vez de pechos, ella tenía dos puntos. Mínimos. El lector sagaz ha adivinado: mis héroes eran los protagonistas de las estampas “Amor es…”. Tan pulcros. Yo, con la pujanza de mis siete años, intercambiaba con amiguitas imágenes de aquella devoción por los cueros.
FUE EMOCIONANTE. ESPANTOSO
Me esperaban novedades. Siendo niña vi a una mujer tal como el Big Bang la arrojó al mundo. Quedé hipnotizada por sus pechos, almohadas demenciales, como globos de agua que amenazan explotar. Y cuando me enfrenté por primera vez a un hombre sin calzones, por poco me voy de boca (es decir, me caigo de espaldas). La sorpresa fue mayúscula. Tanto en sus partes como en el pecho presumía unos domesticados rizos negros y entre las piernas llevaba algo, por Dios, tan primitivo. Fue emocionante (o sea, espantoso). Descubrí que sin tela de por medio somos muy feos. Incluso traumáticos.
Una breve revisión de la historia del arte confirma que llevamos miles de años quitándonos la ropa. Ah, pero con estilo. Pienso en las esculturas griegas y romanas, en estado perfecto: sin pelos, de proporciones mesuradas, muchas veces cubiertas por una prenda. Está la Venus de Milo, con senos tan perfectos que parecen hechos a mano (lo son). Y las Afroditas y los Apolos y demás personajes clásicos que se exhiben de piel lisita la mayor parte del tiempo, salvo cuando nadie los mira. No se había inventado la pelusa en partes pudendas. Siglos más tarde vino Miguel Ángel, con su David (de 1504, alto, poco impresionante y ¡oh, desgracia!, discretamente peludo en los genitales), pero ya se cocinaba un cambio. La Venus de Botticelli (1485) señala sin decirlo que si a alguien corresponde tirar la ropa es a la mujer (obvio, despelucada), para que la miren uno o varios hombres. Es lo normal. Lo correcto. Ésa será la tónica del arte durante varios siglos. Están para probarlo las pinturas de Tiziano, Velázquez, Goya. A mediados del XIX, Manet escenificó Desayuno en la hierba: dos hombres muy vestidos hacen pícnic con una mujer blanca y descubierta, de perfil. Me imagino el escándalo si ellos fueran los fresquitos, acompañados de una señora a la moda.
Con El origen del mundo, de Gustave Courbet (1866), se acabó la cosa bonita. El francés se saltó las trancas un siglo antes de Playboy: pintó un close up del sexo femenino. Y sí. Pelos incluidos. La incomodidad del asunto sería abordada décadas después por el cubano Guillermo Cabrera Infante, en la novela La ninfa inconstante. Cuando se casan John Ruskin, un virgen victoriano, y Effie, una chica buena, nadie estrena nada: “La noche de bodas, y a la luz de varias velas, Effie se quitó todas las enaguas requeridas por la moral victoriana y desplegó su cuerpo corito ante su marido […] Ruskin se llevó el susto de su vida: Effie, sobre el pubis, ¡tenía vello púbico privado!”. John, aficionado al arte renacentista, estaba familiarizado con estatuas de ninfas que “tenían todo el equipo sexual femenino: todo menos pelos”. Ruskin, incapaz de superar el pasmo, salió de la cámara nupcial y no volvió más. Cómo culparlo. La mujer pelambrosa resulta en patetismo. Cómo se atreve una a ignorar el ideal inamovible para nuestro sexo: dócil, sonriente, grácil. Y lampiño.
YA CHOLE
En el siglo XX, la desvergüenza hizo de las suyas (de ésas) en la publicidad. Desnudos femeninos anunciaron productos pierniciosos, relativos o no a la ropa escasa. Cuerpos pulidos devinieron sinónimo de ventas (los varones llevaban siglos lejos del encueramiento, porque ellos sí son respetables). El atiborre de senos primó en anuncios de jabón, canciones, películas, autos, perfumes, champús, viajes. En el siglo XXI vino el pináculo de la debacle en México, con el trabajo del fotógrafo Spencer Tunick. Me apersoné cuando en 2007 el estadounidense convocó en este país a carretadas a desvestirse en el Zócalo. Yo anticipé el lucimiento de bellezas irreprochables (todas, sin folículos pilosos), al pie del asta bandera. Lo que vi fue una masa de esponjosas y esponjosos, con tupidas pelucas en el bajo vientre. De ese día me quedó un aprendizaje: ver exceso de entrepierna deviene un anestésico. El antojo del cuerpo ajeno nace de la costumbre de presentarnos vestidos: por eso imaginar quitarnos la ropa puede adquirir tintes de placer. En cambio, si vemos piel + piel + piel, entonces contemplar los genitales vecinos (y reales) no despierta nada. Si acaso, lástima.
El asunto es que, tras muchos siglos luciendo superficies corporales, parece que por fin llegamos al hartazgo. Diría mi madre: “ya chole”. Hoy, en vías de superar los pellejos, está claro que desvestirnos no sólo aniquila el deseo. Peor aún: asesina el arte. Lo señala Óscar Tusquets, autor de Contra la desnudez: existen pocas cosas más antieróticas como una playa nudista.
Sí, está de vuelta el pudor. Aplaudo la conveniencia estética y sanitaria de recuperar el atuendo (los males venéreos sólo se contagian si te quitas la ropa interior). Por suerte hemos encontrado un sustituto impecable del strip-tease literal: el metafórico. Presumimos la vida privada en Facebook. Las frases ingeniosas, en X. Las vacaciones, en Instagram. Lo demás, en TikTok. Por eso ya nadie se morbosea con PornHub. Idéntica razón mandó a las vedettes (siempre mujeres) a la congeladora: es más vibrante presenciar un escándalo tuitero que ver a la Princesa Lea remojarse en una copa de champaña. OnlyFans es otra cosa, pero ahí se ofrece (acaso) la posibilidad de que la tarjeta alcance para pagar el video de una de ellas. Exclusiva. Sin rizos que estorben.
NO NOS GUSTA EL SEXO
En el siglo XXI ya no la rifan los reality shows ramplones, donde las chicas se encueraban en los primeros tres minutos, para atraer la audiencia. Lo de hoy, para lograr la satisfaction femenina, es el bendito Satisfyer comprado en Amazon: no exige desvestirse ni, por tanto, pescar un aire. Basta mover un poco la tela. Y si nos resulta imperativo tirar la ropa (en el ginecólogo, por ejemplo), la depilación permanente y la ducha vaginal garantizan que nuestro cuerpo vuelva a ser lo que en el arte clásico. Terso. Impoluto. Sin secreciones ni olor. Así lo mandan el porno y Barbie, para que los hombres disfruten como lo merecen si en un momento despistado tenemos sexo (para las feministas que preguntan, peleosas “¿y nuestro palcer?”: recuerden, a nosotras no nos gusta el sexo). Felizmente está demodé lucir una mata entre las piernas. Pobre de la escritora Luza Alvarado, quien dice en “La guerra contra el vello púbico”: “si al señor le molestan los pelos, el problema es de él”. Pobres, digo, de las mujeres espontáneas como ella. Ningún señoro las va a encontrar guapas (y eso califica como tragedia mayor).
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