La conexión

Por: Fernando Clavijo M
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Uno de los clichés más ciertos es que “el que busca encuentra”. Quería un curso de plomería y electricidad, lo suficiente para hacer de “manitas” en casa y tal vez hasta para ponerme un overol, que es lo más parecido a un disfraz de persona real, lo opuesto de un intelectual. Luego de explorar por internet sin éxito, hice lo que mejor me funciona: platicarle mis inquietudes a quienes me rodean. A la compañera de trabajo, Yael (quien me confesó un interés similar), al señor de la puerta, Esteban, al amigo del bar, Gerardo…. Hasta que finalmente, en un entrenamiento de futbol de los niños, me contestó Omar, el papá del centro de contención o pivote, “sí, creo que sería buen negocio y hay unos centros que se llaman Cecati e Icati.”
Quedamos pues y visitamos un CECATI (Centro de capacitación para el trabajo industrial) en Tlalpan, y dejamos el coche entre prostitutas trabajando ya a las 12 del día para preguntar por los cursos disponibles, el precio y los requisitos. No conseguimos gran cosa, pero sí una fotocopia de la oferta y cursos del 2015, donde venían 33 planteles en el entonces DF, hoy CDMX (de un total de 199 a nivel federal). Con eso, fui tamizando mis áreas de interés y la cercanía a mi propia zona hasta que di con el CECATI 2, en Tizapán.
Acudimos a pedir informes, estacionando en la Pastelería San Ángel Elizondo de Río Magdalena, que está justo enfrente. Entre los cursos disponibles se encontraban los idiomas, inglés y francés, la informática y uso de paquetería básica, la administración, y la electricidad. En otro planteles había visto estilismo, dibujo, sastrería y tapicería, y la maravillosa mecánica automotriz. No había plomería, de modo que busqué en el apartado electricidad, y justo había comenzado ya un curso de reparación de electrodomésticos básicos, como lavadoras, microondas y cafeteras. Decidí no esperar más y solicité informes para inscripción a “el ABC de las Instalaciones Eléctricas Residenciales”. A la semana siguiente estaba inscrito y mi curso empezaba unos días después.
Llegué temprano al primer día de clase para pedir mi credencial, algo que me emocionaba tanto como el curso mismo. Pertenecer a una comunidad nueva siempre me ha gustado, y salirme del entorno cotidiano aun más. Pero pues no estaba lista, hube de tener paciencia algunos días. De todos modos entablé amistad inmediatamente con los tres compañeros que esperaban a que abriera el salón de clases. Uno de ellos, Jaciel, de escasos 30 años, me dijo que ya tenía algo de práctica pero que necesitaba la teoría y el comprobante de estudios para subir de nivel en el IMSS. Más tarde nuestro profesor, Adrián Eligio Corona, le preguntaría directamente si tenía a algún familiar en la dependencia y, al escuchar la respuesta afirmativa, comentaría “ahí es puro cuaderno, no hay hojas sueltas”. Otro estudiante era Izzack, que se notaba venía de familia de electricistas porque ya traía todo el vocabulario: “hay muchos jalacables que ni saben distinguir la fase en la acometida, y eso que trabajan en CFE”. A este tipo de personas mal hechas, el profesor llamaba “chambón”, en contraparte a un “electricista”, que es aquel que hace bien las cosas. Especialista en hacer enfurecer al profesor, Izaack estaba por cumplir los 50 años.
De los 9 alumnos que acudimos ese primer día, la mayoría trabajaba en intendencia y quería subir a mantenimiento, necesitaba la acreditación para subir de plaza en su trabajo actual, o ya laboraba por su cuenta como albañil y plomero y buscaba una nueva especialidad para su oferta de servicios. Yo iba, como el personaje de Chuck Palahniuk, de impostor. Y solo un estudiante era mujer, María. Cuando nos preguntaron qué buscábamos del curso, ella contestó que su empleo era de oficinista, pero que por curiosidad intelectual quería entender lo básico de los servicios más cotidianos, aunque fuera para que no le vieran la cara cuando contrataba a un trabajador.
Me llamó la atención que un oficio como la electricidad no tuviera en sus filas a más mujeres. Hablándolo como siempre con las personas que me encuentro en mi día, me asombró un comentario de la doctora Marisa Belausteguigoitia, que afirmó que el problema viene de una promoción machista tan generalizada que incluso influye en las carreras disponibles a cada género. “En los centros de capacitación penitenciarios que yo estudio”, me dijo, “a los hombres les dan cursos de albañilería, electricidad y plomería, y a las mujeres les enseñan a hacer figuritas de migajón y maquetas de casitas suizas.” Sea como fuere, me sigue sorprendiendo que no haya más mujeres electricistas y plomeras atendiendo hogares, creo que una cooperativa así sería un gran negocio.
El curso en sí es el sueño de cualquier niño, pues por un lado fomenta al nerd que gusta leer de electrones y órbitas atómicas, de dibujar diagramas con plumas de colores (verde para tierra, azul para neutro, negro para fase y rojo para puentes), o de comprender equivalencias básicas como que a mayor resistencia menor corriente (Ley de Ohm). Por el otro, alimenta al ser activo que quiera abrir y usar una caja de herramientas, ponerse guantes, probar focos y subirse a escaleras, incluso hacer un corto con todo y chispa para fundir los fusibles, como de hecho me sucedió para gran alegría del profesor. Los aparatos que ahí se ven y utilizan son como un kit Mi Alegría a lo grande, y nunca me había sido tan evidente lo atinado que es el nombre de estos juguetes.
La electricidad —como el curso— tiene esta característica doble, de negativo y positivo, que tan bien simboliza la complementariedad entre lo aparentemente opuesto, como masculino y femenino, introversión y extraversión, o simplemente la completitud de la personalidad. En este sentido, si bien me sentí ágil resolviendo fórmulas o parafraseando conceptos frente al pizarrón, me sorprendió mi propia torpeza a la hora de apretar tornillos o pelar cable, ante lo cual el profesor me dijo que la práctica mejoraría mi motricidad.
Este tema simbólico de la electricidad es perfectamente retomado por Guillermo del Toro en su película Frankenstein (2025), para mí la mejor versión cinematográfica del libro genial de Mary Shelley. En una oposición contante entre los personajes de Víctor Frankenstein (Oscar Isaac) y Elizabeth Lavenza (Mia Goth), ella le reprocha su machismo controlador, no solo personal sino teórico, pues la empresa que persigue el doctor es la viva expresión de hubris. En un intercambio muy hermoso, ella defiende lo concreto frente a lo abstracto, poniendo el siguiente ejemplo brillante: tres ideas muy nobles, el valor, la patria y honor, suenan bien en el mundo intelectual, pero su resultado en la realidad es terrible, la guerra, en donde los hombres mueren cara abajo en el lodo. Otras duplas vienen representadas en el interés morboso por la muerte que se alterna por el deseo de crear vida, o que mientras que Víctor es un soñador, su hermano William es un exitoso financiero. En ambos confluyen también los arquetipos opuestos de su madre (dadora de vida y tierna) con su padre (médico estricto y represor). La llama prometeica es simbolizada en la novela y la película por la corriente eléctrica, gran avance de la época y que enarbola la bandera del progreso tecnológico. Como es sabido, en lo que parece un guiño a Benjamín Franklin, la vida de la Criatura viene nada menos que de un rayo del cielo.
El curso de electricidad básica que recibí me dio derecho a un diploma avalado por la Secretaría de Educación Pública, pues el proyecto de estos planteles fue concebido por quien fuera director de esta secretaría, el poeta y ex director de la UNESCO Jaime Torres Bodet, en 1963. Pero además del diploma, y de mi ansiada credencial, la experiencia me permitió conocer a personas que de otro modo difícilmente habría encontrado. Con ellos compartí pan y café, chistes y hasta algún albur, pero sobre todo anhelos. Aprender algo nuevo. Superarse profesional o económicamente. Crecer como persona.
Hasta en la ruta de pesero que hube de aprender desde mi casa hasta una cuadra antes del plantel hubo un disfrute y una enseñanza. Agarrarse de pie con una pesada mochila bien llena de herramientas y cable es un reto físico, y el regreso a casa por la noche en un vehículo tan impredecible en sus enfrenones y acelerones es agotador, si bien las luces de discoteca y el reggaetón a tope lo tienen a uno en estado de alerta. Pero ahí pude hablar con algunas personas a quien hube de preguntar la ruta, y me sentí más parte de mi colonia que cuando transito, en bicicleta o en mi camioneta con aire acondicionado, por esas mismas calles. Porque así como en lo individual la personalidad se complementa y enriquece cuando se sale de la zona de confort, en lo social también. Las clases sociales no son, visto de este modo, más que una neurosis colectiva, un invento que fragmenta a la humanidad artificialmente.
Además de hacerme más ciudadano, y de perder toda excusa para no hacer las chambas requeridas en mi casa, el curso me dejó algo inesperado. Dos días antes del examen final, el profesor me dijo que debía hacer todos los amarres —así se llaman los nudos entre cables y hay varios tipos, pero casi todos caen en lo artístico— usando mis guantes de carnaza. Eso me pareció casi imposible, pues tengo las manos pequeñas y todos los guantes me quedan grandes. Me sugirió adelantar algunas cosas en casa, como pegar mis cajas de pinzas y de fusibles a un trozo de madera para facilitar el colgarla en el área de trabajo, y también el hacer las conexiones de sockets (donde embona la base de un foco) con anticipación para solo amarrar cables —y no tornillos milimétricos— al momento de hacer las instalaciones requeridas para acreditar la materia. De lo contrario, no me iba a dar tiempo de todo.
Hice caso. Así que un domingo antes desempolvé el taladro y salí al patio con una caja de vinos, la cual logré deshacer con ayuda de un desarmador y un martillo. La tabla resultante tenía el espacio para ambas cajas, así que medí y marqué dónde debía poner los tornillos y, luego de encontrar la broca adecuada, coloqué la tabla sobre un par de ladrillos y me puse a hacer huequitos. Luego entré a casa y me senté en el piso, donde coloqué las cajas y atornillé las clavijas correspondientes. Como las puntas salían por el lado del reverso, las aplané a martillazos y luego cubrí las puntas visibles con cinta para aislar. Guardé taladro, brocas y martillo y, por alguna intuición, puse un disco de Dire Straits.
Eran casi las 12 del día y calculé que pasando meridiano podría premiarme con una cerveza. Así que saqué un exacto, cinta de aislar de los dos colores necesarios (azul para neutro y negro para fase), un rollo de cable del 14 de 25 metros y una pinza cortadora, mi multímetro y un desatornillador de cruz, y me senté en un sofá con mis 4 focos y sus sockets. Tomé un trozo de cable y lo corté de 20 cm, repitiéndolo 8 veces. Luego me puse los guantes y empecé a pelar el cable por ambos lados, de un lado unos 5 cm y del otro 10 cm, también 8 veces, y barrí los trocitos de cable con ayuda de un recogedor. Una vez hecho esto, tomé mi cinta aislante azul y marqué 4 de los cables por ambos lados de la parte no pelada, para diferenciar el neutro. Luego desarmé los sockets para dejar expuesta la parte donde se conectan los cables, y usé el multímetro para saber cuál tornillo correspondía a la base del socket (la fase) y cuál a la rosca (el neutro), y aflojé el tornillo neutro de cada socket para marcarlo, 4 veces. Empecé pues, ya sin ninguna prisa de terminar sino envuelto en el proceso de hacer, a conectar cada cable azul a su correspondiente tornillo de rosca, utilizando el amarre de gancho, que consiste en dar una vuelta y luego envolver el cable sobre sí mismo. Después cubrí de cinta lo que se lograra ver de cable y apreté el tornillo. Una vez terminados los 4 sockets, volví para repetir esta operación con el otro tornillo y cable negro, es decir el de fase. Luego pasé los cables por la tapa de cada socket y lo cerré, 4 veces. De pronto vi que estaba a punto de finalizar mi tarea, escuché el requinto delicioso y pausado del tema Telegraph Road, y me sentí completamente relajado. Y feliz. Vi el celular, que milagrosamente había olvidado, y eran pasadas la 1 de la tarde. Comprendí en carne propia algo que muchos aficionados a los oficios saben de sobra: ante la satisfacción del trabajo bien hecho, no era necesaria la cerveza. No tenía ningún pensamiento en la mente, ninguna preocupación. Era parte del tiempo, de la luz del sol que entraba por el ventanal del patio, y en breve sería recompensado con una comida bien merecida.
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