La ciudad que suena: el paisaje sonoro urbano

Por Alejandra Trejo Nieto*

Compartir este texto:

Las ciudades contemporáneas suelen analizarse desde perspectivas visuales y espaciales: se habla de su arquitectura, su diseño urbano o sus espacios construidos. Sin embargo, la experiencia urbana no se agota en lo que se ve, sino que también se constituye en lo que se escucha. Los mapas nos muestran las calles y los edificios, pero no nos dicen que la ciudad también se puede recorrer con los oídos. Las urbes están hecha de vibraciones, ecos y resonancias. Los sonidos urbanos, muchas veces considerados ruido o un simple telón de fondo, constituyen un componente esencial de la experiencia citadina.

No es la música que ponemos en los audífonos ni la televisión de fondo. Es el ruido del tráfico lejano, el eco de una sirena que pasa y el murmullo de las conversaciones. Es una sinfonía caótica, constante y, a menudo, invisible. Pero si nos detenemos a escuchar, nos damos cuenta de que cada ciudad, cada barrio y cada rincón tiene su propia banda sonora. Escuchar la ciudad equivale a descifrar su ritmo vital, a reconocer sus tensiones y contradicciones, y a advertir cómo en cada esquina se condensa la memoria colectiva, la desigualdad social y la posibilidad de encuentro. El sonido es parte esencial de la vida cotidiana en la ciudad y, al mismo tiempo, un campo de disputa política, cultural y simbólica.

La melodía de un mercado no es la misma que la de una avenida principal. La primera es un coro de voces que gritan precios, el eco de carritos de metal y el roce de bolsas de plástico. La segunda es una orquesta de cláxones, el rugido de los motores y el zumbido de las llantas sobre el asfalto. El sonido de las campanas de la iglesia principal que marcan las horas, el pregón del vendedor de elotes en la esquina o el tintineo de un tranvía al girar. Todos son pequeños fragmentos de un rompecabezas sonoro que nos dice donde estamos. Son más que simples ruidos; son una parte de la identidad de nuestras ciudades. Los habitantes de la ciudad rara vez reparamos en esta multiplicidad de sonidos que nos rodea, pero cada uno de estos elementos compone una sinfonía caótica y diversa, que refleja la densidad y el dinamismo urbano.

A diferencia del campo o de los pueblos pequeños, la ciudad ofrece un escenario sonoro casi continuo, donde los límites entre día y noche parecen diluirse en el murmullo constante. Aunque la ciudad también tiene sus momentos de silencio. Esos pequeños oasis donde el ruido del exterior no llega, donde solo se escucha el canto de los pájaros o el viento en las hojas de los árboles. Esos son los momentos en los que la ciudad respira, y nosotros con ella.

Ahora bien, el paisaje sonoro no es neutral: está mediado por la historia, la economía y las relaciones de poder. La experiencia sonora de la ciudad tampoco es homogénea. Existen colonias donde predominan los cláxones, los motores y las sirenas. En barrios marginados, el ruido del transporte público o de los negocios puede ser constante, mientras que en zonas privilegiadas se busca comprar silencio a través de aislamiento acústico. De esta manera, el paisaje sonoro urbano se convierte en un marcador de desigualdades. El “ruido” no solo es un fenómeno físico, sino también social y político: quién tiene derecho al silencio y quién debe habituarse al estruendo.

Más allá de lo funcional, los sonidos urbanos constituyen referentes culturales y de memoria o marcas de identidad. Ciertos pregones, como el del afilador, el tamalero o el organillero, o el silbido del carrito de camotes evocan un pasado que se resiste a desaparecer en medio de la modernización. Estas huellas auditivas nos recuerdan que la ciudad está viva, que es tradición y cambio simultáneamente. Incluso en las protestas, las consignas coreadas, los tambores y las bocinas forman parte de una política del sonido: la apropiación del espacio público mediante la voz colectiva. Son actos que producen comunidad y resistencia, al tiempo que configuran un archivo sonoro compartido.

Henri Lefebvre (1992) propuso el ritmoanálisis como una herramienta para comprender los ritmos que estructuran la vida urbana. La ciudad, escuchada desde esta perspectiva, es un entramado de temporalidades: el repique de las campanas marca horas y rituales, el flujo de automóviles establece un pulso constante, las sirenas de ambulancias o patrullas irrumpen como interrupciones inesperadas. Estos ritmos no solo regulan la cotidianidad, sino que expresan las tensiones entre orden e improvisación, entre lo rutinario y lo disruptivo.

Así, la Ciudad de México, una de las urbes más grandes y complejas del mundo, se construye tanto en su materialidad como en su sonoridad. El sonido no solo acompaña la vida urbana, sino que la constituye: moldea los ritmos de la cotidianidad, marca las diferencias sociales y encarna memorias colectivas. Escuchar la Ciudad de México es descubrir su historia, sus desigualdades y sus formas de resistencia. En esta ciudad, el paisaje sonoro es especialmente diverso: el pregón del vendedor de tamales oaxaqueños, el comprador de fierro viejo, el silbato del afilador, el organillero en las plazas, el rugido incesante del tráfico y las bocinas de automóviles conforman una banda sonora reconocible para millones de habitantes.

La ritmanálisis de Lefebvre permitiría observar cómo los sonidos marcan temporalidades específicas en la Ciudad de México. El claxon matutino de los microbuses activa la ciudad desde temprano, mientras que por la tarde la venta de tamales calientitos introduce otro compás. Por la noche, el silencio relativo en algunas zonas contrasta con la vitalidad sonora de barrios como la Roma o la Condesa, donde bares y restaurantes generan un nuevo ritmo nocturno. El bullicio de los tianguis generalmente es indicio de la vida barrial en fin de semana. Estos ciclos acústicos configuran un tiempo urbano colectivo, que los habitantes aprenden a reconocer y anticipar.

Aunque la gestión urbana ha tendido a concebir los sonidos en términos de “ruido” que debe ser controlado o eliminado, el sonido es también una forma de habitar y reclamar el espacio público. Las protestas, por ejemplo, utilizan megáfonos, tambores y consignas como estrategias de visibilización. Así, el sonido deviene en herramienta política: incomoda, perturba y cuestiona el orden establecido. La ciudad que suena, entonces, no es solo la suma de ruidos cotidianos, sino también un escenario donde se negocian derechos, presencias y ausencias. La gestión del sonido en la Ciudad de México oscila entre la regulación y la tolerancia. Por un lado, existe un marco normativo que busca reducir la contaminación acústica, especialmente vinculada al tráfico y a actividades comerciales. Por otro, persiste una cierta permisividad hacia prácticas sonoras que forman parte de la identidad urbana, como los pregones callejeros o el altavoz de los camiones de gas.

En última instancia, atender al paisaje sonoro de la Ciudad de México o escuchar cualquier ciudad implica reconocer que no es un ente abstracto, sino una suma de experiencias sensibles. El sonido nos enseña que la urbe es movilidad, fricción, comunicación y también conflicto. Frente a las políticas que buscan “limpiar” el espacio urbano reduciéndolo a una imagen visual y ordenada, la atención al paisaje sonoro revela la complejidad y la vitalidad que se juega en las calles.

Referencias

Lefebvre, H. (1992). Éléments de rythmanalyse. Paris: Éditions Sylleps

*Profesora en el Centro de estudios demográficos, urbanos y ambientales El Colegio de México

Te recomendamos:

INICIO
LIBROS
EVENTOS

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *