Juan Martínez: retrato novelado de un poeta aparte

Por: Gabriel Trujillo Muñoz
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En su novela Los peones son el alma del juego (Alfaguara, 2021), Homero Aridjis (Michoacán, 1940), escribe sus memorias de juventud en clave de ficción -seguramente para no tener líos legales con los personajes o descendientes de aquellos que menciona en su libro, desde Juan Rulfo a Octavio Paz, incluyendo entre otros a Juan José Arreola, Archibaldo Burns, Pita Amor, Alí Chumacero, Elena Garro o Fernando Benítez-. Esta novela, basada en los diarios de Aridjis, es un recorrido por la vida artística y cultural de la ciudad de México entre 1958 y principios de los años sesenta del siglo XX. El protagonista de la novela de Aridjis es su alter ego, Alex, un joven provinciano con estudios de periodismo que llega a la capital del país con el sueño de ser poeta y mientras lo consigue deambula por las calles, cafés, plazas y antros de la metrópoli haciendo amistades y enemistades de todo tipo. Es el relato de su entrada al medio cultural que disecciona a través de la lente del juego de ajedrez, que tantos escritores e intelectuales de la ciudad de los palacios practicaban por aquellos tiempos casi como un culto religioso, como un rito sagrado.
Entre todos estos personajes, uno de los que descuella en sus memorias de ficción es Juan Martínez (1933-2007), a quien Alex conoce en el taller literario de Juan José Arreola en el Centro Mexicano de Escritores: “Arreola, flaco y desgarbado, con manos que hablaban solas, leía Tristuso piensa en Tristusa, poema de Juan Martínez, un joven jalisciense de mirar intenso, barba partida, cejas pobladas y pelo rizado. Llevaba abrigo negro y camisa blanca. Parecía exaltado al oír su poema en boca del maestro”. En la segunda sesión de aquel taller, al terminar, Alex y Juan se semblantean y acaban tomando café en el Sanborns del Ángel. Allí, nuestro protagonista, descubre a un joven bohemio que vive de prestado, que sobrevive de la caridad ajena. Al salir de Sanborns ambos jóvenes poetas vuelven al Paseo de la Reforma y enfrentan un episodio casi fantasmagórico con Juan Rulfo, a quien descubren borracho, buscando su dentadura postiza en el camellón. Juan Martínez es el centro de atención de la novela en sus primeras cien páginas. Aridjis primero lo presenta como un hombre dual, mitad lúcido, mitad delirante. La suya es una sombra -o luminosidad- apabullante que se cuela por todos los espacios culturales: “Juan había sido modelo de Diego Rivera y de Frida Kahlo y gustaba presumir su cuerpo apolíneo con las talleristas. Cuando la inspiración lo asaltaba escribía como en trance. Cuando no, los ojos exaltados se le salían de las órbitas”. Alex está fascinado por tal personaje, que parece ir varios pasos adelante que él:
Una patrulla con la luz apagada alumbró a Juan y Alex. A la ventana de un cuarto oscuro Alex tocó en el vidrio.
“¿Quién es?”, preguntó una voz de hombre.
“¿Está Kafka?”, preguntó Alex.
“¿Quién chingados es Kafka?”
“Tu vecino del 20.”
“Pinches locos, váyanse a joder a otro lado.”
“¿Sabes qué le pasó a García Lorca?”
“Dejen de chingar, tengo que levantarme temprano. Si no se van, salgo y los hago picadillo.” Una silueta crispada se figuró en la ventana, cuchillo de carnicero en mano. Juan y Alex partieron seguidos por maldiciones.
El consenso general sobre Juan lo externa Alí Chumacero tal como Alex lo recuerda: “decía de él que si lo que tenía de loco lo tuviera de talento sería otro Rimbaud y hubiese escrito otro Barco ebrio”. Ante sus discípulos, que los tiene, Juan “se presentaba como un poeta occidental (de la Perla de Occidente). Preguntándoles si querían ser una constelación y recorrer con él las noches especiales del valle de México o ser en el cielo meteoritos”. Las escenas que nos pinta Aridjis de Juan Martínez son las de un fantasma que perturba con su sola presencia a sus familiares y conocidos, un espectro de macabra intensidad, un hombre que se dirige hacia la marginalidad de forma inexorable. La poesía, sin embargo, es el último vínculo que lo sostiene en la comunidad de sus pares. Una poesía que es soliloquio obsesivo, paranoia creciente, reducto de visiones bajo las condiciones de un mundo cada vez más desesperado, de una vida cada vez más angustiosa. Sin lugar donde dormir, sin dinero para comer, Alex rescata el monólogo de su compañero tallerista:
No sabes, cada rincón es un nido de ratas. Te sientas en la cama y apagas la luz y te miran los cabrones desde adentro. Las sirenas en la madrugada te ponen la carne de gallina, las escuchas en la almohada. Oyes pisadas, voces de mujeres que traen hombres a la cama. Ella empujaba mi puerta como si tuviera derecho de picaporte y aparecía con el puño en alto delante de mi rostro. Parecía garra mal parada. Me hacía el dormido para que se fuera. Vigilé su sombra, su resuello, acompañada o sola. desnuda o vestida tenía aspecto de vampira. Por las escaleras tiraba mis poemas, los aventaba a la calle.
Estamos, pues, ante un retrato crudo, incluso visceral, de un poeta de la misma generación que Aridjis. Un poeta inquietante, pero extremadamente creativo. Que entre más se adentraba en el laberinto del lenguaje para escapar de una realidad asfixiante, menos era tomado en serio por el mundo cultural. Alex lo remarca. Con todas sus excentricidades y contradicciones, Martínez es un verdadero bardo en un gremio donde abundaban, junto con poetas de primera, un buen conjunto de simuladores y arribistas, de gente tramposa y pendenciera. Lo que Aridjis denomina como “la tribu iracunda de los poetas”. Mientras estos últimos se arremolinaban en cocteles y presentaciones de libros, Martínez se perdía entre jaurías de perros callejeros: “Como una sombra que camina, Juan se había ido por la avenida Melchor Ocampo. Las suelas de sus zapatos estaban tan gastadas que parecía andar sobre las plantas de sus pies. Fumaba un cigarrillo de marihuana tras otro. Pasado el mercado de las flores, entró en el Panteón de Dolores por una barda derrumbada”. No iba a buscar mausoleos de grandes escritores, sino que “regresaba a su lecho, una tumba antigua”.
El desenlace de su fama pública se da como un escándalo cuando la policía lo arresta por “haber mantenido a una mujer secuestrada de nacionalidad austriaca”. Era su amante y la policía la halló “amordazada, atada de pies y manos a una cama, sin darle de comer ni de beber”. Aparte de este dato, la policía le descubrió “una bolsa de marihuana y poemas en el saco”. A los agentes de la ley que lo habían detenido, los increpaba diciendo: “¡Estúpidos, soy el poeta más grande del mundo!” El delirio de grandeza en todo su esplendor. Lo detuvieron por poco tiempo y en cuanto salió de la cárcel, “su hermano José Luis hizo aprisa arreglos para desaparecerlo de la ciudad de México”. Un asistente de su hermano “lo citó en la Terminal de Autobuses del Norte para entregarle un sobre cerrado que contenía un boleto de autobús a la frontera (sólo de ida), mil pesos en efectivo para gastos varios y una maleta con ropa limpia”. Cuando Alex acudió más tarde al Café Tirol le esperaba una carta de despedida de Martínez:
He venido de mis “vacaciones (en la cárcel). Espero que sigas interesado en las prendas de la palabra inaudita, que ambos buscamos en la vida. Residiré en Tijuana, ciudad a la que mi hermano José Luis ha decidido enviarme para impartir una cátedra en la Universidad de la Calle. En realidad con el propósito de librarse de mí o para mantenerme a mil kilómetros de distancia. Enseñaré poesía a los marihuanos, braceros y putas. Cuando quieras visitarme, bbúscame en la terminal de camiones. Lamento no haberte encontrado en el Sanborns de Niza…
Desde aquella misiva, Alex, el personaje de Los peones son el alma del juego de Homero Aridjis, por muchos años no volvió a saber del paradero de su amigo y colega poeta. Sólo hasta que un discípulo suyo se topó con Juan en el centro de Tijuana, “con una cubeta de agua y un trapo con detergente. Limpiaba coches a cambio de unas monedas que a veces no recibía…Sucio, pero chido, pedía monedas a turistas y a braceros que andaban por la avenida Revolución buscando drogas, alcohol y prostitutas”. El retrato final de Juan era “con el cabello largo amarrado con un listón rojo como cola de caballo, metido en un ancho abrigo negro y pantalones cuyas piernas encajaba en unas botas que le llegaban a la rodilla”. La frase final con la que Aridjis cierra su descripción es contundente: “En el hospital siquiátrico lo habían tratado con electrochoques”. Pero olvida decir que Martínez es actualmente uno de los poetas más seguidos por las nuevas generaciones de bardos mexicanos. El marginado de ayer es hoy presencia central de la poesía nacional.
En todo caso, el recuento memorístico de Homero Aridjis no es un paseo benévolo por las entrañas del monstruo literario que era entonces y que sigue siendo ahora la república de las letras en nuestro país. Pero como panorama a profundidad, desde la perspectiva privilegiada de uno de sus participantes, esta novela de no-ficción -o esta crónica periodística con ribetes de ficción- nos permite atisbar el mundillo cultural a la mexicana de aquellos tiempos -los de Juan José Arreola, Juan Rulfo, Francisco Toledo, Amparo Dávila, Luis Cernuda, Remedios Varo, Nahui Olin, León Felipe y Carlos Pellicer-, con su variedad de personajes que, como Juan, son utilizados como peones de los juegos de poder. En sus páginas, a veces con tono de farsa, a veces con tintes de drama, estos peones saltan del tablero de juego para vivir a su modo, para escribir a sus anchas. En este ejercicio narrativo donde coinciden la memoria y la imaginación, Juan Martínez es una figura perturbadoramente humana, furibundamente poética en sus ambiciones y congojas. En tal escenario, este Juan no se nos presenta, bajo los recuerdos novelados de Aridjis, ni como una leyenda de la literatura underground ni como un loco patético, sino como un meteorito cruzando el firmamento de México, un ángel de fuego tratando de alcanzar otras fronteras. Un joven jalisciense que no necesitaba del aplauso hipócrita de sus colegas para saberse poeta, para serlo.
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