Jaan Kross: de Siberia a Tenochtitlán (II)

Por: Stephanie Rendón
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El capítulo cuarto es narrado desde la perspectiva del almirante Tõnis Maidel, quien relata a sus hijos las peripecias de su vida militar. Por el texto desfilan los nombres de Hernán Cortés, el duque de Alba, Gianettino Doria y Ferrante I Gonzaga. Según el propio Tõnis Maidel, (de quien, por cierto, no he logrado encontrar información alguna, por lo que supongo que este personaje fue inventado o parcialmente diseñado por el escritor) tenía veinte años cuando zarpó en un barco español que formaba parte de las fuerzas del Duque de Braunschweig, y más tarde navegó por el Mar Mediterráneo en una pequeña pero rápida galera llamada Despejado.
En aquellos tiempos, Argel, en el norte de África, era una importante base naval donde los piratas interrumpían las rutas marítimas y atacaban los barcos de Carlos V y sus aliados. Por ello, sesenta y cinco galeras, cuatrocientas cincuenta naves menores y veinticuatro mil soldados fueron enviados a asaltar la ciudad musulmana. Entre esos valientes combatientes estaba el propio Carlos V, Hernán Cortés, de cincuenta y seis años, y sus hijos. Para entonces, Hernán Cortés ya había: conquistado México, vivido allí, tenido hijos, ganado títulos, dinero y propiedades, y regresado a España. Por otra parte, nunca logró encontrar el oro del tesoro del imperio mexica, que tanto había deseado poseer. ¿Por qué se embarcaría Hernán Cortés en otro conflicto bélico después de haber logrado la conquista y la fundación de la Nueva España? ¿Acaso no eran suficientes tales hazañas?, ¿no le bastaba con retirarse a vivir con holgura en alguna de sus propiedades y esperar a la vejez? Sólo Dios sabe por qué volvió a la vida aventurera a esa edad, pero lo más probable es que buscara gloria y poder, una vez más, como un adicto a los opiáceos busca su droga por el resto de sus días.
El clima en altamar era tan malo que Carlos V sabía que su flota no podría continuar la travesía. Las tropas del rey se vieron forzadas a desembarcar en mala hora, y fueron atacados. Los musulmanes en tierra tenían la ventaja pues ya estaban esperando la llegada de los invasores. En tierra, las condiciones meteorológicas empeoraron. Los vientos tenían la fuerza de un huracán, y las tormentas se volvieron violentas en extremo y hacían imposible que los soldados pudieran desplazarse fácilmente a pie. El veinticinco de octubre de 1541, Carlos V dio la orden de retirada a sus tropas marítimas para que regresaran a Europa. En esta fallida expedición perecieron miles de soldados, muchos fueron tomados prisioneros y gran parte de los barcos fueron destruidos. Estos sucesos son relatados en primera persona por Tõnis Maidel, quien también narra cómo él mismo fue capturado por soldados del Imperio otomano y puesto en libertad años después.
«… Planteo esta pregunta: (…) ¿Y cómo pudo Cortés, en su tiempo, con sólo setecientos hombres (pues no tenía más en México), cómo logró someter a todo un sector del mundo a los pies de su rey? Al parecer le dijo a Carlos (como él mismo me lo contó): “Un sector entero del mundo, como una alfombra verde, y aun así hay menos sangre sobre ella que bordados en oro” …»
Tõnis Maidel narra algunas conversaciones y encuentros que tuvo con Hernán Cortés donde alaba la capacidad del conquistador y su ejército para tomar México con pocos hombres, y yo, me permito discutir esta interpretación. Sabemos gracias a los historiadores y cronistas que durante la conquista de México se derramó mucha sangre y que no fue una empresa fácil. A su llegada a la capital del Imperio mexica, Tenochtitlán, lugar de la ubicación actual de la ciudad de México, en 1519, Cortés entabló amistad con el emperador mexica Moctezuma II. A sus espaldas, formó alianzas con sus enemigos y los convenció para que se unieran a su pequeña fuerza militar que consistía en tan solo cuatrocientas almas. Más tarde convenció a los soldados españoles al mando del general Narváez para que se unieran a él, prometiéndoles buena paga. Narváez y sus soldados habían venido hasta México con la orden de capturar a Cortés. Y fue precisamente el gobernador de Cuba, Diego Velázquez, en términos burdos, el jefe de Cortés, quien ordenó su captura por haber desobedecido órdenes directas, es decir, por haber establecido una nueva ciudad en las tierras descubiertas, en lugar de limitarse a llevar a España los tesoros encontrados.
En la batalla final contra los mexicas en julio de 1520, la cantidad de españoles armados con armas de fuego, espadas y caballos ascendía a mil trescientos, ayudados por unos setenta y cinco mil guerreros nativos, enemigos del Imperio mexica. Los mexicas creían que los españoles no tenían posibilidades suficientes de ganar una batalla contra ellos. He ahí el más grande error del pueblo mexica: subestimar la cantidad de filas enemigas. Con presteza, Cortés y su ejército sitiaron la ciudad de Tenochtitlán, cortando así el suministro de agua potable y alimentos. A todo esto hay que añadir el factor de las enfermedades: los españoles trajeron consigo la viruela en sus barcos. En aquellos tiempos de guerra, sin agua ni comida, la gente empezó a enfermar, a contagiarse y a morir pronto. Tras setenta y cinco días de sitio, Cortés y sus hombres mataron de hambre a la población, y para el trece de agosto de 1520, el ejército atacó la ciudad de nuevo venciendo al Imperio mexica.
He aquí un fragmento en el que Tõnis Maidel describe el aspecto físico de Hernán Cortés:
«¿Quieres saber qué clase de hombre era? Un noble extremeño. Se acercaba a los sesenta. Nada del otro mundo. Barba rala y canosa. Ojos marrones. Dientes amarillos. Pero me di cuenta de una cosa: cada vez que miraba a alguien a los ojos durante un rato, aquella persona acababa por desviar la mirada. Y cuando soltaba su ronca carcajada, todos reían con él. No por diversión, sino por respeto… A don Hernando sólo le interesaba el poder, y lo tenía».
También hay otras menciones interesantes:
«Recuerdo que habló de los horribles sacrificios humanos de los aztecas y de sus pirámides que se alzaban sobre lagos de sangre y de lo indeciblemente traicionero que era su pueblo. Tan traicionero que la única forma de gobernarlos era sin tener piedad. Y habló de las cantidades de oro que tenían, pero no dijo cuánto oro había traído para él o para su rey».
Los mexicas organizaban sacrificios humanos pero se trataba de un rito sagrado, especial, no del pan de cada día. Creían que para saciar la sed de sus dioses era necesario el sacrificio humano. Esta costumbre no era practicada por todos los pueblos Mesoamericanos (excepto los mayas, quienes practicaban sacrificios humanos, pero con menos frecuencia que los mexicas). La conquista de México por los españoles arroja un haz de luz incómodo sobre la complicada mezcla de ambas civilizaciones. Fue precisamente dentro del perímetro del choque de violencia sin precedentes del Viejo y el Nuevo Mundo, donde cada bando vio barbarie en el otro. ¿Cómo interpretar a una cultura en la que coexisten los asesinatos de la Santa Inquisición con el espíritu libre del Renacimiento? ¿Cómo entender el refinamiento cultural de los mexicas y, al mismo tiempo, su práctica de sacrificios humanos? Nada es completamente blanco o negro, a veces, tampoco es gris, con frecuencia lo que hay es una mezcla multicolor. Sobre ser traicioneros: se trata de un asunto delicado. Los mexicas eran traicioneros, pero los españoles también. Algunos historiadores sostienen la teoría de que fue el pueblo del emperador Moctezuma II quien aniquiló a su propio líder, impulsado por el disgusto y el sentimiento de traición al saber que el emperador se hizo amigo y vasallo de Cortés. Sin un líder fuerte los mexicas quedaron vulnerables. Por otro lado, los mexicas habían diezmado a los demás grupos culturales del México antiguo desde mucho tiempo antes de que llegaran los españoles. Eran el pueblo más poderoso y odiado de su época, y no conlleva sorpresa alguna el hecho de que los demás grupos mesoamericanos quisieron liberarse de ellos y se unieron a los españoles, quienes falsamente les prometieron libertad. Fueron los grupos nativos, los enemigos de los mexicas, quienes dieron la ventaja militar a los españoles. Intriga, desafío, traición, guerra y conquista, todo es parte de nuestra historia y nuestras raíces.
En las crónicas de Bernal Díaz del Castillo, el autor español escribió que Cortés y el emperador Moctezuma II se respetaban de manera mutua; había un cierto vínculo fraternal entre ellos hasta el final. También subrayó la manera en que los españoles quedaron hipnotizados por el majestuoso aspecto de Tenochtitlán. La llamaban «la Venecia de América». Tenía avenidas construidas sobre lagos, vastos mercados, templos, pirámides, construcciones colmadas de metales preciosos y joyas diversas. Se sorprendieron de lo avanzada y próspera que era esta civilización en cuanto a su vanguardia cultural, su arquitectura y sus vistosas riquezas. Todo fue documentado por los cronistas españoles. Me pregunto si Cortés realmente calificó a los mexicas de traicioneros; más bien parecía que los respetaba y los percibía como un enemigo fuerte.
Antes de concluir este texto, vale la pena mencionar que fue Jaan Kross quien escribió alguna vez que la literatura no se define sólo por los clásicos y los bestsellers de las naciones más grandes. La literatura de los países más pequeños desempeña un papel fundamental, y a menudo uno más importante que el que oficialmente se reconoce. Además, los esfuerzos literarios de las naciones más pequeñas son esenciales en el contexto del gran aparato que es la literatura, ya que contribuyen a él y se hacen indispensables. La lectura de las novelas de Jaan Kross hace más accesible la historia y la literatura de Estonia, sobre todo cuando es poco conocida fuera de la región del Báltico.
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