Hipérbole

Por. Marcos Límenes
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A nadie sorprende en la sala de espera el aviso que confirma la ausencia del doctor. La asistente vestida de blanco ha anunciado, con la parsimonia debida, que una cirugía complicada lo ha retenido más de la cuenta. Qué remedio, por algo se les nombra salas de espera. Por suerte contamos con un televisor que, a la hora de máxima audiencia, transmite el programa “Rocío” quien es una consejera familiar que soluciona casos imposibles. “Por miedo a su mujer descuida a su hija” reza la cintilla que corre en la parte inferior de la pantalla. La cosa se va a poner buena me digo pero resulta que el monitor no tiene audio y, dada la circunstancia, dudo mucho que algún día lo tenga. Es bien sabido que en este tipo de programas todo es falso, elaborado con actores que siguen un guión preestablecido. Sentadas una a lado de la otra se encuentra una adolescente -con lentes oscuros y el gorro de la sudadera cubriéndole la cabeza y parte del rostro- y la que, supongo, es su madre. Junto a ellas un señor de mediana edad, calvo y cabizbajo. Rocío gesticula y se dirige a la joven pero la cámara se empeña en mostrarnos a los dos adultos quienes no se atreven a abrir la boca. Después de los comerciales entra a cuadro una joven quien no es otra que la hermana mayor, que después de dar un beso a Rocío se lanza sobre la hermana menor y le arranca los anteojos. Horror, la hermana menor es ciega. Eso no era parte del guión -¿O sí?- ya que la joven se levanta e intenta caminar dando tumbos hasta caer al piso llevándose de corbata una de las cámaras que transmite el programa. Entra a cuadro, del brazo de Rocío, otro señor de mediana edad que increpa a las mujeres y luego se abalanza sobre el cabizbajo señor. Uno de los dos debe ser el padre ¿y el otro quién es?
Ha llegado mi turno para pasar con el médico. Conozco su recetario de memoria: no me he cuidado con la alimentación ni hago los ejercicios físicos requeridos; hipertensión, hiperplasia, hipertodo…. da lo mismo porque tampoco lo escucho. Imagino que se está dirigiendo a su perro un domingo por la mañana, en pijama y con pantuflas: ¡mira cómo dejaste el jardín! ¡hiperbobo!
Al pasar por la sala de espera, rumbo a la salida, me extraña ver que varios pacientes se han puesto de pie y observan atentos la pantalla del televisor. Todos los participantes del show de Rocío yacen en el piso, salvo la conductora, quien micrófono en mano contempla en silencio la escena antes de que se interrumpa la transmisión. ¡Qué malos actores! Me retiro con la sensación de haber visto o leído algo parecido con anterioridad.
En la siguiente visita, unas semanas más tarde, Rocío sigue allí. En esta ocasión la pregunta del programa es: ¿Por qué me trajeron al mundo? pero, afortunadamente, el doctor ha llegado a tiempo.
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