Hernán Lara Zavala

Nos dirigimos a la parada del Metrobús. Buscó en su cartera algún billete con que pagar el trasporte. Había que hacerlo con una tarjeta que le ofrecí y que no quería aceptar, pues dijo que no me la podría regresar.

Hernán Lara Zavala

Por: Javier Narváez*

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El azar nos junto en una de las esquinas de la ciudad. Después de un cálido y prolongado abrazo, y los qué gusto, qué coincidencia, lo acompañé al hospital. El elevador nos dejó en el cuarto piso, y de ahí por pasillos asépticos hasta la habitación 4210. Me dio un bonche de llaves que se unían a un aro de metal. Guárdalas muy bien. Las metí en la bolsa delantera derecha de mi pantalón. Sacó de debajo de la cama una maleta deportiva negra de cuero en la que fue guardando un par de Converse blancos, dos pares de calcetines, dos camisas, el cargador de su iPhone, un pantalón, tres paquetes de galletas, dos botellas de agua y una caja de medicina. Acto seguido, se despidió de los empleados que pasaban a nuestro lado.

Nos dirigimos a la parada del Metrobús. Buscó en su cartera algún billete con que pagar el trasporte. Había que hacerlo con una tarjeta que le ofrecí y que no quería aceptar, pues dijo que no me la podría regresar. No importa, insistí. Además, le facilité dos monedas para el barquero que lo cruzaría. Me pidió que lo acompañara hasta ese punto. Quise devolverle las llaves, pero dijo que ahora eran mías. Lo vi perderse entre la multitud. Y en mi bolsillo, las llaves del reino que estaba para mí.

*fotógrafo y autor de la foto de este texto

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