Héctor González: El Cuervo, Mexicali y El Universal Ilustrado

Por: Gabriel Trujillo Muñoz
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Para 1920, el último año en que el coronel Esteban Cantú gobernó Baja California, el periódico oficial del régimen cantuísta, La Vanguardia, tuvo gran actividad defendiendo a su patrón, pero los directores de este periódico también tuvieron tiempo para actividades políticas (Ignacio Roel) y literarias (Héctor González). Hay que puntualizar que don Héctor era un autor nacido en Monterrey en 1882 y llegado a Mexicali invitado por Cantú como propagandista de su imagen pública. González, como redactor en jefe, había logrado publicar su monografía sobre el poeta virreinal El Negrito Poeta Mexicano en 1918, utilizando la misma imprenta donde se publicaba La Vanguardia. Y lo mismo hizo en 1920 al publicar su estudio y traducción de El Cuervo, el famoso, no, el más famoso poema del poeta estadounidense Edgar Allan Poe y que para entonces era uno de los poemas favoritos a recitar en las tertulias literarias de Mexicali. Por estos logros a Héctor González se le debe considerar una de las cimas de las letras bajacalifornianas, un precursor de primer nivel de la literatura fronteriza.
Ahora bien, la publicación de El Cuervo de Héctor González, a principios de 1920, hizo olas, no fue un suceso meramente local. En la revista mexicana más leída: El Universal Ilustrado, su reciente nuevo director, Carlos Noriega Hope (1896-1934), que había asumido el mando en marzo de ese año, había hecho un viaje a Los Ángeles para reportar sobre la naciente industria cinematográfica de Hollywood y debió cruzar la frontera para conocer los pueblos fronterizos del entonces Distrito Norte de la Baja California. Allí conoció a Héctor González, el director del periódico La Vanguardia y quien acababa de editar El Cuervo. En todo caso, en el número 154 de El Universal Gráfico -que se publicaba desde mayo de 1917-, correspondiente al 15 de abril de 1920 Y en su sección “Autores, ideas y libros”, apareció el artículo de Héctor González titulado “Notas y apuntes críticos sobre Edgar Allan Poe”, donde el propio Carlos Noriega Hope hacía la presentación del mismo en un tono entre irónico y admirativo: “En Mexicali, Baja California, el señor Héctor González acaba de publicar un folleto comentando la obra de Edgar Allan Poe. He aquí un suceso de trascendencia: hasta hoy Mexicali no fue para el que esto escribe más que una pequeña ciudad de las que líricamente repudiaba Eca: “Chicago no es lo mismo que París…”, una pequeña ciudad cuyo nombre recorría la República en función de las cosechas de algodón y las casas de juego”.
Después de mostrar, ante los lectores de la ciudad de México, su asombro por encontrar en semejantes lejanías fronterizas, un escritor que era estudioso de la obra maldita del poeta romántico del país vecino, don Carlos enfocaba su presentación en el propio autor y en su erudito conocimiento sobre el bardo estadounidense: “Pero he aquí a don Héctor González. Se dedica a hurgar libros y traducir poemas, con la misma tenacidad de diletante, rodeado de combustible intelectual y carente de oro negro. Don Héctor González publica una notable traducción de El Cuervo y una serie de notas críticas sobre la vida de Poe que nos han llamado la atención quizás porque son a manera de una espléndida biografía del oscuro autor de Ulalume. Estas biografías dislocadas valen más que toda una página de actas del registro civil y certificados de defunción: exhiben al hombre a golpes de hacha, poliédricamente, con supremo desdén por los suceso diarios de la vida y con un piadoso afán de mostrar todo el genio” y asemejaba la empresa biográfica de González con la que llevaba a cabo el escritor español Ramón Gómez de la Serna, para concluir que “Juzgamos de interés publicar estas notas de Poe y deseamos fervorosamente que don Héctor González siga agitando la superficie pavorosamente quieta del remanso intelectual de Baja California”.
A continuación, venía el ensayo biográfico-estético-analítico de don Héctor, lo cual le ofrecía un escaparate privilegiado, pues su texto se presentaba en la segunda página del semanario mexicano más popular y con tiraje masivo. Primero, nuestro autor daba a conocer qué se ocultaba tras el nombre de Leonore o Eleonora: una confidente de los tiempos de juventud y orfandad de Edgar Allan, una amiga ya muerta que nunca olvidó y que siempre quiso nuestro poeta. Por ello aparece en El Cuervo como una ausencia muy sentida. Y González afirmaba que El Cuervo era un poema que se publicó por vez primera en el periódico Evening Mirror de Nueva York el 29 de enero de 1845 y que de inmediato tuvo una aceptación general entre los lectores, tanto que en ese mismo año se hicieron cinco ediciones del mismo: “El Cuervo es el treno final en memoria de la perdida Leonore, hasta entonces la muerta adorada con reverencia, pero destinada en adelante a vivir inmortalmente joven en los sombríos palacios de su canto”. Y se preguntaba para contestarse enseguida: “¿Cómo vino a la vida esta maravilla de misterio y de dolor? La idea de una obra de genio procede frecuentemente de una palabra casual, de un incidente de la vida del artista -una observación de un amigo, la contemplación de una cara. El genio es la facultad de aprovechar una simple insinuación. ¿Dónde obtuvo Poe la idea del cuervo tenebroso de su poema?” La respuesta que dio nuestro ensayista y traductor fue triple: de la novela Barnaby Rudge (1841) de Charles Dickens, donde un cuervo hacía acto de presencia, del estilo poético-musical de Elizabeth Barrett en su poema Lady Geraldine´s Courtship, y del poema épico de Samuel Taylor Coleridge, The Ancient Mariner.
Don Héctor expuso entonces que, aunque Poe se creía un poeta analítico, un poeta que trataba “de sujetar los vuelos de su imaginación con el lastre de su intelecto”, pero al leer y traducir este poema, nuestro autor concluía que “El Cuervo no es producto de una regla y una receta, sino la creación del frenesí, que brota de un grito del corazón. Hay en El Cuervo versos magníficos, pero los versos magníficos, lo mismo que los grandes pasajes, no son los toques distintivos de un poema. Lo distintivo es su impresión total. Y la impresión total de El Cuervo, con su belleza fantástica y su persistente energía, es hondamente, noblemente seria. A pesar de todos los asaltos críticos, el poema permanece firme en su negra inmortalidad -perfectamente seguro al lado de los pocos grandes poemas del mundo”. Y terminaba precisando la resonancia de este poema en la literatura universal, pues en cuanto fue publicado, “América supo con certeza que la literatura inglesa tenía otro gran poeta. El Cuervo fue en el acto, y continúa siéndolo todavía, uno de los poemas ingleses más conocidos; puede hablarse en donde quiera de él sin necesidad de apologías y explicaciones y casi no hay nadie amante de los versos melodiosos que no pueda repetir algunos de sus versos o estancias”. Lo que implicaba González es que tenía doble gracia: era un poema impecable y era una composición popular.
Héctor González demostró, frente al exigente periodista que era Carlos Noriega Hope y ante los lectores de El Universal Ilustrado, que era un traductor de primera y, además, un estudioso de la obra de Edgar Allan Poe a tomarse en cuenta desde la lejanísima ciudad fronteriza de Mexicali. Y es un estudioso que tenía su propia teoría sobre la composición de esta obra: no la de Poe, que aseguraba que la poesía era la resolución de un problema matemático sino una pasión sostenida, una emoción donde cabía tanto la belleza como el dolor, lo visionario y lo macabro, lo intuitivo y lo racional. Tal vez lo que más impresionó a Noriega Hope no fue solo el lugar donde encontró a un escritor como nuestro periodista, sino que éste era un autor de frontera que leía los libros esenciales, de creación y de crítica literaria en inglés y en español, para cimentar mejor el discurso de su ensayo, para hacer más verídica su traducción de Poe.
Don Héctor era más que un crítico sagaz: era un escritor contemporáneo de sus contemporáneos, un atento observador del horizonte de lo actual. Y Mexicali ya no podía ser sólo cosechas algodoneras, salas de juegos, cantinas y burdeles. También era una ciudad donde un cuervo, periodista y jurisconsulto, vigilaba el mundo desde el busto de Palas de sus conocimientos, leía la realidad desde la puerta abierta de su imaginación. Y, sobre todo, cimentaba la literatura bajacaliforniana de cara a todo México, en la orilla misma de las noches sin vela, en el filo profético entre la cultura anglosajona y la cultura nacional. Una superficie que, gracias a nuestro agitador fronterizo, ya no estaba “pavorosamente quieta”. Y ahora el graznido de su cuervo se extendía más allá del poblado polvoriento, era compartido en toda su valía lejos del horizonte de su estudio y traducción. Al parecer, el oscuro vuelo de esta ave era una señal de que acá, en el norte mexicano, la vida literaria comenzaba a sonar desde el corazón de sus lectores, desde esa insólita frontera donde el verso inglés se volvía palabras en español, un canto a lo macabro, un visitante inesperado en el portal de las letras nacionales.
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