George Sand: Entre la Fábula Urbana y la leyenda rural

Por: Adolfo Castañón

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A Catalina Iparraguirre,

Lectora y admiradora de George Sand.

George Sand empezó siendo nom de plume,el seudónimo de Amandine-Aurore Dupin (1804-1876) para terminar encarnando a una de las figuras literarias más dinámicas y complejas de la primera mitad del siglo xix en Francia. Hija de sí misma por virtud de su cambio de nombre, hija espiritual de Rousseau y de las grandes damas dueñas de la conversación ilustrada en el siglo xviii, George Sand llevaría a la novela el impulso de transposición lírica —ideal o quimérica— de las claves autobiográficas. Decía ella de sí misma —con cierta coquetería— que era “une bête”. Lo decía como para defenderse de la cerrada competencia intelectual que le tocó respirar en un momento particularmente brillante de la literatura francesa: Hugo, Balzac, Lamartine, Nodier, Merimée, Flaubert, Musset, Gautier, fueron sus contemporáneos y con ellos tuvo que medir sus dotes. Lo hizo con alguna fortuna. Ernest Renan —citado por los hermanos Goncourt— pensaba que George Sand era superior a Balzac y que en el futuro se le leería más a ella que a él. (En todo caso, hay que admitir que se lee hoy más a George Sand que a Renan).

Era George Sand un animal literario de tiempo completo. Empezó a escribir por necesidad económica y lo siguió haciendo toda su vida, aunque muy pronto tuvo éxito y pudo vivir con algún desahogo. El ambiente de esos primeros años del siglo xix estaba impregnado de lirismo y de formas y figuras poéticas; y sus primeras novelas (como Lélia e Indiana) están cargadas de descripciones y paisajes exuberantes y preñados de vegetación excesiva como para hacer eco a la pasión que atraviesa la intriga —gestos tributarios de Chateaubriand. Quizá por eso, como cuenta  André Maurois en sus memorias, el filósofo Alain daba prueba de audacia intelectual al afirmar el valor de George Sand a pesar de la condescendencia, si no desprecio, de los escritores que eran jóvenes a fines del siglo xix y principios del xx. Un ejemplo de esos pareceres es el que registra la Condesa de Noailles (1876-1933) en el Libro de mi vida. Dice así la aristócrata francesa:

“Madame Staël está instalada en mi espíritu al lado de George Sand, en una gloria compartida. Siempre justa para esas dos heroínas, me rebelo en cuanto se las ataca o se las quiere disminuir; quedo silenciosa cuando se les venera con exceso, pues no alcanzo a representármelas en su estado natural ni a comprender su corazón. Si no conociéramos el encantador dibujo que Musset hizo de George Sand, quien inclina con languidez un delicado perfil de pescado japonés, o bien ese breve retrato de Delacroix donde la vemos tocada con un sombrero de plumas multicolores, bajo el cual su rostro oscuro pero todavía dueño de cierta pureza, hace pensar en algún combatiente de la Fronda, no podría concebir que la severa matrona, grabada por Calamata, su amante, fuera el ídolo de Musset, de Julio, de Pepa, de Juana, de Laurette; pero afectada por el relato que hace George Sand de una mañana de Nohant, en la cual, enferma, ella escuchaba con el alma relajada y encantada, subir hasta su lecho las voluptuosas tempestades del teclado de Lizt; segura de su generosidad maternal; deslumbrada por el imperio que ejercía sobre el corazón de Chopin en el monasterio desierto de las islas Baleares. Sólo me quejo de algunas de sus novelas a la par alpestres y filosóficas, ¿por qué Sand se ha regodeado escribiendo una sociología improbable que se debate al filo de los torrentes, a la sombra de los rudos pinos y en el frío de las alturas donde unos Sócrates y unos Platones montaraces, pastores, leñadores o aparceros, dan rienda suelta a sus disertaciones”.[1]

¿No sería —añadimos nosotros— que George Sand, mujer cultivada desde su infancia en el comercio en los clásicos, estaba dispuesta a forzar las situaciones y caracteres  con tal de hacerlas caber en la horma bucólica de Teócrito y de Virgilio?

Sus numerosas novelas muestran una artesanía diversa e ingeniosa, una factura inspirada que hacen ver hasta qué punto esta escritora instintiva llegó a dominar las artes de la narración y a crearse un estilo. Se ha reprochado a las novelas de George Sand el convencionalismo y lo anacrónico de sus ideas, la artificialidad de sus personajes. Sin embargo, a estos reproches habría que matizarlos y templarlos recordando que, en la medida en que George Sand escribía para una industria editorial —como lo es la de las revistas y los periódicos—, en esa medida era prisionera de las convenciones del medio impreso que le permitía sobrevivir. Así una es la George Sand de las novelas y otra muy distinta la de la apasionada y vehemente correspondencia que ha sido saludada con entusiasmo, si no con fervor, por autores tan diversos como Jorge Luis Borges y Paul Bénichou.

Pero muchas de las novelas como Último amor —dedicada a Gustave Flaubert, quien la admiraba, la visitaba y le escribía cartas— Lucrecia, Elle et Lui o Floriani dondese caracteriza a Chopin o a Musset —ambos personajes con los que tuvo relaciones amorosas (Musset durante 20 meses, con Chopin durante más de ocho años)— dan cuenta  de otro rasgo de su personalidad romántica: la voracidad biográfica de una literatura y de una autora que no duda en transformarse en actriz de sus propios sentimientos y en sacar partido legendario de su propia leyenda viva y vivida, movimiento sin el cual —por ejemplo la pasión con y por Musset— su nombre y nombradía no serían los mismos. Sand tuvo el talento instintivo de hacer de sí misma un personaje. Era consciente, antes de Oscar Wilde, de que la naturaleza termina imitando al arte y a la ficción. George Sand trae al mundo emergente de la burguesía mercantil la libertad de espíritu, imaginación y costumbres que dejaron sembrada en la cultura francesa las grandes damas libres, libertarias o libertinas —Madame du Barry entre otras— que animan con el calor de su conversación el debate literario y filosófico del siglo xviii. Nieta de una hija natural del Mariscal de Saxe, bastardo de Augusto II, rey de Polonia, George Sand pudo entrar libremente al mundo de las ideas y de las letras gracias a la educación generosa y magnífica de su noble y avispada abuela. Aristócrata por el talento, noble por el corazón, fue una trabajadora incansable: a sus decenas de novelas, hay que añadir los más de diez volúmenes de su autobiografía, sus numerosas piezas de teatro, su vasta correspondencia y aun sus artículos y papeles relacionados con la lucha por los derechos de la mujer. Y quien dice trabajador o trabajadora dice industria: desde las páginas de la Revue des Deux Mondes, George Sand formará parte de esa industria de la literatura que haría creer —y no sólo en Francia— en la idea de un poder espiritual —para evocar a Augusto Comte—, de un poder secularizado que tiene asiento en la literatura narrativa pero que incluye a la poesía lírica, al teatro y hasta cierto punto a la filosofía. A pesar de su ambigüedad, George Sand era conciente de vivir una época de incertidumbre y de acelerados cambios: la diversidad de su obra lo confirma. Pero dentro de esa diversidad hay un escenario profundo, un mundo al que nunca dejará de ser fiel y rendir homenaje y al cual pertenecen sus obras más celebradas, menos contestadas por la crítica ulterior: La Mare au Diable, La Petite Fadette y François de Champi, escritas entre 1846 y 1849. Esas obras, citadas como obras maestras, fueron pasadas al estado escrito, cada una, en muy pocos días. Por ejemplo, escribió La Mare au Diable en menos de cuatro días. Este dato lleva a subrayar otro: la velocidad. George Sand era una autora que escribía con gran rapidez, al dictado de su inspiración pero también al ritmo exigente de las revistas y periódicos —como la Revue des Deux  Mondes de la cual fue uno de los pilares y con la que colaboró más de veinte años a partir de 1883—[2] con los que tenía un pacto de fidelidad. La velocidad de la escritura en George Sand lleva al lector a hablar del culto a la improvisación como una condición literaria. En su novela Consuelo, George Sand abordará este tema, a su vez inspirada en la narración de Madame de Staël: Corinne, quien retrata a una poetisa, poetesse, es decir a una improvisadora. Las virtudes de George Sand son menos las de originalidad que las de la sensibilidad y el olfato. Al trío de novelas citadas: La Mare au Diable, La Petite Fadette y François de Champi hay que añadir un libro poco conocido pero que ilumina con resplandor hechicero esas y otras de sus novelas: me refiero a Légendes Rustiques (1852), un libro que reúne doce narraciones de asunto sobrenatural, ubicadas en un territorio rural, el Berry, la querencia normanda de sus años de  infancia y adolescencia. Las “leyendas rústicas” fueron ilustradas por su hijo Maurice Sand y refieren creencias y sucedidos que pueden remontarse a los primeros tiempos de la Edad Media: enormes piedras que se mueven solas de lugar, lloronas, es decir, fantasmas de madres que han asesinado a sus hijos y que lavan en la noche la ropa sucia de su culpa, hombres de fuego, hombres que saben hacer aullar a los lobos, presencias fantasmagóricas y espectrales, duendes invisibles que vacían y llenan de oro costales y sacos, diablos ubicuos que tocan la gaita, maldiciones, supersticiones y sortilegios, bandas de lobos entre los cuales se desliza una mujer loba, y así sigue el tren de las apariciones. En el prólogo a este libro, donde Sand se declara ignorante y tonta (bête), la novelista sienta una de las claves de su método narrativo: la atención desprejuiciada hacia ese historiador en estado natural que es el campesino. Clave porque buena parte del mundo narrativo y novelesco de Sand se explica —como en el caso de la sueca Selma Lagerlöf— como un ejercicio riguroso de traducción de los valores y creencias del mundo rural a los valores del mundo urbano e industrializado del cual ella es cautiva y protagonista. Contra este contexto, habría que leer la novela François de Champi donde Sand traza un retrato comedido e idealizado del “buen salvaje”, del hijo silvestre de los bosques que aparece un día en las afueras del pueblo con el único propósito, por así decirlo, de ser “educado”: el Emilio de Rousseau, el Viernes que acompañó a Robinson Crusoe en la novela de Defoe, la Atala de Chateaubriand son los parientes de este niño ideal que significativamente terminará desposando a su madre adoptiva.

Acaso la prisa, la rapidez con que George Sand trabaja y escribe tiene que ver con la conciencia de estar afanándose entre dos mundos fugaces que es preciso documentar y salvar de urgencia. Esta idea de salvación y de afán redentor explica no sólo sus obras de ambiente rural sino las construcciones novelescas que podríamos llamar socialistas donde el/la novelista no sólo ensaya salvar sino también edificar y redimir. Si bien esta segunda George Sand es más proclive al sermón y al discurso pedagógico, no deja de ser interesante, aunque solo sea como testigo y testimonio de su tiempo. Un tiempo que Sand vivió con responsabilidad civil y política —recuérdese su posición moderada durante las revueltas de 1848 que curiosamente coincide con la de un Tocqueville cuya sensibilidad era muy opuesta— pero también con cierta ambigüedad como cuando declina la candidatura a la Asamblea Nacional, lanzada por un club de mujeres ligado al periódico La Voix des Femmes. Con circunspección clarividente, llama a las damas socialistas a no confundir la igualdad con la identidad, además de que no ve con buenos ojos la “doctrina inmunda”, el “dogma esotérico de la promiscuidad” inspirado en caricaturas de las enseñanzas de Saint-Simon o Fourier.[3] Su enorme destreza técnica,  su capacidad de metamorfosis y de reinvención literaria prestan a esta condición testimonial indudable valor literario. Como hemos dicho, George Sand fue comparada por Ernest Renan con Balzac. Reténgase de esa comparación la amplitud de una obra que organiza desde el punto de vista de una mujer dispuesta a asumirse como tal el autoconocimiento integral de una sociedad. Después de George Sand vendrían Rachilde, Colette, Selma Lagerlof, Elsa Morante, Rosa Chacel, Elena Garro, y muchas otras artistas de la pluma, pero ella fue en cierto modo la abuela madrina, la Scherezada de las letras modernas.


[1] Condesa de Noailles, El libro de la vida, traducción de Pedro Labrousse, Editorial Tor, 1932, pp. 60-61.

[2] Sobre la Revue des deux mondes cabe registrar que Sand siguió escribiendo ahí, luego de una ruptura en 1853, a partir de 1858. Sobre las relaciones de George Sand y la Revue des deux mondes véase Le Livre du Centenaire. Cent Ans de Vie française à la Revue des deux mondes, Paris, Hachetter-Revue des deux mondes, 1929, págs. 62-68. Como nota curiosa, registro que el ejemplar que manejo trae un listón rosado que dice: “Para celebrar el centenario de la publicación ‘Revue des deux mondes’ BANQUETE. Organizado por Bernard Vicent, Restaurant Chapultepec, México, 22 de febrero de 1929”. 

[3] Encyclopédie politique et historique des femnes, dirigida por Christine Faure, PUF, París, 1997, pass. 350-354.

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