Game Over

Por: Marcos Límenes
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El fuego no tarda en llegar. Ya que contaba con algunos minutos, o así lo suponía, antes del final –ya sea por las llamas o por la inhalación del humo- decidió concentrarse en su fascinación por la lumbre desde la más tierna edad. Podría haber pensado en un torrente de agua, o en una monumental tormenta que alejara el peligro pero en ese momento la pura idea de ceder al pragmatismo –así sea ilusorio- le restaba a sus últimos momentos la satisfacción de cerrar el círculo vital con algo de sentido.
Comenzó por hacer un rápido repaso de los mitos fundacionales comunes a casi todas las culturas en donde los dioses otorgan a los humanos el dominio del fuego. Prometeo en particular le despertaba cierta ternura, Zeus en cambio, con su barba ensortijada y abundante cabellera, le parecía un profesor malparido que con su lanza de rayo marcaba el camino al calabozo. El profeta Elías se elevó al cielo en su carro envuelto en llamas y los alquimistas veneraron al fuego como el amo y dueño de la materia. ¿A qué todo esto cuando el negro olor ocupa ya el espacio?
Veía ahora, con toda claridad, la flama azul cielo de la hornilla en casa de la abuela, quizás su recuerdo primero junto con el vapor de la tetera y el olor a canela de las galletas recién horneadas. La hipnotizante fogata del campamento juvenil que sacaba chispas a los ojos de las chicas. ¿Qué habrá sido del hada que lo besó en aquella noche sin luna? Una anciana domesticada seguramente.
Juana de Arco, Giordano Bruno, brujas y judeizantes, consumidos en las hogueras de la Inquisición; el pobre Cuauhtémoc al que le quemaron los pies para humillarlo todavía más. Nadie está preparado para ser consumido por el fuego, menos aún para pensar en algo que no sea el dolor: un Ser dolor, avergonzado por el olor de su pellejo chamuscado.
Tocan ya a la puerta. Crepita la madera sin ritmo ni armonía. ¡Sal de allí! –grita el fuego- ¡Ven a mí! –le dice al oído.
– ¡Llévame pero perdona mi legado!
– Si serás burro, me he tragado al mundo entero, cenizas es todo lo que queda y tu miserable obra es buen combustible.
– Pero…
Tssssss
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