Francisco José Amparán y la literatura norteña

Por: Gabriel Trujillo Muñoz

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Un día de 2010, en Torreón, Coahuila, Francisco José Amparán, el escritor, periodista y profesor del Tecnológico de Monterrey, salió de su casa a pasear a su perro. Tenía 52 años de edad y más de una docena de libros publicados en su haber. Fue su último paseo, pues un ataque al corazón acabó con su vida. Amparán, nacido en Torreón en 1957, fue uno de los impulsores de la narrativa policiaca en el México de las últimas décadas del siglo XX. Fue miembro de la Asociación Internacional de Escritores Policiacos, de la que formaron parte también autores de la talla de Paco Ignacio Taibo II, Daniel Chavarría y Rafael Ramírez Heredia, entre muchos otros. Su prosa apostaba por una narrativa desenfadada, divertida, amena. Buscaba que sus obras no aburrieran a sus lectores, que les sacaran una sonrisa por los enredos de sus protagonistas, por las contradicciones sociales en que estaban inmersos. Crítica punzante de la realidad desde el humor incisivo, desde la sátira tenaz. Fue, sin duda, un representante del neopoliciaco mexicano y junto con autores emergentes, como Juan Hernández Luna, Élmer Mendoza, Hugo Valdez y Gabriel Trujillo Muñoz, cambió el panorama del género negro en nuestro país a fines del siglo XX.

Amparán destacó, desde los años ochenta del siglo pasado en la literatura norteña. Primero como escritor de relatos de fantasía y ciencia ficción, pero siempre con un filo realista que mantenía sus ficciones en la tierra de las posibilidades, de la vida común. Como autor de ciencia ficción fue antologado, con un cuento suyo, en el tercer tomo de la legendaria antología Más allá de lo imaginado (1994) de Federico Schaffler. En una entrevista que le hiciera María Teresa Duarte (La Opinión, 27-XI-1983) decía que: “Escribo sobre lo mágico, lo extraordinario que pasa a diario”. Era un lector de Borges, Fuentes, Cortázar, Grass y Greene. Afirmaba que no era un autor que mantenía un ritmo escritural, que se afanaba en la página en blanco, sino que escribía a rachas. Vivía y trabajaba en la comarca lagunera, pero estaba al tanto de la literatura que se hacía en México y en el mundo.

Francisco José, hombre bonachón, humorista consumado, igualmente fue una figura imprescindible de los encuentros de escritores de la frontera norte. Su libro de cuentos Algunos crímenes norteños (1992) y su novela Otras caras del paraíso (1995) lo dieron a conocer como un narrador excepcional de la vida urbana y rural en el desierto coahuilense. Más tarde, su labor de periodista y maestro –había estudiado la carrera de ingeniería Industrial Química- lo llevaron a entrar a otros géneros literarios como el artículo de opinión, el ensayo y la crónica histórica de su región. En una semblanza titulada “Boceto de Paco Amparán” (redespoder, 4-VII-2020), Jaime Muñoz Vargas aseguraba que:

Adentrarse en la vida y en la obra de Francisco José Amparán Hernández, Paco Amparán a secas, es ingresar a una de las trayectorias intelectuales más ricas y consistentes de la literatura lagunera. Ricas porque Amparán tocó muchos quehaceres vinculados con el pensamiento y la creación; consistentes porque desde su infancia fue un hombre que organizó su mundo par leer, escribir y transmitir sus múltiples saberes frente a diferentes públicos. Es difícil, por esto, aglutinar una vida tan fructífera en un puñado de cuartillas, y todavía es más difícil hacerlo cuando aún no nos reponemos de la sorpresa que causó su desaparición física la tarde del 4 de julio de 2010.

Como muchos otros escritores del norte mexicano, entre los que me incluyo, Francisco José Amparán practicó la escritura literaria como una vocación, como un destino, como una identidad. Y lo hizo desde casa, desde su solar nativo, desde su querencia a los lugares que le eran propios, que le daban escenarios y personajes para elaborar sus obras, que lo estimulaban a contar sus vicios y virtudes. Perteneció a una generación que hizo lo contrario de los escritores de épocas pasadas en la provincia mexicana, en ese interior del país que tanto ha nutrido a la cultura nacional con creadores en todas las disciplinas artísticas desde la Independencia hasta nuestros días. Decidió primero ser un escritor profesional. Quiso ser un narrador y un periodista de tiempo completo. Y lo logró. En eso nos parecíamos: la literatura no era para él un pasatiempo de fin de semana sino el centro de su vida.

A eso hay que añadirle que Francisco José, como muchos de nosotros, en vez de seguir los pasos de sus hermanos mayores (desde Alfonso Reyes hasta Federico Campbell, sin olvidar al coahuilense Julio Torri), que se fueron a la ciudad de México para hacerse un nombre como autores de la literatura mexicana, prefirió quedarse en su natal Torreón. A su muerte, Alfredo Loera escribió una semblanza de Amparán en la revista Casa del tiempo (octubre de 2010), donde preguntaba: “¿Por qué un autor tan interesante como Francisco José Amparán nunca emigró a la ciudad de México? es una pregunta obligada porque son pocos los escritores radicados fuera de la capital del país que reciben el reconocimiento nacional. Entonces, ¿por qué, sabiendo de sus capacidades, se conformó con dar clases en una universidad y escribir artículos políticos en uno de los periódicos regionales de La Laguna? ¿Por qué prefirió quedarse en una ciudad que le quedó chica?”

La respuesta es obvia: a Francisco le tenía sin cuidado los fastos centralistas de la cultura mexicana: lo que le interesaba era hacer grande a su ciudad nativa, a su región, con su trabajo, con su creatividad, con su presencia, con su impulso. No es que no fuera ciego al centralismo reinante en la república de las letras, pero no quería apoyarlo marchándose a la ciudad de México como tantos otros. Su visión era la de toda su generación: si lo puedes hacer desde tu lugar nativo, ¿para qué emigrar?, ¿para qué cortar con tus raíces?, ¿es más literario pasear a tu perro en la colonia Condesa de la capital del país o en la colonia Hidalgo de Torreón, Coahuila? ¿A quién le importa? Lo que vale es la obra que haces vivas donde vivas. Decir provincia no es acatar el prejuicio desdeñoso que conlleva semejante término sino defender las riquezas que posee, la creatividad que representa, los temas que por locales son igualmente universales si sabes llegar al corazón de lo humano: sin fronteras de por medio, sin complejos de inferioridad, sin sumisiones cortesanas. Y más si tu literatura toca géneros como la ciencia ficción y el policiaco, que en sus tiempos eran todo menos prestigiosos en el mundo literario nacional. En una entrevista que le hiciera, en julio de 2002, Juan Carlos Ramírez Pimienta (Connotas, vol. 1, 2003), Amparán se refería a esta última narrativa:

Entre la poca gente que lee, lo policiaco no es mal visto, especialmente porque el género es uno de los más agudos críticos de la realidad mexicana. La crítica es la que lo menosprecia, porque siempre ha asociado lo policiaco con las novelas de a diez centavos y las tramas fabricadas en serie. Aunque incluso esto está cambiando. ¿Cómo? Dándose cuenta de que temas que son del interés del público en general están siendo tratados (y comentados por los lectores) en un momento muy especial de la historia de México. Como dicen por ahí, el país se nos volvió una novela policiaca, con los magnicidios de los últimos ocho años. Y la novela policiaca tiene calidad (mucha de ella, en todo caso), algo que se había soslayado hasta ahora. La novela policiaca mexicana generalmente utiliza las peculiaridades de la vida pública del país: lo que se conoce como Estado de derecho en México es prácticamente inexistente; la corrupción es prevalente…Por ello, el género hace una crítica feroz del entorno social y político. Pienso que eso hará que lo policiaco goce de cabal salud por mucho, mucho tiempo. Es lo que la gente quiere y busca. Siente una identificación con lo que encuentra en las páginas.

Amparán siempre lo tuvo claro: la batalla por la cultura nacional se da en tu sitio de vida, en la región que te ofrece sus realidades para nutrir la realidad literaria que cada autor crea para sí y para la sociedad en que vive y trabaja. Gerardo Segura lo captó a mediados de la última década del siglo XX, cuando reseñó tres obras narrativas de autores norteños (Hojas de utopía, enero-febrero 1997), en un texto titulado “Tres negros de la frontera norte”, donde decía que entre 1994 y 1995 habían aparecido tres libros del género policiaco o neopoliciaco- en el norte mexicano: El crimen de la calle Aramberri de Hugo Valdez, Mezquite Road de Gabriel Trujillo Muñoz y Otras caras del paraíso de Francisco José Amparán.

Segura estaba seguro que estos “tres escritores dan carta de naturalización a la literatura policiaca en el norte del país” y agregaba que “no fueron los primeros ni los únicos”, ya que antes de ellos estaban tres autores tamaulipecos: Rafael Ramírez Heredia, Orlando Ortiz y Matilde Mattei de Ferrara. Pero Gerardo apostaba por estos tres “negros” norteños porque habían escrito novelas ubicadas en sus respectivas ciudades: Monterrey, Mexicali y Torreón, mostrando “las peculiaridades culturales, económicas y escenográficas correspondientes y, desde ahí, haberlas sabido poner en el panorama nacional, no de la literatura negra, sino de la literatura en general”, ciñéndose los tres “a los patrones del neopoliciaco” por su ambiente sórdido y no por la solución de misterios criminales. Del lagunero destacaba: “el humor ácido, chocarrero, y hasta payaso” y por ello infería que:

Amparán juega permanentemente con el lenguaje, con las situaciones ridículas que nacen en una sociedad como la Lagunera. En él el lenguaje es una herramienta para exhibir de una manera muy plástica las relaciones interpersonales de sus compañeros de trabajo, de las clases pudientes en la región, de los malos malos y de los malos pendejos. Amparán es malicioso en el conjunto, se sabe malicioso y se regodea haciéndonoslo saber.

Al morir en 2010, lamentablemente nuestro autor no alcanzó a ver el auge imparable de la literatura norteña desde el norte mexicano, ese norte que ha nutrido a México con muchos de sus mejores revolucionarios, con muchos de sus mejores pintores, músicos y escritores. Pero su labor fue piedra miliar de ese auge, de ese impulso. Francisco José abrió caminos cuando decirse autor policiaco era un defecto mayor. Y aun así, resistió los temporales y siguió adelante. Como buen escritor norteño, nunca se dio por vencido, nunca dijo no puedo. Su obra lo demuestra con las pruebas más que suficientes de sus cuentos, novelas y ensayos. Con Amparán, el género policiaco, efectivamente, se hizo nacional. Con sus libros, la provincia mexicana dejó de ser provincia y se volvió simplemente mexicana. Un horizonte creativo tan amplio y poderoso como su propia obra literaria, como su destino vital.

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