Fragmento del libro “Los dioses llegaron tarde a Filadelfia

Por: Ignacio Díaz de la Serna 

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A continuación expondré las soluciones de mayor trascendencia, las cuales han ejercido una enorme influencia en la configuración de la vida política contemporánea. En su conjunto, constituyen una notable estrategia —notable por su inteligencia y perspicacia—, encaminada a hacer realidad una manera de organizar el Estado hasta entonces impensable, creando un equilibrio racional y efectivo entre las distintas instancias del poder. 

La primera fue concebir un gobierno representativo. La ventaja más notoria de la “representación” es que permite al representante, tras ser elegido, alejarse de su lugar de origen. Con ello escapa a la presión local. Si estuviera obligado a permanecer en su circunscripción, no podría tomar una distancia saludable en las decisiones que le competen en el ejercicio cotidiano de sus tareas. Así, cuanto mayor es el Estado, el representante electo está en mejor condición de trabajar para la consecución del interés general. 

El acto representativo cumple la función de un filtro que purifica y engrandece las opiniones del cuerpo electoral. En efecto, el representante no es cualquier persona. En tanto que ha sido escogido, se espera de él sentido común y una dosis de sabiduría para discernir con acierto cuál es el mejor camino para satisfacer los genuinos intereses del país. También se espera de él un patriotismo inquebrantable, un amor por la justicia, que le impidan sacrificar el interés superior de la nación a consideraciones partidistas, personales o circunstanciales. 

Al igual que los demás dirigentes de la independencia americana, Madison no cree en la viabilidad de una democracia directa y desconfía de la necesidad de elegir a un sujeto medio, quien sería a imagen y semejanza de sus electores. La elección no debe propagar esa identidad en el cuerpo electoral, sino introducir una fractura en el término medio de los ciudadanos. Por eso, el elegido, según él, tiene que ser un ser excepcional, distinto del resto de los individuos, dotado de virtudes también inusuales. Resulta seleccionado porque pertenece a una especie de aristocracia natural. Aunque esto parezca extraño, por no decir contradictorio, hay que recordar que una de las finalidades del sistema de representación republicana es la producción de una elite de legisladores virtuosos. 

Otros Padres Fundadores opinan de modo parecido. Con diferentes matices, piensan que la asamblea ideal de representantes debe estar constituida por caballeros competentes y dueños de una situación holgada, por personas de reputación intachable, por los mejores y los más sabios, por los hombres mejor informados y de preferencia provenientes de un medio respetable, etcétera. 

Madison expresa atinadamente ese ideal democrático en El Federalista LVII: 

El fin de toda constitución política es, o debería ser, primeramente, conseguir como gobernantes a los hombres que posean mayor sabiduría para discernir y más virtud para procurar el bien público; y en segundo lugar, tomar las precauciones más eficaces para que mantengan esa virtud mientras dure su misión oficial. La elección de los gobernantes constituye el sistema característico del gobierno republicano (Madison, Hamilton y Jay, 1987: 343).

Los Padres Fundadores no son ingenuos. Si algo los define es el pragmatismo del que harán gala en Filadelfia. No necesitan enfrascarse en una discusión metafísica sobre la naturaleza del hombre para saber que los humanos no somos seres angelicales. Por eso están conscientes del desfase que suele ocurrir entre un ideal y la realidad. 

En consecuencia, todo el sistema político que inventan durante las sesiones de la Convención consiste en edificar reglas y procedimientos que contengan los embates de una mayoría injusta y guiada por intereses particulares o sectarios. El objetivo de esa extensa y minuciosa normatividad es prevenir la degeneración del cuerpo legislativo. 

Entre dichas reglas, vale la pena destacar algunas. 

Se prohíbe la acumulación de funciones electivas y administrativas con el objeto de impedir tanto la dependencia como la corrupción y clientelismo entre el Ejecutivo y el Legislativo. 

Las elecciones legislativas y presidenciales deben ser frecuentes para mantener un vínculo íntimo entre gobernantes y gobernados. La corta duración de los mandatos –dos años para la Cámara y cuatro años para la presidencia– se compensa con la duración más larga del mandato senatorial, la cual comprende seis años. Con esto se protege al electorado de los efectos nocivos de un continuo cambio de las decisiones legislativas. La permanencia de un senado compuesto por individuos respetables y ponderados ha de contrarrestar, al menos en un plano ideal, los impulsos y pasiones que pudieran suscitarse en el seno de la Cámara de Representantes. Acerca de todas estas consideraciones, Madison reflexiona en El Federalista LVII. 

Otra de las reglas importantes se refiere a la pertinencia de distinguir los modos de elección. Ésta debe ser directa para el caso de la Cámara de Representantes e indirecta para el Senado y para la presidencia. Este último tipo de elección proporciona una doble garantía. Asegura una asamblea integrada por los ciudadanos más respetables y esclarecidos, los cuales, a su vez, después de deliberar, eligen a los hombres que se han caracterizado por su virtud y su competencia. 

Al final, precisa John Jay en El Federalista LXIV, es casi seguro que los senadores y el presidente elegidos de este modo pertenezcan al círculo restringido de aquellos que disciernen con más tino los intereses de la nación (Madison, Hamilton y Jay, 1987: 376). 

La segunda solución novedosa encontrada en Filadelfia fue la separación de los poderes, idea que en el caso histórico de Estados Unidos requiere demorarse en ciertas precisiones. 

El tema en el que quizá se revela mejor el talento político de Madison es justamente en sus comentarios sobre la separación de los poderes. Su punto de partida no podía ser otro que la piedra fundacional de la ciencia política moderna: Montesquieu. Tal como éste señala, Madison está de acuerdo en que la división tripartita de los poderes es la mejor alternativa para evitar cualquier forma de dictadura, sea la de un solo individuo o la de un grupo. Pero se resiste a tomar este parecer de Montesquieu al pie de la letra y suscribir, entonces, a manera de corolario, la necesidad de una demarcación categórica, total, entre los poderes Legislativo, Ejecutivo y Judicial. 

Su resistencia se apoya en un doble razonamiento. Por un lado, cree que una separación tajante puede acarrear algunos efectos nada deseables, incitando a una de las ramas del poder a actuar de manera tan enérgica y aislada que no tenga en cuenta los intereses de las dos restantes, y más grave aún, que haga caso omiso del interés general; por otro, considera ilusorio que barreras administrativas levantadas entre los poderes garanticen que cada uno de ellos no invadirá el terreno de competencia de los otros. 

Es irrebatible que es necesaria la división de los poderes porque salva a un país de vivir bajo la tiranía de un poder único, sin importar que éste sea fruto de una elección o monárquico. Pero esa división no basta, a juicio de Madison. Hay que propiciar la “permeabilidad” entre ellos, promover una determinada mezcla de sus funciones, pues en la práctica gubernamental, quiérase o no, resulta inevitable. Dicha permeabilidad ayuda a que ninguno de los tres poderes crezca desmesuradamente en autonomía y que en algún momento se le ocurra justificarse aludiendo a un celo irreprochable en el cumplimiento de sus deberes. Madison propondrá la siguiente medida:

¿A qué expediente recurriremos entonces para mantener en la práctica la división necesaria del poder entre los distintos departamentos, tal como lo estatuye la Constitución? La única respuesta que puede darse es que como todas las precauciones de carácter externo han sido inadecuadas, el defecto debe suplirse ideando la estructura interior del gobierno de tal modo que sean sus distintas partes constituyentes, por sus relaciones mutuas, los medios de conservarse unas a otras en su sitio (Madison, Hamilton y Jay, 1987: 318-319)

Con el propósito de ahondar más en la conveniencia de su propuesta, Madison pone un caso hipotético. Dice que si el estado de Rhode Island se separara de los demás estados y tuviera que valerse por sí solo, la inseguridad de los derechos civiles, bajo la forma popular de gobierno dentro de unos límites tan reducidos, facilitaría la opresión por parte de las mayorías facciosas. El resultado sería a todas luces lamentable. Algún poder independiente del pueblo sería pronto respaldado por dichas facciones. 

En consecuencia, cuanto más amplia sea una sociedad, más capacitada estará para gobernarse. Madison llegó a estar convencido de esto gracias a su lectura del ensayo de David Hume “Idea de una perfecta República” (1985a). Contra la opinión generalizada de que un Estado pequeño es preferible a uno de grandes dimensiones, ya que resulta supuestamente más sencillo de gobernar, Hume sugiere que en el seno de un Estado grande es más viable garantizar la estabilidad “sin tumulto ni facción”. Entre algunos de los argumentos que esgrime, alega que por estar sus miembros bastante alejados entre sí, les es complicado concertarse para tomar medidas contra el bien común o conspirar a favor de una persona, propiciando que ésta se adueñe a la larga del poder y busque establecer un gobierno monárquico (Hume, 1985a: 527). 


 3. En realidad, la alusión de Madison a ese estado no es casual. Cuando, el 21 de febrero de 1787, el Congreso aprobó que se celebrara una convención en Filadelfia, los estados que aún no habían designado representantes se apresuraron a hacerlo, salvo Rhode Island.

Pero la correlación entre mayor magnitud y mayor capacidad de gobierno —Madison lo sabe bien— exige que dentro de la esfera del poder político, al ampliarse la sociedad hasta alcanzar un gran tamaño, se modifique el principio federal de la división de los poderes y no sea puesto en práctica de un modo tan absoluto que al final resulte inoperante. “La justicia —señala— es la finalidad del gobierno. Es la finalidad de la sociedad civil” (Madison, Hamilton y Jay, 1987: 322). 

La conclusión de Madison no deja lugar a dudas. Anima a los partidarios de la causa republicana a que salgan en defensa del sistema federal, ya que está demostrado que las intenciones opresoras de toda mayoría son más fáciles de llevar a cabo cuanto más reducidos sean los territorios en que esté dividida la Unión (Madison, Hamilton y Jay, 1987: 321). 

Ignacio Díaz de la Serna 

Fragmento del libro Los dioses llegaron tarde a Filadelfia. Una dimensión mitohistórica de la soberanía.

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