Extrañaré al vendedor de escobas

Por: Luis Manuel Reza

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No sé por cuánto tiempo me acompañó, debió ser mucho, por lo menos quince años. En casa lo veía con frecuencia, pero nuestro contacto más íntimo fue en los viajes. En México y Estados Unidos recorrimos varios estados; en Europa fuimos a nueve o más países; tan solo en Madrid estuvimos en cinco ocasiones. La ciudad que más hemos visitado es precisamente aquí, donde hoy, octubre del 2025, escribo estas líneas, Zihuatanejo, Guerrero. Habremos venido unas quince veces. ¡Cómo no extrañarlo!

            No sé con exactitud cuándo llegó a mi vida, pero debió ser alrededor del 2006, año en que murió mi padre. Sí recuerdo el cómo: fue a través de Germán Dehesa. No se piense que él me lo presentó, mis alcances con ese escritor no llegaban a tanto; de hecho, solo una vez cruzamos unas cuantas palabras en la presentación de una de sus obras en una Feria del Libro de Tijuana. Con una disciplina poco habitual en mí, me acostumbré a leer todos los días Gaceta del Ángel, su columna en el Reforma. Cuando lo conocí le comenté que diariamente, por las mañanas compartíamos el café, aunque él lo ignorara. Después intercambiamos un par de correos electrónicos que me arrepiento de no haber conservado. Pero volvamos a mi acompañante: en una de esas entregas Dehesa hablaba en términos muy elogiosos de la escritora Uruguaya Claudia Amengual, a partir de la lectura de su novela El vendedor de escobas, así que fui de inmediato a comprarla a la librería El Día, pero después quedó rezagada junto con otros volúmenes en algún rincón de mi librero.

            A los pocos años, en un vuelo de Aeroméxico, encontré en la revista Escala una entrevista que le hacían a Claudia Amengual en ocasión del Premio Sor Juana Inés de la Cruz, otorgado por la Universidad de Guadalajara, en una de las ediciones de su Feria Internacional del Libro. La escritora hablaba de la muerte del padre y, en muchos aspectos, me identifiqué con ella, yo estaba afectado por el reciente fallecimiento del mío, rodeado de circunstancias muy peculiares, por eso la asociación con el 2006. Al regresar a casa fui a rescatar a El vendedor de escobas de su encierro y lo llevé a mi buró, que se convirtió en su lugar habitual. Como libro pequeño, me pareció muy práctico para un viaje, así comenzó su peregrinar.

            ¿Por qué no lo había leído?, lo ignoro. De joven esas negligencias solían acongojarme, ahora me tienen sin cuidado. Una posible explicación es que en muchas ocasiones ha tenido otros compañeros de maleta que se acaban imponiendo. Acaso es que simplemente me ha ganado la pereza mental, en mi última visita a España estuve casi un mes y solamente leí algunos folletos, guías de museos y unos cuantos mensajes de WhatsApp. Otra posibilidad está en causas y motivaciones inconscientes, reprimidos por mi Yo o mi Súper Yo, pero el propio Freud desaconsejaba el Psicoanálisis después de los cincuenta años y yo ya me pasé por más de una década. Por otro lado, ya dije que esto no me quita el sueño. Eso sí, me genera una vergüenza enorme con Claudia Amengual, quien, venturosamente, no tiene ni idea de mi existencia.

            De lo que sí estoy cierto es de la falsedad de ese dicho que asegura que si comienzas un libro y no lo terminas es porque no te interesó o no te gustó. Ese es buenísimo, además, ¿quién soy yo para desairar a Claudia Amengual? He comenzado tantas veces el libro que me sé el inicio de memoria: «El vendedor de escobas siempre me pareció viejo, aunque no dudo que esa apreciación estuviera viciada por las distorsiones de la edad y el tamaño». No es un arranque que te invite a abandonar la lectura, por el contrario, todas las veces que lo comencé hubiera jurado que no pararía hasta terminar, pero inexplicablemente algo raro se interponía.

En cada viaje pasó a ser parte del obligado repaso mental: camisas, pantalones, calzones, calcetines, suéter, chamarra, cepillo de dientes, gel, loción… ah, y El vendedor de escobas. Hace poco más de un mes estuvimos en Granada y recordé que ya me había acompañado en otra ocasión a esa ciudad, en 2009; no distinguí si eso me perturbaba o me generaba una tranquilidad mórbida, tampoco me preocupó mucho. Lo que sí, por cuestiones de edad, es que desde hace tiempo también formaba parte de mi repertorio pre mortem, no me hubiera perdonado morir sin leerlo.

En una de tantas librerías de las maravillosas calles granadinas (a esos recorridos regularmente no me acompaña El vendedor de escobas, siempre espera en algún buró, de los que ya conoce cientos), llamó mi atención un título: Cuentos de Granada. Me puse a hojearlo para ver si se trataba de una edición del clásico Cuentos de la Alhambra de Washington Irving, pero no, se trata de una colección contemporánea de plumas andaluzas, muy disfrutable. No resistí la tentación de comprarlo, mi favorito fue Barba de abril, de Alberto Porras Chavarino. Cuando lo terminé y me disponía a colocarlo en el buró me sentí ruin al toparme con su compañero. Cuentos de Granada se publicó hace apenas unos meses y acababa de desplazar a mi fiel vendedor de escobas, como lo habían hecho tantos otros.

Hay citas en nuestra personalísima agenda que no pueden postergarse más. La Playa de la Ropa, en Zihuatanejo, lugar donde ahora celebro con Alicia la vida en pareja que iniciamos hace cuarenta años, apareció como el escenario inmejorable para cerrar mi ciclo con El vendedor de escobas. No regresaré sin leerlo, me propuse.

El inicio fue tan cautivador como las otras veces. Airam, la protagonista te va envolviendo con una narrativa fascinante. «Por mucho tiempo dejé que el orgullo dominara mis actos. Lo veo ahora, claro está; desde la perspectiva que da el tiempo es fácil arreglar la vida propia e incluso las ajenas. Sobreviene una cierta piedad, nos volvemos comprensivos y llegamos a creer que podemos perdonar. Pero para llegar a esta conclusión hay que pasar por la vida, no hay atajo». Después la historia se desdobla en dos voces: Airam y Maciel, mujeres que crecen en el mismo tiempo y espacio, pero en condiciones diferentes. Dos amigas que las circunstancias separan y después se reencuentran para rescatar sus historias.

A la mitad del libro tuve una especie de Déjà vu, esa nebulosa sensación de que ya has estado en un lugar y hasta poder anticipar la escena siguiente. Algo que, en este caso, podría catalogarse como Déjà lu o ya leído, de cualquier forma es muy inquietante. Casi al terminarlo, volví a reconocer fragmentos y no tuve duda: claro que lo había leído, pero el recuerdo era difuso, tanto que ni con el mayor esfuerzo pude augurar el desenlace. ¿O no lo habría terminado?, lo dudo, entiendo el dejar un libro al inicio, pero no interrumpirlo a unos párrafos del final.

Si fuera místico, pensaría que pudo ser una lectura en otra vida, pero las cuentas tampoco dan con una edición tan reciente. Soy también lo suficientemente escéptico para suponer algún influjo telepático. Prefiero pensar que lo leí después de una jornada extenuante, una caminata llena de estímulos, un día estresante o tras ingerir algunas copas. No sé, pero me parece increíble que haya olvidado una novela tan cargada de intensidad.

Lo importante es que ya tengo la certeza de que la terminé, hasta me siento capaz de contarla o reseñarla, al menos en este momento. El vendedor de escobas regresará por fin al librero, después de múltiples travesías y largas estancias en mi buró. Lo extrañaré, sin duda, o quizá me vuelva a acompañar en otros viajes, por ahora no tengo nada decidido. Temo que en un futuro piense que aún no lo termino y volver a comenzarlo, aunque tampoco suena mal leerlo con la emoción de que lo hago por primera vez. Se lo dejaré al tiempo.

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