¿Existe la literatura mexicana?[1]


Por: Emilio Uranga

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En menos de un año han publicado tres novelas autobiográficas de resonante éxito de crítica. Figuras de paja de Juanito García Ponce, En presencia de nadie de Archibaldo Burns y Beber un cáliz de Ricardo Garibay. Con procedimientos de justicia sumaria, es indudable que se debe afirmar que estos libros son muy poca cosa, tomados aislados o conjuntamente. Pero para una literatura tan rala como es la mexicana, tomados también aislados o conjuntamente estos tres libros nos mantienen a un nivel de decorosa medianía y con entera prudencia conviene declarar que son después de todo beneméritos.

Una perniciosa convicción nos induce a forzar los hechos y a querer, a como dé lugar, que la literatura mexicana se perpetúe como si se tratara de la producción bien membrada y copiosa de una literatura normal, la inglesa o la francesa, pongo por caso. Y desde luego que no es el caso. Los libros de nuestros novelistas son lo que en futbol se llama “el gol de honor”, el máximo esfuerzo que le da a un equipo el mínimo prestigio de no haber quedado tendido en el campo con un rotundo cero en su contra.

Una golondrina no hace verano. Ni tampoco lo hacen en una literatura la trilogía que antes he mencionado. Las obras valen, a más de por su calidad intrínseca, por lo que tienen de mensajeras, por lo que anuncian, y lo que yo percibo en esas novelas es su carencia total de futuro, su condición de decantados póstumos en una carrera de escritores que llega a su término y se mete en un callejón sin salida. Muchos se imaginan que al publicar un libro impedirán que los que vienen detrás caigan por debajo de la norma de calidad alcanzada, que ya no se permitirán logros inferiores a los conquistados. Lo más triste del asunto es que estos libros son fenómenos aislados, que no postulan ningún criterio y que los que se agolpan atrás, por la edad o por la imposibilidad en que están de que los editores los tomen en cuenta, seguirán su camino solitario sin imponerse la obligación de superar un récord establecido y oficial.

¿A qué se debe la impotencia normativa de esa literatura del honor? Desde luego que su génesis nos explica su astenia regulativa. Surgidos esos libros de profundidades subjetivas difíciles de compartir, son el triunfo del rayo de luz que penetra en una caverna, pero la recompensa de estos descensos al abismo es tan pequeña que, francamente, como dicen los franceses, “el juego no vale la candela”, más se gastó en comprar la vela que en lo que obtuvo tras de una noche enervante de zozobra en el juego. La atención crítica es en este caso ejercicio de piedad. Lo que se le exige a los familiares no se le puede imponer como esfuerzo obligado a los extraños. Al pasar a un campo ajeno al extranjero no le espera ninguna satisfacción, lo que le podrían decir no se equipara al desgaste que representaría entregarse a su traducción.

Una literatura sin más contenido que el autobiográfico termina necesariamente por hastiar, por reducirnos a la observación de procesos mínimos que en un cuadro total de fuerzas no pesan ni un gramo. Hay una predisposición ambiental a desconfiar del valor de las confesiones, y en el terreno jurídico, tras de los horrores del lavado del cerebro que se han apropiado las policías políticas de todos los países, se ha llegado hasta la petición saludable de no considerar a la confesión como una pieza de valor en la instrucción penal o civil. La literatura subjetivista está retrasada y por ello a nadie debe sorprenderle o maravillarle que no anuncie nada, que se quede en un rincón y que desde él invite a los piadosos o a los incautos a visitarla en sus oquedades. A todas estas novelas las amenaza su extinción en cuanto aparece a su lado una creación que va más allá del cuento bobo de lo individual. La literatura mexicana produce en primavera estas confesiones y ya para el otoño, por fortuna, se corrige y se reconforta con partos menos endebles.

Este texto es parte del libro Herir en lo sensible editado por Bonilla Artigas Editores y compilado por el filósofo José Manuel Cuéllar.

[1] “¿Existe la literatura mexicana?”, El Mundo (Tampico, Tamps.), 17 de julio de 1965, p. 2.

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